El misterio de una laguna reina en pagos que fueron de Patrón Costas

Mariano Wullich
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12 de abril de 1999  

LURACATAO, Salta.- Cuentan que hace 20 años, "El Gringo" Guzmán, único policía del vecino pueblo de Seclantas, estaba pescando sentado sobre una gran piedra junto a la laguna de Brealito.

El hombre, que era querido y respetado por todos en la zona, siempre estaba bien dispuesto para solucionar los problemas de la gente, tenía bien ganadas sus "mentas" de pescador y conocía esas aguas como pocos.

Era de día y Guzmán, despreocupado, desenganchaba un interesante pejerrey del anzuelo de su caña, cuando de pronto sintió una presencia cerca suyo.

Giró la cabeza hacia la derecha y a pocos metros, sobre la laguna,vio una chica desconocida, de unos diez años, pelo oscuro y piel blanca. Dicen que el hombre quedó por un momento casi paralizado y, cuando pudo recuperar la vertical, salió corriendo como espantado, dejando allí su caña, el mate, el cuchillo y la cosecha de plateados pescados. Fue el comienzo de la leyenda de apariciones y misterios.

Guzmán murió hace diez años, pero antes contó una y otra vez su vivencia, que en realidad forma parte de un rosario de historias y leyendas que, de a poco, se fueron desparramando por toda Salta. Hoy son muchos los que hablan convencidos de la misteriosa laguna, situada a unos 170 kilómetros de la capital en la parte central de los Valles Calchaquíes.

Es apasionante conversar con la gente y escuchar sus cuentos, pero mucho más aún adentrarse en el valle que se eleva a 2750 metros sobre el nivel del mar y encontrarse con esas 50 hectáreas de aguas vírgenes rodeadas por los cerros Del Refugio y de Luracatao.

"Pueblo alto"

Luracatao, significa en idioma kakan, el que utilizaban los indios pulares y chicoanas, pueblo alto. Es además el nombre de la estancia fundada por Robustiano Patrón Costas, en donde está el espejo de agua.

Sólo una capilla, la casa derruida que utilizaba la familia para pasar el día y algunas construcciones de adobe, en donde viven los lugareños, se encuentran en ese lugar de silencio donde las voces de los pocos hombres que se acercan los fines de semana suelen oírse desde unos dos kilómetros de distancia.

Los demás es el ruido de los cardúmenes de pejerreyes sobre la superficie, el graznido de algún pato silvestre y el silbo del vuelo de las águilas. Después de las piedras de las orillas, aparecen los típicos y pesados cardones, las breas, arcas y retamas. Un lugar realmente imperdible.

Fido Aban, de 41 años, conoce el lugar como pocos, vive casi sin viajar a la capital salteña y su actividad se reparte entre las cabras, las uvas tintas y blancas, la quinta, las vacas y algo de turismo en la finca Montenieva, contigua a Seclantas y perteneciente a su padre Anastasio.

Una serpiente con aletas

Fido recuerda que otros pescadores llamados Santos y Angel "una vez vieron en un atardecer cómo una gran serpiente de ojos grandes, con aletas en su lomo se acercaba a la costa".

Cuenta que "a la hora de la oración", cuando atardece, suelen oírse frecuentemente ruidos de chapuceos. "Es cuando la gente deja de pescar por un rato, y se retira de la orilla. Después vuelven".

Otra de las historias es el de la mujer encargada de cuidar la capilla del caserío de Brealito.

Hablan de que esa señora dijo haber visto la imagen de la virgen en medio de la laguna. Fue por esa época que frente al cerro Del Refugio pusieron una gran cruz para agradecer a Dios que las inmensas rocas que alguna vez amenazaron con desmoronarse siguen colgadas, sin tener un sólo movimiento que ponga en peligro a quienes por allí habitan.

"Yo he oído los ruidos o extraños reflejos en el agua que, aunque son muy particulares, a veces deben ser causados por las brisas, los peces y el efecto de los reflejos de la luna sobre el agua", desmitifica un poco Fido para no caer en la exageración. Lo bueno es que nadie habla de muertes raras ni siquiera de alguien que haya desaparecido en las profundidades, porque en la laguna de Brealito jamás se ahogó nadie.

Más bien, lo único que se observa en sus orillas son aguas claras, limpias y que lo único que hasta ahora han dado, no es otra cosa que vida.

Para comunicarse con esta columna, los lectores que deseen hacer llegar sus inquietudes pueden hacerlo al siguiente correo electrónico: mwullich@lanacion.com.ar

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