Ganz, de ángel a demonio

El protagonista de La caída dice que ya no aceptaría hacer otro papel de nazi y rescata la espiritualidad del film Las alas del deseo, de Wim Wenders
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18 de marzo de 2011  

Nacido en la ciudad suiza de Zúrich, es uno de los rostros fundamentales del cine alemán de las últimas tres décadas. Cobró definitiva notoriedad mundial al encarnar a Hitler en el controvertido film La caída , de Oliver Hirschbiegel. Pero los cinéfilos del mundo también recuerdan a Bruno Ganz por su labor en Nosferatu , de Werner Herzog; en La eternidad y un día , de Theo Angelopoulos y, fundamentalmente, por su actuación como el ángel que deseaba convertirse en humano en Las alas del deseo , de Wim Wenders. Actualmente se lo puede ver en Desconocido , el thriller firmado por el catalán Jaume Collet Serra que protagoniza Liam Neeson, y en Colores en la oscuridad , que se exhibió en el festival Pantalla Pinamar, donde actúa con la legendaria Senta Berger. Afable y comunicativo, recibió a adn en su paso por el último Festival de Mar del Plata.

-¿Qué elementos analiza al elegir un papel?

-Sinceramente, eso no puedo definirlo muy bien. Leo el guión y, muchas veces, sucede que la historia no es interesante a primera vista, pero si el personaje que me ofrecen es atractivo, empiezo a estudiarlo separadamente. No es nada racional, aunque considero que es importante el momento personal en el que me encuentro al decirle que sí a un papel. Por ejemplo, por más que me ofrezcan uno excelente en una película sobre nazis, no lo aceptaría a futuro. Así sea un film como Bastardos sin gloria , de Quentin Tarantino, que me pareció divertido y muy cinematográfico pero sin ningún punto de contacto con la verdadera historia.

-¿Su vínculo con el director teatral Peter Stein fue determinante para su carrera?

-Fue muy importante para mí cuando yo era joven porque aprendí muchísimo de él. Juntos creamos la compañía Schaubühne, donde buscamos una independencia de criterio con respecto a lo que sucedía en la escena berlinesa de entonces. Con esa compañía llegamos al cenit y en ese momento decidimos separarnos. Peter Stein es uno de los pocos directores modernos que tienen un gran respeto por el espectador, y su escuela tiene mucho que ver con la tradición del teatro alemán, a la que incluyó en su concepción renovadora de este arte. Nos reencontramos después de muchos años haciendo Fausto , de Goethe, en la Expo 2000 de Hanover. La obra duraba más de trece horas y se ofreció en dos días seguidos.

-¿Cuánto contribuyó la lectura de los clásicos a su formación como actor?

-Cuando yo quería ser actor, en mi tiempo, los actores serios tenían como obligación leer a Goethe, a Friedrich Schiller y a William Shakespeare. Principalmente, Hamlet y Medida por medida dejaron una huella profunda en mí, porque Shakespeare es un autor que se vuelve indispensable cuando uno toma contacto con él. Puede condensar el mundo en una sola frase. Sin saberlo, me ayudó a futuro porque gracias a mi temprana labor con el inglés me pude vincular más directamente con films como El lector y Desconocido .

-¿Cuáles son sus recuerdos como espectador de cine?

-En el colegio donde hice el bachillerato teníamos un cine club y en los recreos hacíamos andar el proyector. Pude ver las cincuenta mejores películas de la historia del cine entre timbre y timbre antes de volver a las aulas. Como adolescente me sentí deslumbrado por la Nouvelle vague , me pareció muy excitante, al igual que las actrices italianas. Eran deslumbrantes [risas]. Aunque nunca pude olvidarme de Jeanne Moreau en Ascensor para el cadalso . Ella también me impresionó, digámoslo elegantemente, en forma erótica.

-Usted trabajó con los grandes realizadores del Nuevo Cine Alemán de los años setenta y también ahora con los jóvenes directores de este resurgir del cine alemán. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentra entre ellos?

-Aquellos jóvenes que pertenecían a la nueva ola eran mundialmente conocidos. Nombres como Wim Wenders, Werner Herzog, Volker Schlöndorff y Rainer Werner Fassbinder contribuyeron a que el cine alemán fuera admirado. Realmente no podría explicarlo bien pero creo que esa creación era muy distinta de la que se desarrolla ahora. Los jóvenes directores contemporáneos tienen otra visión del mundo, más libre, y estar en contacto con ellos es muy inspirador. Como con Sophie Heldman, que me dirigió en Colores en la oscuridad . A veces parezco el abuelo que juega con los nietos, pero la relación con los jóvenes es muy sincera.

-¿Spielberg le ofreció el papel de Oskar Schindler para La lista de Schindler ?

-Sí, pero no considero que sea algo demasiado excepcional porque se lo ofreció a muchos conocidos. Todos tuvimos que mandar un tape y, por fin, eligió a Liam Neeson. Seguramente me hubiese gustado hacerlo pero, es muy probable que haya tenido razón en elegirlo a él. Alguien robusto, grande, muy vital. Creo que fue una buena elección.

-Háblenos de su amistad con Claudio Abbado.

-La verdad es que no entiendo mucho de música pero disfruto enormemente yendo a sus conciertos. Lo admiro y pienso que él también me tiene mucho cariño. Esa amistad me permitió embarcarme con él en un par de proyectos: Il canto sospeso , de Luigi Nono, y Egmont de Beethoven, junto a la Orquesta Filarmónica de Berlín. Una magnífica experiencia en la que usé mi voz en el recitado como un instrumento.

-Protagonizó el bien angelical sobre Berlín en Las alas del deseo y el mal casi absoluto en los subterráneos búnkeres de La caída . ¿Con cuál de los papeles se sintió más a gusto?

-Sin duda, como actor me resultó más interesante el papel de Hitler, muy complejo. Pero por otro lado, el desarrollo de la fantasía y lo espiritual estaba muy presente en ese ángel que compuse para Las alas del deseo . Un personaje que no se podía ver ni palpar pero que se introducía en los pensamientos de la gente. La figura del ángel es arcaica y es el deseo de todos tener un ángel guardián. Lo interesante del film de Wenders es pensar en esa figura espiritual en el mundo de hoy.

-Una película de culto. ¿Cómo reaccionaba el público?

-Sucedió algo emocionante cuando se estrenó la película porque, cada vez que subía a un avión, la gente me miraba y me decía: "Nada nos puede pasar". En otra ocasión, pasaba por un parque y una mujer con su pequeño hijo se arrodilló y me dijo que yo era su ángel guardián.

-Cuando se estrenó La caída , Wim Wenders criticó duramente que no se mostrara la muerte de Hitler.

-Dijo explícitamente que fue un acto de cobardía no mostrar, luego de tanta sangre, el momento en el que Hitler muere. Desde el punto de vista emocional, a Wim Wenders lo puedo entender muy bien, pero como argumento contra el film, no puedo aceptarlo, porque Hitler muere en La caída . Es comprensible que para un alemán de la generación de Wenders no sea suficiente. Él odia La caída , pero por fortuna eso no cambió nuestra amistad.

-¿Le fue difícil despegarse del papel de Hitler?

-Sí. Porque hasta ese momento nunca había tenido ante mí la situación de componer un personaje que verdaderamente existió y fue responsable de tanta tragedia. La destrucción de todo un continente, con 50 millones de muertos, el exterminio de 6 millones de judíos. Cuando uno se acerca a eso, llega como a un lugar prohibido.

-En Colores en la oscuridad de nuevo se hace presente la muerte, con el tema de la eutanasia.

-Ha sido una constante, considerando Las alas del deseo e, incluso, La eternidad y un día , de Theo Angelopoulos, que es un director muy estricto en el set. Trabajar con él es casi como estar en el teatro por sus largas secuencias y su exigencia con el actor. Por suerte nos entendimos muy bien en el nivel poético, pero la realidad de filmar con él es dura. Se puede decir que estoy abierto al misterio. Realmente me interesó mucho la historia de Colores en la oscuridad porque toca un tema muy actual en la vivencia de un matrimonio con cincuenta años de casados. Asimismo porque el misterio de la muerte me interesa. Y el del cine también.

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