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Un punto de inflexión en el género

Pablo Gorlero
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14 de enero de 2011  

El 29 de agosto de 1991, el estreno de Drácula, el musical fue una gala atípica. Mucha gente de esmoquin para un musical sin figuras, pero por el cual había un entusiasmo llamativo. Tanto por parte de sus productores, los Lectoure, como de sus hacedores principales. Al día siguiente, los medios estallaron. Todos hablaban de lo imponente de la puesta, del romanticismo que Cibrián puso en verso y Mahler en partitura, del carisma de sus protagonistas, ilustres desconocidos. Algunos la criticaron, también; otros le encontraron puntos en común con otras grandes producciones extranjeras, pero Drácula tuvo muchos méritos que excedieron su montaje. La obra de Cibrián-Mahler le sumó una legión de fanáticos al género musical y lo acercó a un público más popular. A partir de ese estreno proliferaron las escuelas de comedia musical y, en consecuencia, dos generaciones de artistas que hoy en día hacen más competitiva la actividad. Asimismo, Drácula fue un semillero de talentos. Por señalar sólo algunos: Juan Rodó, Cecilia Milone, Paola Krum, Martín O'Connor, Omar Calicchio, Marcelo Trepat, Damián De Santo, Alejandra Radano, Karina K, Horacio Vay, Coni Marino, Sebastián Holz, Ricardo Bangueses y tantos otros. Se le debe mucho a Drácula .

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