El regalo de mamá

Aciertos en este primer trabajo del dramaturgo Pablo Ini
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17 de febrero de 2011  

Autor: Pablo Ini / Dirección: Héctor Díaz y Pablo Ini / Intérpretes: Luis Gianneo, Carla Vidal, Pablo Ini y María de Cousandier / Escenografía: Alicia Leloutre / Vestuario: Sol Canievsky / Iluminación: Magalí Acha / Música original: Iván Wyszogrod / Sala: Teatro Nacional Cervantes / Duración: 75 Minutos

Nuestra opinión: buena

Es increíble el peso que dejan en la memoria ciertas imágenes de teatro. La visión de un hombre de unos treinta años que, bajo una tenue luz, evoca recuerdos de su familia, en una obra de cuatro personajes que tiene como centro a una madre dominante, es difícil que no haga pensar de inmediato en la primera escena de El zoo de cristal , de Tennessee Williams. Algo de eso ocurre al comenzar a ver El regalo de mamá , primera pieza de teatro de Pablo Ini.

El espejismo se esfumará rápidamente porque, sobre esta estructura básica, el autor, construirá la historia de un conflicto familiar que, aunque lejana al tono poético o la profundidad humana de aquel título clásico de la dramaturgia del siglo XX, pintará de todos modos, en su estilo y con apreciable eficacia, la soledad de cuatro seres no menos desdichados que los de Tennessee.

Acá son una madre y tres hijos, mientras que en el texto del creador norteamericano los últimos eran dos. El estilo al que acude Ini es el de una mirada algo burlona de los personajes, la descripción de sus conflictos en un registro que, sin dejar de mostrar aspereza ni de señalar frustraciones, pone de manifiesto costados de su conducta que, por momentos, causan más risa que pesar. Y eso porque sus peleas e incomunicaciones, aun teniendo como fondo el cuadro de una familia que ha funcionado mal y con escaso afecto, se deslizan por un filo cercano al absurdo.

En ese sentido, y llevado por el propósito de asegurar que la pieza se desenvuelva con soltura en lo dramático, el autor ha garantizado la creación regular de situaciones de choque o discordia entre los tres hermanos -la madre pasa la mayor parte de la obra en silla de ruedas después de haber sufrido un accidente y está a cargo de ellos-, pero lo hace a expensas de la hondura psicológica de los personajes.

¿Por qué? Porque la necesidad de provocar enfrentamientos entre ellos está estimulada continuamente por la existencia de caracteres demasiado extremos en su naturaleza, en exceso estereotipados. Juan, el que evoca, es un introvertido incurable y sin fisuras. Carlos, el contador, un intolerante implacable, sin siquiera una brisa de duda o ternura. María es una hermana cuyas manías, aunque divertidas, son exageradas. Otro tanto podría decirse del dibujo de la madre. O sea que lo que la obra gana en efecto, humor o delirio lo pierde en consistencia.

No obstante esas fallas, hay que remarcar como mérito la fluidez de la pieza y el muy valioso trabajo de los actores, que calzándose perfectamente las características de cada personaje le sacan abundante partido. La escenografía es sobria y funcional: una mesa, tres sillas y una cama en un cuarto que tiene como fondo un panel revertible, primero con un fondo de quince franjas de círculos en gris y ocre sobre cuadrados marrones y cremas, que se van alternando, y luego un fondo celeste de rayas anaranjadas. Buena ambientación musical y sugerente uso de las luces para diferenciar pasado de presente.

Alberto Catena

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