Veinte voluntarias dedican sus tardes a copiar libros en Braille

Su tarea es vital para muchos ciegos; algunas, hace más de 20 años que ayudan
Cynthia Palacios
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19 de abril de 1999  

Aseguran que ayudando se ayudan a sí mismas, que no les pesa el esfuerzo que hacen y que sentirse útil es muy importante.

Pero lo que no dicen es que su tarea es imprescindible para muchas personas ciegas, porque ellas escriben en Braille los libros que los que no ven les solicitan.

Las voluntarias del Primer Centro de Copistas para Ciegos Santa Rosa de Lima posibilitan que los ciegos puedan leer, por placer o estudio, todos los libros que quieran. Y si así lo prefieren, ellas mismas les leen los textos en voz alta.

La demanda las supera. Las voluntarias tienen pocas computadoras y la tarea es ardua. Pero cada tarde, de lunes a viernes, de 15 a 18.30, saben que tienen una cita impostergable. Y no faltan.

"Uno hace esto para otros, pero en realidad le hace bien a uno mismo -definió la presidenta del centro, Nidia Arce de Bernardo de Quiroz (74)-. Como egresada de Filosofía y Letras siempre quise que todos pudieran acceder a leer los libros que quisieran. Por eso me gusta tanto estar aquí."

Hace 20 años, cuando falleció su marido, Nidia se acercó al centro. Nunca más se fue.

Lidia de Rubertis de Abalo también es una de las voluntarias pioneras. Está en el centro desde hace 21 años y es la prosecretaria. Sus compañeras las definen como "el alma máter" del grupo, pero ella repite que exageran. "Vine cuando se casaron mis dos hijos porque no quería estar sola en casa y me interesaba hacer algo por los demás", contó la mujer, de 78 años.

El centro funciona gracias a unos veinte voluntarios. La mayoría son mujeres y suelen dedicarse a esta tarea solidaria después de que se jubilan, enviudan o dejan de trabajar.

Para ayudar deben capacitarse. Hace unos años, aprendían a usar las máquinas Perkins, que imprimen en Braille, pero ahora tienen que aprender a manejar las computadoras.

A los 80 años, María Teresa de Ortiz de Rozas lleva ya toda una década en el Centro de Copistas. Para ella, como para otras, aprender computación fue todo un desafío. Ahora es la vicepresidenta de la entidad.

"Cuando me jubilé pensé en devolver algo de lo que me había dado la vida a los que más necesitaban", contó Alina Ezcurra (59). Como antes trabajaba en una oficina, la computación no fue ningún obstáculo.

Ayudar, la mejor terapia

Después de enviudar, Elsa Diana (63) descubrió que ayudar era la mejor de las terapias. "Entro acá y me siento mejor. Hacer algo por los demás siempre es gratificante", dijo la voluntaria, que con dos meses de experiencia es la más novata del grupo.

El Primer Centro de Copistas para Ciegos se creó hace 64 años en la iglesia de Santa Rosa de Lima. Después se mudó a la iglesia de la Merced, pero en 1955 un incendió destruyó todos los libros. "Sólo se salvó un crucifijo", contaron las voluntarias mientras lo señalaban.

Hace cinco años que alquilan el local de Paraguay 1618. Allí conservan unos 2500 libros en Braille, pero el lugar les queda chico. "Cuando nos mudamos acá tuvimos que regalar, o eliminar por viejos, más de 3000 ejemplares", detalló la presidenta.

"Cada vez hay más ciegos que estudian y somos el único centro que copia libros. En otros lados tienen cassettes grabados, pero eso nunca reemplazará a un libro", aseguraron.

Si el libro que la persona ciega necesita está en la biblioteca del centro, se lo prestan y si no, se lo traducen al Braille por un costo de entre dos y cinco pesos por tomo. "Este año trabajamos como nunca. Incluso, todo el verano", explicó María Teresa.

Sólo tienen un scanner, tres computadoras y una impresora Braille, que compraron con los ahorros de años. "No tenemos ninguna subvención y la impresora nos costó 7200 pesos. Para nosotros fue un gasto enorme", contaron.

Las páginas de cada libro se copian mediante un scanner y después de la minuciosa corrección de las voluntarias, los textos se imprimen en Braille.

Según explicaron, el tiempo que les insume copiar cada libro es muy variable. Los que no están en buen estado no pueden pasar por el scanner y a veces demoran más de un mes en copiar un ejemplar.

Gastos que preocupan

El esfuerzo es mucho, pero las satisfacciones también se cuentan al por mayor. Por ejemplo, las voluntarias recordaron la historia de un obrero boliviano que quedó ciego y en el centro terminó la primaria, hizo el secundario y se recibió de abogado. "Fue una emoción enorme", coincidieron.

Entre los gastos del alquiler, los servicios y el mantenimiento del local las voluntarias viven preocupadas. Tienen alrededor de 100 socios que aportan 50 pesos por año, y pocas donaciones. Ahora esperan que alguien les done una computadora, que no necesariamente tiene que ser nueva, para aceptar más trabajo. "Tenemos más voluntarias que máquinas y nos piden libros con urgencia, pero no damos abasto", dijo Lidia. Para comunicarse con ellas hay que llamar al 4813-8504.

Estas mujeres hacen una tarea esencial para que los ciegos puedan informarse, estudiar o divertirse. Es un trabajo detallado y silencioso. Y aunque es anónimo merece dejar de serlo.

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