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Washington apuesta por las monarquías

Mark Landler y Helene CooperThe New York Times
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26 de febrero de 2011  

WASHINGTON.- Mientras lidia con la cascada de insurrecciones en Medio Oriente, la Casa Blanca se encontró con una cruda realidad: es probable que los reyes de la región sobrevivan y los presidentes sean depuestos.

En el mapa rápidamente cambiante que se extiende desde Marruecos hasta Irán, dos presidentes ya han sido derrocados: Hosni Mubarak en Egipto y Zine el Abidine Ben Ali en Túnez. Funcionarios de la administración de Barack Obama dijeron que creen que el presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh, se encuentra en una posición cada vez más delicada.

Sin embargo, en Bahrein, el rey Hamad ben Isa al-Khalifa ha logrado capear una oleada de agitación y malestar, ganando el apoyo norteamericano, aun cuando sus fuerzas de seguridad reprimieron brutalmente a los manifestantes. Los funcionarios de la Casa Blanca creen que es improbable que el rey Abdullah de Arabia Saudita sea destronado, mientras que hasta el momento los emires del Golfo Pérsico no han sufrido levantamientos.

Incluso en Jordania, donde estallaron serias protestas, Abdullah II ha actuado con pericia para mantenerse en el poder, aunque aún debe lidiar con una inquieta población palestina.

Esta constante de la permanencia de los reyes en el poder está influyendo sobre la respuesta del gobierno norteamericano a la crisis: durante los últimos días, Estados Unidos envió diplomáticos para ofrecer respaldo y seguridad a los monarcas, incluso a aquellos que encabezan los gobiernos más opresores, pero mantiene distancia de los presidentes autocráticos que luchan por conservar el poder. En todo sentido, esta actitud obedece a proteger los intereses norteamericanos.

"Lo que las monarquías ofrecen son familias reales a las que les permiten mantenerse por encima de la agitación, en cierta medida", dijo Kenneth M. Pollack, director del Centro Saban para la Política de Medio Oriente de la Brookings Institution. "Les permite saquear al gobierno sin saquearse a sí mismos."

Muchos de los monarcas han ejercido gobiernos tan represivos como los presidentes. Y el cálculo norteamericano sobre quién tiene más probabilidades de permanecer en el poder tiene tanto que ver con la constitución religiosa, demográfica y económica de los países como con la naturaleza de los gobiernos.

Los presidentes árabes pretenden haber sido elegidos democráticamente, aun cuando casi todas las elecciones son fraudulentas. Su barniz de legitimidad se desvanece cuando explota el descontento acumulado por la sociedad. Casi todos los presidentes gobiernan países más populosos, que carecen de la riqueza petrolera de las monarquías del Golfo, que les permitiría apaciguar a su población con recortes impositivos y aumentos de salarios, como lo han hecho recientemente los reyes de Arabia Saudita y de Jordania.

Un caso modelo es Libia, donde el coronel Muammar Khadafy, que no es rey ni presidente, quedó al borde de la caída con velocidad vertiginosa. A diferencia de la crisis de Egipto, durante la cual Obama habló por teléfono con Mubarak, ni el presidente ni ningún otro funcionario norteamericano hablaron por teléfono con Khadafy desde que estalló la violencia en Libia. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, no pudo contactarse con su par libio, Moussa Koussa, por una supuesta falla técnica, según el vocero del Departamento de Estado, Philip Crowley. El subsecretario de Estado para asuntos políticos, William J. Burns, sí habló anteayer dos veces con Koussa, y expresó la "preocupación" de la administración por que Libia siga cooperando con la evacuación de ciudadanos norteamericanos.

Contraste

La escasa comunicación norteamericana con Libia contrasta con las llamadas telefónicas regulares que Obama y Clinton han hecho para comunicarse con los monarcas árabes.

El rey de Arabia Saudita presionó a Obama al menos dos veces para que ofreciera apoyo a Mubarak. Desde su derrocamiento, según dijo un funcionario, los funcionarios sauditas han expresado cierto arrepentimiento por haber respaldado al ex líder egipcio.

En Yemen, la falta de legitimidad está castigando al presidente Saleh y las perspectivas de inestabilidad en el país plantea problemas de seguridad nacional para Estados Unidos, que ha recibido el apoyo del gobierno en las operaciones contraterroristas. Los manifestantes exigen su renuncia, incluso después de que el mandatario prometió no presentarse a la reelección. La Casa Blanca está presionando a Saleh, un astuto autoritario que ha manipulado a las facciones de su país para aferrarse al poder durante 30 años, a revivir un frustrado esfuerzo para implementar una reforma constitucional, aunque un funcionario se manifestó pesimista con respecto a esa posibilidad.

"Las repúblicas -y por lo tanto, los presidentes- son los más vulnerables, porque supuestamente son democracias, pero en realidad no lo son", dijo un diplomático árabe, que habló bajo condición de anonimato. "Fingen que el pueblo tiene voz, pero esa voz no existe. En las monarquías, nadie finge que hay democracia."

Traducción de Mirta Rosemberg

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