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¿Qué habría ocurrido si don Luigi Sturzo...?

Si le hubieran hecho caso al sacerdote italiano a quien llamaban "el socialista eclesiástico", la historia del siglo pasado habría sido muy distinta: tal vez no hubiera existido el fascismo
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18 de febrero de 2011  

El sacerdote italiano don Luigi Sturzo (1871-1959), "el socialista eclesiástico", es casi desconocido fuera de su patria. Sin embargo, tuvo importancia. Y, si le hubieran hecho caso, tal vez hubiera cambiado la historia contemporánea. Le cuento.

En 1923, el presidente Marcelo T. de Alvear pidió el beneplácito del papa para nombrar arzobispo de Buenos Aires a monseñor Miguel de Andrea (1877-1960). (Aclaración para los lectores de mente moderna: aunque nacida hace dos siglos al calor de la Ilustración, la Argentina sigue atada a la Iglesia Católica.) El papa denegó la solicitud, que había sido votada por el Congreso. ¿Por qué? Porque De Andrea, discípulo de don Luigi Sturzo, no era fascista. ¿No me cree? Siga leyendo.

Pese a no ser mayoritario, el partido fascista italiano asumió el poder en 1922 con el apoyo de empresarios, terratenientes y la Iglesia Católica. Ésta accedió a disolver el Partido Popular Italiano. Este partido, aunque relativamente pequeño, contaba, y en una emergencia podría haber hecho de árbitro, porque fue la única organización católica en el mundo que se opuso al fascismo. El Partido Popular había salido de la cabeza de don Luigi Sturzo, prelado carismático que se había propuesto poner en práctica las exhortaciones del papa León XIII en su famosa encíclica Rerum novarum. Éste fue el primer documento en que el papado reconoció la explotación de los trabajadores. También señaló la emergencia de un nuevo personaje histórico: la clase obrera, organizada en sindicatos, partidos, mutualidades y cooperativas. León XIII había instado a su grey a admitir esta nueva realidad y a competir con la izquierda en lugar de limitarse a combatirla.

Obviamente, el partido fascista no podía tolerar competidores. Mussolini le ofreció a la Iglesia Católica importantes privilegios a cambio de ciertas concesiones. Entre éstas figuraba la disolución del partido de don Luigi. El papa cumplió su promesa. Don Luigi se exilió en Londres y más tarde en Estados Unidos, donde tomó parte activa en la propaganda antifascista. Mientras tanto, Pío XII apoyó a los gobiernos y movimientos fascistas.

Monseñor de Andrea quedó, así, sin mentor y sin protección eclesiástica. De candidato a arzobispo pasó a ser obispo de Temnos. En 1944 fui a verlo para pedirle que intercediera por mi madre, viuda sexagenaria enjaulada en el Asilo del Buen Pastor. Había sido arrestada acusada de complotar contra la dictadura militar instaurada el 4 de junio de 1943. (Ése fue el mismo gobierno que había nombrado secretario de Trabajo a un tal coronel Juan D. Perón.)

Monseñor me atendió cortésmente y me dijo que lamentaba la prisión de mi madre, pero que nada podía hacer por ella, porque su influencia era nula. Lo mismo me había dicho días antes Carlos Saavedra Lamas, destacado jurista, ex ministro y el primer Premio Nobel latinoamericano. La dictadura estaba constituida por hombres nuevos, sin vínculos con la oligarquía. Pero no salgamos de la huella. Volvamos a la Italia fascista.

¿Qué habría ocurrido si el papa no hubiera transado con Mussolini? Es imposible saberlo, pero será divertido y acaso también aleccionador imaginarlo.

Primer acto. Una turba de 30.000 desocupados, atorrantes, rompehuelgas y rateros se unen en la Marcha sobre Roma, encabezada por la milicia fascista (los squadristi). El cuerpo de carabineros habría bastado para dispersarla. Pero ni el rey ni Giolitti, jefe del gobierno, dan la orden de restablecer el orden. El embajador estadounidense alienta a Mussolini, y Pío XI no mosquea.

Segundo acto. El Partido Popular forja una alianza con el Partido Socialista y los partidos de centro. Giolitti renuncia, el rey nombra primer ministro a don Luigi y le encarga que forme un gobierno de coalición. Los comunistas entran en razón: dejan de hostigar a los socialistas y apoyan al nuevo gobierno.

Tercer acto. La policía arresta a los matones fascistas. Los sindicatos y las cooperativas convocan a grandes actos públicos donde se denuncia a los facciosos y se exige al nuevo gobierno que tome medidas para aliviar las penurias de las familias y empresas más golpeadas por la guerra.

Cuarto acto. Al cabo de un par de años, Italia se normaliza -o sea, vuelve al caos moderado que siempre ha sido- y el partido fascista se desinfla. Mussolini es destituido de la jefatura de su partido, el socialista Giacomo Matteotti no es asesinado, el comunista Antonio Gramsci no es encarcelado y el aceite de ricino no se usa para castigar a los opositores. La repercusión en la política internacional es dramática.

Italia no invade Abisinia (Etiopía), Albania, Francia, ni Grecia. No forma un eje con Alemania y Japón. El gobierno italiano no intenta transmutar a los pacíficos agricultores y artesanos peninsulares en arrojados y disciplinados legionarios romanos. Acabado el fascismo como fuerza política y como modelo de dictadura moderna, ya no gana admiradores en el mundo. En la Argentina, los levantados del 6 de septiembre de 1930 no instalan en la presidencia a un general que aspira a instaurar un régimen parecido al de Mussolini; el ministro del Interior no ordena aplicar la picana eléctrica a los zurdos, ni recibe retratos autografiados por Hitler y Mussolini; los pitucos porteños no organizan la Legión Cívica Argentina para apalear a judíos y zurdos y el gobierno provisional llama a elecciones, que son ganadas por Alvear. Él consigue que el Vaticano dé su beneplácito a la candidatura, esta vez de cardenal, de monseñor De Andrea. El general Francisco Franco no se subleva contra el gobierno democrático de la República Española. Getúlio Vargas no instaura el Estado Novo, inspirado en el fascismo. Los franceses simpatizantes del fascismo siguen fuera del gobierno y el mariscal Pétain sigue en situación de retiro. El canciller Hitler no tiene aliados, ni siquiera en el Vaticano, y por lo tanto no se atreve a hacer la guerra. La Segunda Guerra Mundial no ocurre: se salvan unos 70 millones de personas. Y todo eso porque un cura recto, inteligente y valiente se atrevió a enfrentar a los bárbaros que volvieron a invadir Roma.

¿Qué hubiera sido de don Luigi Sturzo si la historia hubiese tomado el curso que acabo de imaginar? Elija usted el futuro que más le guste. Le sugiero tres. 1) Don Luigi es ungido papa con el nombre de León XIV y toma la defensa de los pobres y oprimidos. 2) Don Luigi redacta un enorme tratado teológico-político que convulsiona a la Iglesia: 200 millones de viejos la abandonan, pero ingresan 400 millones de jóvenes. 3) Don Luigi cuelga los hábitos, se casa, funda una cooperativa de trabajo y termina presidiendo y agrandando la Liga de Cooperativas. Si no le gusta ninguno de estos futuros imaginarios, invente otro. Nuestro personaje fue tan grande y complejo en comparación con los enanos que le cerraron el paso que podría haber hecho lo que nadie hubiese imaginado.

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