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Rehenes del poder sindical

Violencia, aprietes, crímenes, negocios turbios, cárcel. La obscena decadencia del modelo gremial argentino nunca estuvo tan a la vista, pero nadie se atreve a asegurar que las actuales señales de debilidad anuncien el resquebrajamiento de un poder casi autónomo, impermeable a los ímpetus democratizadores y capaz de imponer sus condiciones al gobierno de turno. ¿Se puede gobernar sin someterse a la extorsión de los sindicatos?Por Ricardo Carpena
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27 de febrero de 2011  

No se puede gobernar sin ellos, pero tampoco con ellos. Es uno de los grandes dilemas argentinos: no hubo gobernante que, a lo largo de las últimas cuatro décadas, no haya intentado disciplinar a los sindicalistas peronistas adaptándolos a sus formas, sus proyectos y sus necesidades, pero tampoco hubo ninguno que no haya terminado sucumbiendo ante un poder casi autónomo, permanente, blindado, impermeable a los cambios y a los ímpetus democratizadores.

Esta lógica de hierro terminó, como se puso en evidencia en estos días, en la dramática sensación de un gremialismo desbocado, en el que salen a la luz, impúdica y desvergonzadamente, los peores vicios y las más terribles sospechas acerca de sus rancios integrantes. Hay componentes que justifican lo que un veterano analista del mundo laboral califica, a mitad de camino entre la broma y la descripción de la realidad, como la "versión Raymond Chandler" del poder sindical: muertes misteriosas, negocios turbios, enriquecimientos inexplicables, patotas armadas y destinadas a demoler opositores internos, decisiones al filo de la ilegalidad.

¿Es casual que estén detenidos hoy dos de los principales exponentes de ese sindicalismo, como el bancario Juan José Zanola y el ferroviario José Pedraza?

Para muchos, siempre hubo maniobras con los medicamentos y bandas armadas dispuestas a matar, pero lo que cambió es que hay un gobierno que antes hacía la vista gorda y que luego, sólo ante el escándalo, levantó la protección que ejercía sobre algunos miembros de esta corporación. Otros, en cambio, creen que se trata simplemente del trabajo a conciencia de algunos jueces y fiscales que no pueden ni quieren cajonear indicios o pruebas contundentes de delitos. Y también existen los convencidos de que el mismo kirchnerismo propicia secretamente algunas detenciones para congraciarse con la clase media, que tiene una pésima imagen del sindicalismo, y así poder obtener algún rédito electoral de esta maniobra que, imaginan, tendría su punto culminante con la detención del líder de la CGT, Hugo Moyano.

Sea como fuere, pocas veces en la historia argentina el gremialismo peronista ha tenido tanto poder y ha sido tan privilegiado desde un gobierno. Por eso aquella versión, o interpretación, de la supuesta caída del líder camionero suena más a un oscuro deseo de cierto sector del progresismo que apoya a la presidenta Cristina Kirchner. Todos los datos de la realidad apuntalan una certeza distinta: Moyano sigue siendo el gran aliado de la Casa Rosada y, además, el mejor símbolo de una corporación que se expande casi sin límites y que, como está estructurada, condiciona al actual gobierno y a cualquiera que lo suceda.

Precandidatos presidenciales del propio peronismo, como Eduardo Duhalde y Mario Das Neves, ya explicitaron sin rodeos que si triunfan en los comicios impulsarán cambios en el modelo sindical. Obviamente, a ambos los motiva el temor de que los grandes gremios que lidera Moyano desde la CGT puedan imponer su lógica por la fuerza, más allá de lo que dictaminen las urnas, e incluso desgastar seriamente a cualquier administración de un signo contrario al kirchnerismo.

Hay quienes interpretan que el modelo sindical está cambiando, más allá de cualquier legislación que lo propicie. Héctor Palomino, prestigioso sociólogo que actualmente es director de Estudios de Relaciones Laborales del Ministerio de Trabajo, dijo a Enfoques que existen varios factores dinamizantes en ese sentido: "La división de poderes, por ejemplo, hace que la Corte Suprema siga demoliendo la ley de asociaciones sindicales, y el mismo crecimiento económico y del empleo provoca que haya un incremento de afiliados a los gremios. Estimamos que hay un millón más que en 2003. Eso, de la mano del aumento de los salarios, hace que los gremios tengan una potencia enorme. Y el hecho de que ahora el sindicato importe también provoca que haya más corrientes internas y mucho más diversas. Que tienen una mayor presencia porque muchos dirigentes se dedican a los negocios y se alejan de los lugares de trabajo".

Sin embargo, para Graciela Ocaña, el modelo sindical no se resquebraja. "Dudo de que cambie si no se discute la cuestión de fondo, que es el sistema de salud, el gran financiador de las cajas sindicales y del funcionamiento ilegal de la política. La otra discusión es sobre la libertad sindical: mientras no se amplíe ese horizonte vamos a seguir teniendo oligarquías que han tomado a los sindicatos y que no tienen forma de renovarse", destacó.

La ex ministra, además, duda de la teoría de que el Gobierno les soltó la mano a algunos sindicalistas que terminaron presos: "No sé hasta qué punto sucedió eso con Zanola porque él mismo decía que recibía cartas de Néstor Kirchner y de Julio De Vido para que tuviera fuerza -sostuvo-. Lo cierto es que el Gobierno trató de sostener la caja de Zanola, que básicamente es la obra social, y la intervino sólo cuando el juez Oyarbide lo pidió. Pero ahora se la han devuelto al mismo sector sindical que estaba con Zanola, pese a que muchos de sus miembros fueron llamados a indagatoria para el mes que viene. Y tampoco sé hasta dónde le soltaron la mano a Pedraza cuando este mismo gobierno le dio una parte del manejo del ferrocarril Belgrano Cargas, que está a cargo de su mujer, y mantiene a un hombre de la Unión Ferroviaria en la Sociedad Operadora Ferroviaria, la empresa estatal creada en 2008".

Para Rubén Zorrilla, sociólogo y autor de varios libros clásicos sobre el sindicalismo argentino, las detenciones de Zanola y de Pedraza "son acontecimientos que van llevando a la redefinición del rol del gremialismo y su dirigencia", situación a la que se llega a partir de un dato histórico: "El peronismo nace de una guerra contra el sistema de partidos que ya estaba formado. Perón organiza a los sindicatos, lo que le da sustancia y contenido a su política, y cuando cae, en 1955, el sindicalismo se hace cargo de las tareas políticas. ¿Quién fue el mayor enemigo del partido peronista? Perón, que sólo quería una organización formal para presentarse a elecciones. Cuando el líder desaparece, queda la genuina élite sindical que va a conquistar con sus propias luchas, méritos y conflictos el poder político que debía haber tenido el partido peronista. La principal traba para alcanzar la consolidación del sistema de partidos es el sindicalismo. Hace falta que desaparezca del área política, que quede supeditado a un partido peronista. Pero hoy, y desde hace muchos años, el sindicalismo es el principal partido político y, además, la institución más rica del país".

Intentos de cambio

Llegados a este punto, ¿se puede gobernar en la Argentina sin la bendición sindical? Desde el regreso de la democracia, la historia está tan llena de buenas intenciones como de retrocesos evidentes. Raúl Alfonsín, a caballo de un resonante triunfo electoral, arrancó en 1983 con la idea de impulsar una ley de reordenamiento sindical, de módicos pero loables objetivos (introducir a las minorías en las conducciones de los gremios y restringir el control de sus fondos), que fracasó en el Congreso, y terminó, en 1987, con el giro copernicano diseñado entre el radical Enrique "Coti" Nosiglia y el gastronómico Luis Barrionuevo que representó la virtual "privatización" del Ministerio de Trabajo, cuando fue entregado al lucifuercista Carlos Alderete y a un grupo de grandes gremios enfrentados con Saúl Ubaldini, con la ingenua idea de que así se alcanzaría la paz social que la CGT dinamitaba con sus protestas.

Conclusión: a la manera de un caballo de Troya, esa gestión sindical terminó siendo funcional sólo al sindicalismo (la UCR les devolvió el control de las obras sociales e impulsó reformas legislativas casi a medida de sus necesidades) y precipitó el triunfo electoral del PJ, gracias al cual Antonio Cafiero obtuvo la gobernación bonaerense. Incluso Ideler Tonelli, el sucesor de Alderete, le confesó mucho después a la periodista María Grande algo de lo que sucedió cuando aquellos sindicalistas controlaban el Ministerio de Trabajo: "Se cobraba todo. Se cobraban las inscripciones gremiales, las personerías. Yo juré un miércoles a las 18 y estuvieron hasta las cinco de la mañana del día siguiente cobrando inscripciones y personerías, a 5000 dólares, 10.000 dólares".

Quizá la plata, o la voracidad por conseguirla y multiplicarla, sea una de las claves que ayudó a dibujar el peor rostro del actual modelo sindical. Hay quienes interpretan que el principio del problema surgió de una medida objetivamente buena: la ley 18.610, mediante la cual el presidente de facto Juan Carlos Onganía, en 1970, le tendió la mano al sindicalismo peronista a través de la creación de las obras sociales. Claro que este sistema solidario de salud siempre fue controlado por un ente estatal que, más allá de sus cambios a lo largo de las décadas, se caracterizó por distribuir los fondos de manera discrecional, según las necesidades políticas del gobierno de turno.

Y habría que citar a algún pensador contemporáneo para ejemplificar qué sucede a veces con el manejo de esos fondos millonarios: Luis Barrionuevo dijo alguna vez que en las obras sociales no se compra ni un alfiler si no hay un "retorno". El mismo que acuñó una frase mucho más célebre: "En la Argentina hay que dejar de robar por lo menos dos años".

En la década del noventa, un presidente peronista como Carlos Menem pudo aplicar políticas neoliberales porque, entre otros motivos, entretuvo a gran parte del sindicalismo con la tentación de convertir a sus dirigentes en empresarios: desde la concesión de empresas privatizadas hasta la constitución de administradoras de fondos de pensión (AFJP), pasando por los programas de propiedad participada, allí nació una dirigencia gremial que, pese a la baja recaudación por los afiliados que caían ante la desaparición de sus puestos de trabajo, reconvirtió sus negocios.

Luego de la experiencia de la Alianza, que quiso y no pudo cambiar este modelo que parecía alentar una secuencia de dirigentes ricos y trabajadores empobrecidos, el kirchnerismo le dio otra vuelta de tuerca a aquella "patria sindical" que tuvo su apogeo en los años setenta.

Moyano pasó a ser el niño mimado del modelo gubernamental, capaz de contener a los gremios más díscolos y de propiciar un techo en las negociaciones salariales. A cambio, avanzó todo lo que quiso en su idea de arrebatar para su gremio a casi cualquier trabajador si en su actividad había transporte en camiones.

En el camino, incluso, logró sacarse de encima a Ocaña, que pretendía controlar los fondos de las obras sociales, por ejemplo, y consiguió expandir sus negocios armando empresas para proveer de servicios a su propio gremio.

Alta tensión

Hay quienes creen que los Kirchner armaron un Frankenstein incontrolable, del que terminaron casi como rehenes. Pistas en ese sentido pueden hallarse en los anuncios de Moyano de delinear un proyecto que lo convierta en una suerte de Lula argentino o en las declaraciones de uno de sus aliados, Juan Carlos Schmid, del gremio de dragado y balizamiento, que admitió públicamente que la CGT estaba "con el modelo, no con el Gobierno".

El futuro es impredecible. El sindicalismo nunca estuvo tan fracturado: hay una CGT que Moyano mantiene maniatada, pese a cierta rebeldía de los "Gordos", un desprendimiento antikirchnerista que lidera Barrionuevo (la CGT Azul y Blanco) y una central obrera independiente, la CTA, hoy dividida en un sector oficialista, de Hugo Yasky, y uno opositor, de Pablo Micheli.

El año electoral siempre logra recalentar los espíritus sindicales, en medio, además, de un clima rupturista dentro del peronismo. Y para terminar de complicar el cuadro, la inflación hace temer por el impacto de las negociaciones paritarias para recomponer los salarios.

La amenaza de que Zanola y Pedraza no serán los únicos sindicalistas en prisión le añade un componente de altísima tensión a este momento en el que el modelo sindical prende sus luces amarillas.

Hay algo extraño: en la mayoría de las agendas de los dirigentes de la oposición y de los peronistas disidentes casi no hay lugar para debatir la redefinición del sindicalismo. Quizá porque hay una vieja tradición política de que conviene negociar con los burócratas de siempre y no con gremialistas que sean difíciles de convencer por los métodos de siempre.

"El sindicalismo peronista es como un vampiro que te seduce, te convence de que sus dientes filosos no te harán doler y, sobre todo, te garantiza inmortalidad, pero aceptar sus condiciones equivale a ser un muerto en vida, a resignarse a la condena de una sangría eterna", graficó poéticamente un ex funcionario de la cartera laboral que prefirió no ser identificado, quizá porque alguna vez sufrió alguna mordida. En eso, igualmente, es uno más de esos tantos dirigentes políticos que caminan con sus marcas en el cuello, creyendo que preservan un poder que, en el fondo, hace rato perdieron.

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