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El misterio de Agatha Christie

Silvia HopenhaynPara LA NACION
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26 de enero de 2011  

PODRIA decirse que Agatha Christie inventó la fórmula de Gran Hermano, más allá de la referencia apocalíptica de Orwell en su novela 1984 . En varias de sus casi sesenta novelas policiales, un grupo de gente, reunido en un sitio cerrado por algún motivo especial, provoca una trama de intrigas. Todos pueden ser culpables o víctimas de lo que a alguno de los integrantes se le ocurra hacer de manera imprevista. Y hay una progresiva alteración de las personas por el mero hecho de estar en contacto entre sí durante determinado tiempo y en un espacio limitado.

Pero lo interesante de las historias de Christie -a diferencia del mero voyeurismo que generan los programas de televisión aludidos-, es que no se trata de ver lo que los personajes hacen (de hecho, sus novelas tienen muchísimo diálogo) sino de intuir lo que realmente quisieran hacer. Es más enigmático, incluso más procaz, lo que alguien imagina que lo que suele realizar. ¿Pero acaso los efectos de su intención no se cumplen de todas maneras?

La novela Diez negritos , publicada al comenzar la Segunda Guerra Mundial, ahora con nueva edición veraniega, es una fabulación perfecta del argumento de la culpa. Las personas reunidas supuestamente por una tal Owen, que les envía una carta de invitación a la Isla del Negro, podrían ser todas culpables de la muerte de otros. La genialidad de Christie es que su palpitante narración, tal vez sin saberlo, pone en escena ideas freudianas muy recientes para su época. Ubica la culpa en una intención inconsciente y no necesariamente en un acto real cometido; así, hace aparecer un sentimiento difuso de indignidad personal sin una prueba concreta por la que se pueda acusar a ninguno de ellos. Todos los invitados han provocado la muerte de alguien sin por ello convertirse en verdaderos asesinos. Como si el mero deseo de matar hubiera llevado a otros a que se mueran. Desde el joven Anthony Marston, el matrimonio de criados Rogers, el general MacArthur, el aventurero Phillip Lombard o la joven Vera Claythorne. Diez razones para matar, diez razones para morir.

El argumento es genial, más allá de cierta simpleza en la resolución. La muerte sucesiva de cada uno de ellos se basa en la canción "Diez negritos" ("diez negritos salieron a cenar; uno se asfixió y entonces quedaron nueve? nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde, uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho?".)

Es una tentación homologar ciertos pasajes de la novela de Christie a un episodio misterioso de su propia vida. El 3 de diciembre de 1926, su coche fue encontrado cerca de un lago con prendas suyas a la manera de pistas que podían incriminar a su propio marido. Scotland Yard realizó una pesquisa que duró más de diez días. Ella apareció lo más campante, luego de que alguien la reconociera alojada en un hotel bajo el nombre falso de quien era la amante de su esposo. Ella alegó amnesia, dolor por el fallecimiento de su madre y furia por la infidelidad. Pero ningún argumento verifica lo acontecido. En la vida, como en las novelas policiales, importa más la huella que la propia pisada.

© La Nacion

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