Carne de diván

Vida y obra de Louise Bourgeois, genial escultora fallecida el año último, se mezclan como nunca en una gran exposición que inaugura mañana la Fundación Proa
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18 de marzo de 2011  

Fue un excepcional ejemplo de "carne de diván". Se llamaba Louise Bourgeois, y en Palermo hubiera sido la paciente mimada de los analistas. Murió como una heroína del arte del siglo XX, en mayo de 2010. Una muerte esperada para una mujer casi centenaria (le faltaban unos meses para cumplir 99), postergada por mucho tiempo y reconocida después de cumplir los 70. Nació el día de Navidad, en 1911, en el seno de una familia parisina culta y acomodada, aunque como artista se desarrolló en Estados Unidos, a tal punto que en 1993 representó a ese país en la Bienal de Venecia. Causa gracia y cierta ternura escuchar sus entrevistas en YouTube, en las que afirma con escasa sonrisa y abundante acento francés que se siente absolutamente américaine. Su formación se arraiga en la Francia más clásica: de niña escuchaba las fábulas de La Fontaine, y de joven se confesaba lectora apasionada de Molière y Sartre; además, escribió su tesis sobre Pascal.

Gran parte de su vida transcurrió en Nueva York: se casó con Robert Goldwater, un historiador del arte egresado de Harvard y en 1955 adoptó la ciudadanía estadounidense. Cuando comenzó a crear sus Celdas, en los años 90, admitió que sólo lo podría haber hecho en Nueva York: "En las veredas se encuentra toda clase de artículos para el hogar, como si un departamento entero hubiera sido puesto ahí. Uno quiere salvar esas cosas porque son tan maravillosas. En Francia no es así, no se encuentra nada en las calles, no hubiera tenido la libertad de crear estas obras ahí". Se la conoce como escultora, aunque antes incursionó en el dibujo y la pintura. Fue valorizada en forma tardía. En 1982 el MoMA de Nueva York organizó una muestra retrospectiva, la primera de una mujer en este museo, debido en parte al auge de los estudios de género, los mismos que rescataron a Frida Kahlo de la sombra de Diego Rivera y a Ana Mendieta, encerrada en el casillero subalterno de "latinoamericana". Eran tiempos de revisión feminista y Louise, con esa mezcla de admiración y conmiseración que despiertan los viejos, comenzó a recorrer un camino de reconocimiento en los museos prestigiosos del mundo.

Bourgeois en La Boca

La Fundación Proa se pliega a estos homenajes con una megamuestra, Louise Bourgeois: el retorno de lo reprimido (desde mañana hasta el 19 de junio) realizada en colaboración con el Studio Louise Bourgeois, y que se presentará más tarde en el Instituto Tomie Ohtake de San Pablo y en el Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro. El curador es Philip Larratt-Smith, que trabajó en el archivo de la artista desde 2003. Su asistente de toda la vida, Jerry Gorovoy, descubrió en 2004 dos cajas metálicas con aproximadamente mil páginas sueltas que contenían anotaciones sobre su vida y obra, cartas, diarios, anotaciones de trabajo, etcétera. El catálogo de esta muestra recoge -además de ensayos a cargo de especialistas muy prestigiosos como Donald Kuspit, Elizabeth Bronfen, Mignon Nixon, Juliet Mitchell y otros- una selección inédita de los centenares de notas y papeles que Bourgeois escribió en el largo proceso de su psicoanálisis.

Cuando se ven las fotos del espectacular caserón que la familia Bourgeois tenía en Choisy-le-roi, en las afueras de París, uno se imagina una vida aristocrática, protocolar y cómoda. Era más o menos así, pero con más desdichas que dichas. Louise tenía un padre que se llamaba Louis, que fue reclutado para combatir en la Primera Guerra Mundial. Su mujer, Josephine, ya estaba criando a dos hijos, Louise y Pierre. Monsieur Bourgeois volvió sano y salvo de la guerra, no así su hermano Desiré, que dejó viuda y con dos hijos a su mujer. Todos los Bourgeois vivían juntos en una casa que tenía un taller de restauración de tapices. La joven Louise ayudaba; a ella le encargaban rehacer los pies desgastados por el arrastre, y con su hábil aguja de tapicera les arrancaba el sexo a las figuras masculinas porque las familias pudorosas lo querían así. Ella no tiraba nada y logró una pequeña colección de penes de angelitos.

Doscientos millones de la población mundial murieron entre 1918 y 1920 a causa de una influenza virus A del subtipo H1N1, conocida como gripe española, la peor pandemia de la historia. Su madre cayó enferma y Louise se vio obligada a cuidarla. Ahí empezó a desmoronarse la vie en rose.

El padre instaló en su casa a Sadie, la profesora de inglés; miss Sadie se convertiría en su amante. En los años treinta Louise estudió matemáticas, física y química por correspondencia, luego ingresó en la Sorbona para estudiar ciencias exactas. La madre muere, Louise sufre, se deprime, deja los números y comienza a frecuentar talleres y escuelas de arte.

Fernand Léger fue uno de sus maestros y André Breton tenía su galería Gradita en el mismo edificio en el que ella alquiló su primer departamento. Ella también fue galerista; vendía litografías y pinturas de Delacroix, Matisse, Redon y Bonnard, entre otros. En su galería conoció a Robert Goldwater, un especialista en arte primitivo que la sedujo, se casó con ella y la llevó a Nueva York, todo en el mismo año, 1938. En 1939 vuelven a Francia, adoptan un niño de tres años y en 1940, un 4 de julio colmado de globos tricolores, nace Jean-Louis, el primer hijo de ambos.

Ella tenía 36 años cuando expuso por segunda vez (dos años antes había debutado en una individual) en Nueva York, 17 pinturas en las que aparecía su imagen de Mujer-casa. En 1949, muestra sus esculturas en madera y desde entonces se dedica de lleno al volumen. La familia Goldwater-Bourgeois vuelve a Francia con una beca. En 1951, el padre muere, Louise sufre, se deprime y comienza a psicoanalizarse. Lo hace desde 1952 hasta 1967, aunque continúa viendo a su terapeuta hasta su muerte en 1985. Recién a fines de los años sesenta su obra se hace sexualmente más explícita. Gran parte de su producción se nutre de sus recuerdos de infancia, de sus conflictos internos y de la relación con sus padres.

Como sucede con todos los artistas del siglo, no hay material que se le escape, desde el mármol y el bronce hasta las instalaciones y esculturas blandas en tela. Recibió halagos y premios no sólo de instituciones artísticas sino de jefes de Estado (Clinton y Sarkozy, entre otros) y pedidos de esculturas públicas y monumentales de todo el orbe.

Louise se atrevió como nadie a exteriorizar sus propios conflictos. Joseph Beuys, el gran artista-chamán alemán, decía que el verdadero artista era aquel que mostraba sus heridas. Louise cumplió con este requisito en abundancia.

Ficha. Louise Bourgeois: el retorno de lo reprimido en Fundación Proa (Av. Pedro de Mendoza 1929), desde mañana a las 18 hasta el 19 de junio.

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Una enorme araña de 9 metros de altura, 10 de ancho y 22.000 kilos dará la bienvenida a quienes vayan a visitar la muestra de Louise Bourgeois. Esta araña paseandera ya estuvo en la Tate Gallery de Londres (2007), en el Museo Guggenheim de Nueva York (2008) y, antes, en el Guggenheim de Bilbao (1999), y es la mayor de la serie de esculturas de arañas. La misma artista la definió de esta manera: "La araña es una oda a mi madre. Ella era mi mejor amiga. Como una araña, mi madre era una tejedora. Mi familia tenía un negocio de restauración de tapices y mi madre estaba a cargo del taller. Como las arañas, mi madre era muy inteligente. Las arañas son presencias amistosas que se alimentan de mosquitos. Todos sabemos que los mosquitos propagan enfermedades y, por lo tanto, son indeseables. Así, las arañas son útiles y protectoras, al igual que mi madre".

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