0

Todos somos fotógrafos

Tecnología, conectividad, redes sociales... La fotografía es un fenómeno al alcance de todos, que no para de crecer
0
13 de marzo de 2011  

La escena transcurre a principios de los años 60, en Buenos Aires. Un padre de familia compra una cámara Kodak Instamatic en una óptica del centro porteño. Era un aparatito rectangular. Una cajita que venía munida de un accesorio revolucionario para la época: el cuboflash.

Con el rollo que cargaba esa cámara se podían disparar hasta veinte fotogramas que se imprimían en hojas de papel de cuatro por cuatro centímetros, enmarcadas en un rectángulo blanco donde constaba, en un costado, la fecha de toma y la marca Kodak.

Cuando el padre apuntaba a su esposa con esa pequeña cámara toda la familia permanecía expectante, en silencio, esperando el clic. Si la intención del fotógrafo era un retrato, invariablemente el rostro de la señora aparecía perdido en el centro de la imagen, rodeada por todos los elementos que, aparentemente, no estaban en el momento de la toma. Si la intención era fotografiar a la señora en el contexto de un paisaje, el novel fotógrafo levantaba instintivamente el punto de vista y el resultado era media cabeza de la señora sobre la base del fotograma y el fondo claramente identificable, de las sierras cordobesas, por ejemplo.

Hacía pocos años que la fotografía estaba al alcance de todas las familias. Y la posibilidad de comprar una cámara no estaba unida necesariamente a la capacidad técnica y estética para utilizarla de manera correcta. Hacía falta un largo aprendizaje para lograr resultados aceptables.

Hoy es común encontrar una aplicación en los iPhone4 llamada Hipstamatic. Es un software que permite hacer fotos con las mismas características de aquellas lejanas fotos que intentaba una y otra vez ese ciudadano promedio de hace casi cincuenta años. En ese momento, las fotos cuadraditas con marco blanco que reproducían unos colores francamente irreales eran sinónimo de amateurismo. Hoy son un gadget cool que utilizan hasta los corresponsales de guerra cuando registran con sus teléfonos celulares el andar de una patrulla de reconocimiento.

Esa cultura estética y visual, que en los años 60 sólo tenían los profesionales, hoy es compartida por casi todo el mundo que puede comprarse una cámara o un teléfono celular. La técnica es más compleja y a pocos les interesa, porque ya viene solucionada: las cámaras actuales son diminutas computadoras preparadas para responder satisfactoriamente la mayoria de las variables lumínicas y ambientales que podamos imaginar.

Seguramente son pocos los que cuando intentan hacer un retrato les sale un paisaje o viceversa. Los que antes se consideraban errores hoy son absorbidos como descubrimientos estéticos.

Por otra parte, la cantidad de imágenes que miramos diariamente se ha multiplicado de un modo exponencial en las últimas décadas. Este entrenamiento visual hace que prácticamente todo el mundo tenga una idea clara de cómo encuadrar una imagen y en qué momento disparar.

El periodismo gráfico, hasta hace poco tiempo la mayor fuente de cultura visual para el público medio, ha tomado del aficionado algunos de sus desaciertos más evidentes como una forma de legitimar su visión de los hechos. El público ya tiene el ojo entrenado en descubrir manipulaciones técnicas en una imagen y las fotos de aspecto amateur resultan más creíbles. Es muy común encontrar en los medios gráficos fotografías con horizontes inclinados, retratos con rostros encuadrados de una manera temeraria, desenfoques inapropiados, etcétera.

La fotografía del aficionado, del no fotógrafo, hoy es más creíble que la del profesional. El mundo es en color y es digital. El blanco y negro y el soporte en película son parte de un pasado glorioso de la fotografía. Y todavía algunos lo practican con la única intención de etiquetarse como autores. En cambio, las galerías de arte comienzan a descubrir que aquellos fotógrafos documentales de mediados y fines del siglo XX venían produciendo verdaderas piezas de arte que no necesitaban más que tiempo para convertirse en objetos más valiosos todavía.

A principios de diciembre decidimos, en LNR, iniciar una serie de notas dedicadas a las fotos de nuestros lectores. Partíamos de la suposición de que hoy todo el mundo puede hacer buenas fotos. Nuestro razonamiento se vio confirmado en los hechos. La selección de las fotos que finalmente publicábamos era muy difícil.

Si tanto profesionales como aficionados -o hasta aquel que empuña una cámara o un teléfono por primera vez- pueden producir buenas imágenes, llegamos a la conclusión de que, potencialmente, todos somos fotógrafos.

En el ambiente del periodismo, la misión del fotoperiodista está reservada para aquellos que tienen la formación y la persistencia de cubrir tanto los grandes hechos noticiosos como las más mínimas anécdotas cotidianas, con la regularidad que otorga el oficio. Hoy, el fotoperiodista es, antes que nada, un periodista. Mientras tanto, por una ventana comienzan a colarse decenas de miles de instantáneas y videos provistos por devenidos reporteros gráficos que toman su investidura en el preciso instante en el que registran un hecho noticiable.

En 1954, William Klein, un joven y talentoso norteamericano, llegaba a Nueva York, su ciudad natal, luego de vivir en París, donde había estudiado pintura. Klein empuñaba una cámara Leica provista de una lente gran angular de 28mm. El único conocimiento que tenía de su equipo era cómo cargar y descargar un rollo de película, correr los fotogramas y disparar. Con ese bagaje, y el de su formación estética, fotografió su ciudad como si recién la descubriera. El resultado de esta experiencia se convertiría al poco tiempo en el libro Nueva York 1954-55, una de las piezas fundamentales en la historia de la fotografía documental mundial. Klein enfrentaba los temas de la ciudad al estilo de un boxeador. Se acercaba tanto que casi podía tocar la punta de la nariz del sujeto con el borde de su lente. Con esta peculiar manera de fotografiar estaba inaugurando, junto a otros fotógrafos de su época, una estética inherente a la fotografía, totalmente desligada de cualquier otra disciplina visual.

En el siglo XXI miles de fotógrafos anónimos ponen a prueba las reglas que dictan la norma sobre lo que es una buena fotografía y crean otras nuevas, que a su vez serán reemplazadas por otras, y así sucesivamente. Y lo más extraordinario: todos podemos ver esas fotos gracias a Internet.

La historia parece repetirse: un dispositivo técnico (ya no podemos hablar solamente de cámaras fotográficas) y alguien que mira a través de él. Pero los resultados son más vastos, porque ahora todos fotografiamos.

Aficionados o profesionales, no importa ya con qué dispositivo fotografiemos. Finalmente, la pregunta sigue siendo la misma: ¿realmente sucedió lo que estamos viendo en una fotografía?

ADEMÁS

temas en esta nota

0 Comentarios Ver

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.