Adiós a Barragán, un artista virtuoso

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1 de febrero de 2011  

Alejado del circuito de exposiciones desde 2005, falleció el pintor y ceramista Julio Barragán en Buenos Aires, donde nació en 1928. Con él pierde la cultura argentina un eslabón de la estirpe virtuosa que incluye a su hermano Luis (1914-2008); a su esposa, la ceramista Nieves Adeff (sobrina del grabador Mauricio Lasansky), y se continúa en sus hijos (cineasta y escultor). Barragán se consideraba autodidacta. Se inició a los diez años haciendo versiones de las obras de El Greco a partir de reproducciones en blanco y negro. Elección singular pero sólo peregrina en apariencia. El greco toledano retenía datos figurativos iluminados por la mística de esa llama frío del inmortal soneto de Quevedo. Y no es casual que a la hora de formarse optara por la cerámica, seductora conjunción de artesanía, conocimiento preciso de esmaltes y fuego al servicio de un lenguaje popular y utilitario que lo religó a sus orígenes españoles.

Ambos ítems persisten en su obra pictórica, que afrontó con singular lucidez, siempre templada por la sensibilidad alerta. Muy temprano participó en salones municipales y nacionales en los que alcanzó los premios mayores. Pero fue en su primera instancia europea que recibió, Picasso mediante, la revelación del arte contemporáneo. El cubismo constituyó para Julio Barragán la pródiga clave estructural. Esta noción fue compartida por Bruno Venier, Oscar Capristo, Carlos Torrallardona, Vicente Forte. El cubismo era la regla que corrige la emoción, al decir de George Braque.

Esta mesura pauta las búsquedas que emprendió a lo largo de varias décadas. Y no es dato menor que una figura de mujer, óleo de sólida arquitectura, haya sido el regalo de cumpleaños que hizo a su hermano Luis, catorce años mayor. Los unió el respeto recíproco, ese reconocimiento de la singularidad propia y ajena que excluyó cualquier rivalidad.

Supo mantenerse a salvo de halagos y premios, que felizmente menudearon. Era un hombre y artista cabal, nunca atado a la moda ni al éxito. De ese modo guiaba una obra rica en aventura estética, sin reiteraciones complacientes ante la aceptación lograda. Mantuvo también el profundo respeto al oficio, al comportamiento de los materiales, y solía decir que era su condición de técnico ceramista el nexo con las artes de la alquimia.

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