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Un artista excepcional

Hasta pasado mañana se puede ver en el Centro Cultural Recoleta una muestra que resume la vida del popular cantor español. Calzado, trajes y blusas de ensueño son testimonio de su estética refinada e innovadora
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25 de marzo de 2011  

Veintitrés pares de zapatos, decenas de blusas, tres trajes completos, fotografías, afiches y, como fondo musical, el canto de Miguel de Molina (1908-1993) resumen en tres salas del Centro Cultural Recoleta la vida de un artista de excepción, pero también el gusto, los deseos y los prejuicios de las sociedades española y argentina.

Miguel de Molina se hizo famoso por su manera de entonar coplas españolas con una voz que se quebraba al modo flamenco y por el sentido dramático de sus espectáculos en los que el vestuario lujoso e innovador era tan importante como las canciones. Su concepción teatral de los números musicales cambió por completo el mundo del varieté. Desplegaba en ellos un buen gusto certero que desafiaba las convenciones por medio de la combinación inusual de colores, tejidos y formas. Quizá sin saberlo, era un continuador en el arte popular de la estética de los Ballets Russes.

"Cada tanto íbamos con mi madre y mis hermanos a visitar a mi tío a su casa de Belgrano", dice Alejandro Salade, sobrino nieto de Miguel y director de la Fundación que lleva el nombre del artista y que organiza la exhibición. "Mis recuerdos son de la época en que yo tendría unos 12 o 13 años. No sabía lo que él significaba. Para mí era un señor raro, que vivía en una casa de estilo español, también muy rara, llena de cosas, en pleno barrio de Belgrano. Él se la pasaba cosiendo en su máquina Singer, la misma que está en exposición casi al salir de la última sala." En esa máquina Singer, el bailarín confeccionó una buena parte de las prendas que lo hicieron famoso. Sabía que las blusas, así como el rizo que le caía sobre la frente, eran su señal de identidad para el público. Lo convirtieron en un ícono admirado y caricaturizado.

Miguel había nacido en Málaga el 10 de abril de 1908 en un hogar muy humilde. Su madre, Josefa Montañés, fue tal vez la persona que él más quiso. Su padre, Miguel Frías de Molina, era un zapatero artesanal. Quizá de la tradición paterna derivara el cuidado y la capacidad de creación que Miguel hijo pondría en el diseño y la realización del calzado de escena. El público que recorre la muestra se asombra de ver esos zapatos y botas de tacones altos, con motivos geométricos y fantasías en cueros de distintos colores. La delicadeza de unas botas de caña corta de un verde pálido, con cuentas nacaradas en forma de lágrimas distribuidas como una llovizna en la pala, contrasta con el colorido llamativo de otros zapatos, que anticiparon en varias décadas las creaciones de John Galliano o Manolo Blahnik.

La estrechez económica de los Frías de Molina hizo que el hijo debiera trabajar desde muy chico. Josefa, la madre, con todo, consiguió inscribirlo en un colegio religioso. Según cuenta Miguel en su autobiografía, Botín de guerra , era un niño muy hermoso y suave, por eso en la escuela lo llamaban "la nena". Esa hermosura infantil llamó la atención del padre Jaime, un cura de apenas 20 años, que una tarde lo retuvo a solas en un aula y le besó los labios. En ese preciso momento, la escena fue interrumpida por un compañero de clase, Quinito, que entró en el aula y, al ver a su amigo en brazos del sacerdote, se puso a gritar. Los insultos y alaridos de Quinito atrajeron al director del colegio. El padre Jaime dijo entonces que había sorprendido a los dos niños "haciendo cosas indecentes". Miguel, enfurecido por la mentira, estrelló un tintero de vidrio en la cabeza del joven curita, que cayó desmayado. Por supuesto, expulsaron al "niño bonito". Fue la primera vez que el sexo y el escándalo rozaron su vida.

Más que estudiar, el pequeño Miguel Frías de Molina quería ayudar a su familia y ganarse la vida. Se hizo de varios trabajos. Atendía un puesto de golosinas, lavaba copas, hacía recados y la limpieza en un bar-colmado de su tía Carmen, a la que detestaba, y repartía telegramas. Hasta que un domingo de invierno de 1921, con unas monedas, compró una entrada en el gallinero del teatro Vital Aza y se dio cuenta de que quería vivir en ese mundo de luces. Se fue de su casa, a los trece años, en busca de ese ambiente.

Miguel aprendió a cantar y a bailar de un modo indirecto. Fugitivo de su hogar, recaló primero en Algeciras, donde consiguió trabajo en un prostíbulo. Debía ayudar a limpiar y a hacer las compras en el mercado. A cambio, Pepa, la dueña, que le había cobrado cariño, le daba techo, comida y algo de dinero. En lo de Pepa, Miguel cumplió 14 años. La simpatía del muchacho le ganó la amistad de varios clientes. Uno de ellos, Rafael, lo invitó junto con Pepa a la Fiesta del Cante Jondo, montada por Federico García Lorca y Manuel de Falla en Granada, en 1922. Miguel quedó deslumbrado con los artistas y con la Alhambra. De esa fiesta histórica, nació la devoción que sintió el resto de su vida por García Lorca y el deseo de instalarse al pie del Generalife. De Algeciras, pasó a Granada.

Se había hecho muy consciente de la atracción que ejercía. No se trataba sólo de apostura, sino sobre todo de la alegría y el encanto que emanaban de él. Se le ocurrió entonces abrirse camino organizando en casas, colmados y en las cuevas gitanas del Sacromonte juergas flamencas que atraían a los turistas extranjeros, sobre todo ingleses. Todos se lo disputaban. Uno de sus clientes, un sevillano, le sugirió que se fuera a Sevilla, donde podría ganar mucho dinero. Miguel siguió el consejo y allí se hizo conocido por el trato honesto y la jovialidad. Lo apodaron "la Micaela".

En Sevilla, después de haber frecuentado noche tras noche a los artistas más genuinos, Miguel se animó a cantar y a bailar. Su academia habían sido las casas públicas, los colmados y las cuevas gitanas. Formó una pareja con la bailarina Soledad Miralles y ella consiguió que los contratara el empresario del teatro Romea. Al principio trabajarían gratis: querían hacerse conocer a cualquier costo. Para ese primer espectáculo, él creó su primera blusa de fantasía. Según lo explica en sus memorias, hasta principios de la década de 1930, la ropa flamenca de escena consistía para el varón en un típico traje corto andaluz, con el que se bailaba o cantaba cante jondo. Los hombres que interpretaban cuplés eran imitadores de las estrellas y actuaban travestidos entonando los éxitos de las tonadilleras famosas. Miguel de Molina, en cambio, resolvió no imitar a ninguna mujer, no parodiar ningún canto y aparecer vestido de hombre, pero con un toque femenino. Ese toque sería la blusa. Su primer modelo fue de seda georgette color verde Nilo y le aplicó unos grandes lunares de terciopelo verde más oscuro, rodeados de pedrería. El ancho de las mangas era de dos metros cada una, de modo que, al mover los brazos, conseguía un efecto teatral considerable. Nunca se había visto nada semejante. La blusa tenía el carácter de un manifiesto artístico. Era una provocación. Los que vieron la prenda en un ensayo quedaron preocupados. Soledad y Miguel salieron a enfrentar al público, según sus propias palabras, "como dos fieras". La blusa fue un "petardazo". El empresario Carcellé los contrató de inmediato, pero pagándoles, para un espectáculo en el Coliseum de Madrid.

Esa blusa fue el comienzo de una colección en la que Miguel no sólo utilizó temas de vestuario de reminiscencias españolas, especialmente andaluzas y de la gitanería, sino que empleó telas y motivos de toda clase. Por ejemplo, una de las piezas que se hallan en exhibición parece, de lejos, hecha con una sola tela; en cambio, se trata de tiras horizontales de distintas taffetas de cuadros escoceses (!!!), en varios colores, cosidas las unas a las otras, entre las que intercaló tiras de puntilla. Ya célebre y aclamado en España y América, Miguel les pidió a sus amigos famosos que escribieran un pensamiento dedicado a él y firmado. Después calcó sobre una seda todos los saludos y las firmas y bordó letra por letra los mensajes y las rúbricas. El efecto es el de los collages de los artistas cubistas, pero también el de las marcas comerciales que emplearían años más tarde los logos de las empresas como estampados para los tejidos.

En poco tiempo, Miguel alcanzó fama y fortuna. Llegó a actuar en una versión de El amor brujo , dirigido por Manuel de Falla, en la inauguración de temporada del Teatro Liceo de Barcelona. Habían dejado de llamarlo "la Micaela" y se había convertido en Miguel de Molina (nada de "Frías"), una de las figuras más buscadas y mejor pagas del varieté.

En 1936, poco antes de que estallara la Guerra Civil, formó una pareja artística con la humorista Amalia Isaura. Iban a hacer una gira por toda España, pero el levantamiento de Franco se lo impidió. Como se hallaban en zona republicana, pasaron a formar parte de quienes estaban con el gobierno de la República. Por su origen humilde, Miguel se sentía mucho más cerca de los republicanos que de los nacionales, pero la política nunca le interesó y lo espantaba la violencia salvaje de los dos bandos. En vez de ser reclutado como soldado, Miguel actuó en los cuarteles, ante los heridos y también en el frente para animar a las tropas de Azaña. Pero cuando ya nadie se podía ocultar la inminente derrota de los "rojos", Isaura y Miguel temieron que los nacionales los persiguieran.

El ejército del franquista Aranda entró en Valencia el 1º de marzo de 1939. El 1º de abril de 1936 Franco dio por terminada la guerra. El 8, Miguel e Isaura empezaron a trabajar en el teatro Apolo de Valencia, contratados por el empresario franquista Prieto, que los extorsionó. Les ofreció protección a cambio de que trabajaran para él por una suma ridícula. Aceptaron por miedo y se convirtieron así en botín de guerra. Ganaban una miseria, pero nadie los agredía. La situación se prolongó durante varios meses, hasta que Miguel enfrentó a Prieto y le dijo que dejarían de ser sus "empleados" una vez que terminaran el siguiente compromiso en el teatro Pavón de Madrid. Prieto protestó pero simuló resignarse. Después del debut madrileño, por la noche, tres hombres secuestraron a Miguel, lo llevaron a un descampado, lo raparon arrancándole el pelo a tirones, lo golpearon con la culata de una pistola, le hicieron tomar aceite de ricino y le rompieron tres dientes, pero lo dejaron con vida, tirado en la calle. Las humillaciones no habían terminado. Una semana más tarde, algo recuperado, lo obligaron a seguir actuando para Prieto hasta el fin de la temporada. Después de la última función, le anunciaron que lo habían condenado al confinamiento en la pequeña localidad de Buñol, cerca de Valencia, donde permaneció casi un año. Tan sólo a principios de 1941 el gobierno le notificó que recuperaba la libertad de movimientos, pero no la de actuar en un teatro. El apodo que le habían puesto, "la Marica Roja", explicaba las razones de su ostracismo.

En 1942 Miguel recibió un telegrama de Lola Membrives desde Buenos Aires en el que le ofrecía actuar en el Teatro Cómico durante la temporada de verano. Aceptó de inmediato. La Argentina, terminada la Guerra Civil, representaba la Tierra Prometida para los españoles. Miguel pensó que tenía una alucinación nostálgica mientras caminaba por las veredas de la Avenida de Mayo y de Corrientes. Esas calles eran la Gran Vía. Redecoró el Cómico, llenó el hall de floreros con ramos, lo adornó con mantones, capotes y, en las paredes, colgó una colección de fotografías tan refinadas como andróginas que le había tomado Annemarie Heinrich. El éxito fue rotundo. Se convirtió en el artista de moda. Había que tener mucho talento, el desparpajo de alguien que no tenía nada que perder y todo por ganar, además del coraje de un granadero en combate, para ponerse esas blusas en el Buenos Aires de aquellos años, donde abundaban los nacionalistas y las aprensiones sexuales. Las mangas de dos metros eran una bandera de belleza y placer. Pero había situaciones locales de las que él no estaba bien enterado. En agosto de 1942, una denuncia por corrupción había revelado la participación de un grupo de cadetes del Liceo Militar en orgías homosexuales. El llamado "escándalo de los cadetes" produjo una reacción de puritanismo y una ola de homofobia en la sociedad tradicional justo cuando Miguel de Molina se presentaba en la escena porteña, a fines de 1942.

Apenas empezó el otoño de 1943, Miguel se dedicó a preparar un espectáculo en el teatro Avenida y, casi al mismo tiempo, Radio Belgrano lo contrató para una audición auspiciada por el aceite Ricoltore. En el teatro, las entradas se agotaban noche tras noche. Hasta que el 7 de julio, tres hombres aparecieron por la tarde en el piso de Miguel para conducirlo al Departamento de Policía, donde le comunicaron que se lo "invitaba a dejar el país" sin otra explicación. La razón tácita era, de nuevo, el aura de escándalo y el apodo que le habían endilgado durante la guerra. Esa misma noche debía irse en el barco Monte Urbasa con destino a España. Las autoridades (el general Ramírez era el presidente) ya le habían reservado un lugar en el trasatlántico. Pero hubo un imprevisto. Se había iniciado una huelga en el puerto y el barco no podía zarpar. En consecuencia, sin ningún cargo formal, Miguel fue enviado a la cárcel de Devoto donde estuvo preso siete días hasta que terminó la huelga portuaria y logró embarcarse rumbo a Valencia, donde no permanecería mucho tiempo.

El empresario mexicano Vicente Miranda lo contrató para trabajar en El Patio, una boîte del Distrito Federal donde actuaban figuras de primer nivel en el mundo. Miguel volvió a cruzar el Atlántico y, una vez llegado a México, preparó un espectáculo que tuvo un enorme éxito. Miranda, entusiasmado, lo presionó para que produjera un espectáculo aún más ambicioso en el cine-teatro Esperanza Iris. La nueva temporada superó la repercusión de la anterior, pero un conflicto entre sindicatos obligó a levantar las funciones, con el perjuicio económico consiguiente.

Resignado, Miguel desistió de trabajar en México. Le quedaba una salida. El tiempo había pasado y en la Argentina el nuevo presidente era Juan Domingo Perón. Les escribió a él y a Evita para saber si podía regresar a la Argentina y actuar sin problemas. Le contestaron que nada impedía su retorno. Es más, dieron orden de que se le facilitaran los trámites de ingreso al país.

El 21 de septiembre de 1946, Miguel de Molina llegó por segunda vez a Buenos Aires. Veinte días después debutaba en el teatro Premier. Cuando se abrió el telón y apareció en el escenario, el público lo aplaudió de pie. Nunca más dejaría la Argentina. Durante los años del primer peronismo, en señal de agradecimiento, actuó en actos del gobierno y de la Fundación Eva Perón. El éxito y la buena fortuna lo acompañarían hasta su retiro.

Cuando se produjo el derrocamiento del general Perón en 1955, Miguel de Molina y su mundo, el de los "colmaos", las fiestas flamencas y el entusiasmo por el cante jondo, había entrado en un período de decadencia. Los años de juventud del "niño bonito" habían pasado. Volvió a España en 1957 y se presentó en las fallas valencianas y en el Florida Park de Madrid. Como siempre, lo ovacionaron. Se había convertido en una leyenda, pero la leyenda chocaba contra la realidad. La ropa ya no lucía como antes en su cuerpo, su cara había perdido la gracia. Miguel de Molina tenía demasiado respeto por el público y por sí mismo como para continuar. En 1960, a los 52 años, abandonó el escenario. Había encontrado en el barrio de Belgrano una casa ideal, de estilo español. Él mismo se ocupaba de cuidar el jardín, de hacer las compras y seguía cosiendo. En 1992, los reyes de España, por los que sentía admiración y afecto, le confirieron la Orden de Isabel la Católica. En sus memorias, Miguel dice con amarga justeza que esa reparación le llegó demasiado tarde. El 5 de marzo de 1993, durante la noche, murió en soledad. Al lado de su cuerpo, había dejado costura sin terminar.

Más que estudiar, el pequeño Miguel Frías de Molina quería ayudar a su familia y ganarse la vida. Se hizo de varios trabajos. Atendía un puesto de golosinas, lavaba copas, hacía recados y la limpieza en un bar-colmado de su tía Carmen, a la que detestaba, y repartía telegramas. Hasta que un domingo de invierno de 1921, con unas monedas, compró una entrada en el gallinero del teatro Vital Aza y se dio cuenta de que quería vivir en ese mundo de luces. Se fue de su casa, a los trece años, en busca de ese ambiente.

Miguel aprendió a cantar y a bailar de un modo indirecto. Fugitivo de su hogar, recaló primero en Algeciras, donde consiguió trabajo en un prostíbulo. Debía ayudar a limpiar y a hacer las compras en el mercado. A cambio, Pepa, la dueña, que le había cobrado cariño, le daba techo, comida y algo de dinero. En lo de Pepa, Miguel cumplió 14 años. La simpatía del muchacho le ganó la amistad de varios clientes. Uno de ellos, Rafael, lo invitó junto con Pepa a la Fiesta del Cante Jondo, montada por Federico García Lorca y Manuel de Falla en Granada, en 1922. Miguel quedó deslumbrado con los artistas y con la Alhambra. De esa fiesta histórica, nació la devoción que sintió el resto de su vida por García Lorca y el deseo de instalarse al pie del Generalife. De Algeciras, pasó a Granada.

Se había hecho muy consciente de la atracción que ejercía. No se trataba sólo de apostura, sino sobre todo de la alegría y el encanto que emanaban de él. Se le ocurrió entonces abrirse camino organizando en casas, colmados y en las cuevas gitanas del Sacromonte juergas flamencas que atraían a los turistas extranjeros, sobre todo ingleses. Todos se lo disputaban. Uno de sus clientes, un sevillano, le sugirió que se fuera a Sevilla, donde podría ganar mucho dinero. Miguel siguió el consejo y allí se hizo conocido por el trato honesto y la jovialidad. Lo apodaron "la Micaela".

En Sevilla, después de haber frecuentado noche tras noche a los artistas más genuinos, Miguel se animó a cantar y a bailar. Su academia habían sido las casas públicas, los colmados y las cuevas gitanas. Formó una pareja con la bailarina Soledad Miralles y ella consiguió que los contratara el empresario del teatro Romea. Al principio trabajarían gratis: querían hacerse conocer a cualquier costo. Para ese primer espectáculo, él creó su primera blusa de fantasía. Según lo explica en sus memorias, hasta principios de la década de 1930, la ropa flamenca de escena consistía para el varón en un típico traje corto andaluz, con el que se bailaba o cantaba cante jondo. Los hombres que interpretaban cuplés eran imitadores de las estrellas y actuaban travestidos entonando los éxitos de las tonadilleras famosas. Miguel de Molina, en cambio, resolvió no imitar a ninguna mujer, no parodiar ningún canto y aparecer vestido de hombre, pero con un toque femenino. Ese toque sería la blusa. Su primer modelo fue de seda georgette color verde Nilo y le aplicó unos grandes lunares de terciopelo verde más oscuro, rodeados de pedrería. El ancho de las mangas era de dos metros cada una, de modo que, al mover los brazos, conseguía un efecto teatral considerable. Nunca se había visto nada semejante. La blusa tenía el carácter de un manifiesto artístico. Era una provocación. Los que vieron la prenda en un ensayo quedaron preocupados. Soledad y Miguel salieron a enfrentar al público, según sus propias palabras, "como dos fieras". La blusa fue un "petardazo". El empresario Carcellé los contrató de inmediato, pero pagándoles, para un espectáculo en el Coliseum de Madrid.

Esa blusa fue el comienzo de una colección en la que Miguel no sólo utilizó temas de vestuario de reminiscencias españolas, especialmente andaluzas y de la gitanería, sino que empleó telas y motivos de toda clase. Por ejemplo, una de las piezas que se hallan en exhibición parece, de lejos, hecha con una sola tela; en cambio, se trata de tiras horizontales de distintas taffetas de cuadros escoceses (!!!), en varios colores, cosidas las unas a las otras, entre las que intercaló tiras de puntilla. Ya célebre y aclamado en España y América, Miguel les pidió a sus amigos famosos que escribieran un pensamiento dedicado a él y firmado. Después calcó sobre una seda todos los saludos y las firmas y bordó letra por letra los mensajes y las rúbricas. El efecto es el de los collages de los artistas cubistas, pero también el de las marcas comerciales que emplearían años más tarde los logos de las empresas como estampados para los tejidos.

En poco tiempo, Miguel alcanzó fama y fortuna. Llegó a actuar en una versión de El amor brujo , dirigido por Manuel de Falla, en la inauguración de temporada del Teatro Liceo de Barcelona. Habían dejado de llamarlo "la Micaela" y se había convertido en Miguel de Molina (nada de "Frías"), una de las figuras más buscadas y mejor pagas del varieté.

En 1936, poco antes de que estallara la Guerra Civil, formó una pareja artística con la humorista Amalia Isaura. Iban a hacer una gira por toda España, pero el levantamiento de Franco se lo impidió. Como se hallaban en zona republicana, pasaron a formar parte de quienes estaban con el gobierno de la República. Por su origen humilde, Miguel se sentía mucho más cerca de los republicanos que de los nacionales, pero la política nunca le interesó y lo espantaba la violencia salvaje de los dos bandos. En vez de ser reclutado como soldado, Miguel actuó en los cuarteles, ante los heridos y también en el frente para animar a las tropas de Azaña. Pero cuando ya nadie se podía ocultar la inminente derrota de los "rojos", Isaura y Miguel temieron que los nacionales los persiguieran.

El ejército del franquista Aranda entró en Valencia el 1º de marzo de 1939. El 1º de abril de 1936 Franco dio por terminada la guerra. El 8, Miguel e Isaura empezaron a trabajar en el teatro Apolo de Valencia, contratados por el empresario franquista Prieto, que los extorsionó. Les ofreció protección a cambio de que trabajaran para él por una suma ridícula. Aceptaron por miedo y se convirtieron así en botín de guerra. Ganaban una miseria, pero nadie los agredía. La situación se prolongó durante varios meses, hasta que Miguel enfrentó a Prieto y le dijo que dejarían de ser sus "empleados" una vez que terminaran el siguiente compromiso en el teatro Pavón de Madrid. Prieto protestó pero simuló resignarse. Después del debut madrileño, por la noche, tres hombres secuestraron a Miguel, lo llevaron a un descampado, lo raparon arrancándole el pelo a tirones, lo golpearon con la culata de una pistola, le hicieron tomar aceite de ricino y le rompieron tres dientes, pero lo dejaron con vida, tirado en la calle. Las humillaciones no habían terminado. Una semana más tarde, algo recuperado, lo obligaron a seguir actuando para Prieto hasta el fin de la temporada. Después de la última función, le anunciaron que lo habían condenado al confinamiento en la pequeña localidad de Buñol, cerca de Valencia, donde permaneció casi un año. Tan sólo a principios de 1941 el gobierno le notificó que recuperaba la libertad de movimientos, pero no la de actuar en un teatro. El apodo que le habían puesto, "la Marica Roja", explicaba las razones de su ostracismo.

En 1942 Miguel recibió un telegrama de Lola Membrives desde Buenos Aires en el que le ofrecía actuar en el Teatro Cómico durante la temporada de verano. Aceptó de inmediato. La Argentina, terminada la Guerra Civil, representaba la Tierra Prometida para los españoles. Miguel pensó que tenía una alucinación nostálgica mientras caminaba por las veredas de la Avenida de Mayo y de Corrientes. Esas calles eran la Gran Vía. Redecoró el Cómico, llenó el hall de floreros con ramos, lo adornó con mantones, capotes y, en las paredes, colgó una colección de fotografías tan refinadas como andróginas que le había tomado Annemarie Heinrich. El éxito fue rotundo. Se convirtió en el artista de moda. Había que tener mucho talento, el desparpajo de alguien que no tenía nada que perder y todo por ganar, además del coraje de un granadero en combate, para ponerse esas blusas en el Buenos Aires de aquellos años, donde abundaban los nacionalistas y las aprensiones sexuales. Las mangas de dos metros eran una bandera de belleza y placer. Pero había situaciones locales de las que él no estaba bien enterado. En agosto de 1942, una denuncia por corrupción había revelado la participación de un grupo de cadetes del Liceo Militar en orgías homosexuales. El llamado "escándalo de los cadetes" produjo una reacción de puritanismo y una ola de homofobia en la sociedad tradicional justo cuando Miguel de Molina se presentaba en la escena porteña, a fines de 1942.

Apenas empezó el otoño de 1943, Miguel se dedicó a preparar un espectáculo en el teatro Avenida y, casi al mismo tiempo, Radio Belgrano lo contrató para una audición auspiciada por el aceite Ricoltore. En el teatro, las entradas se agotaban noche tras noche. Hasta que el 7 de julio, tres hombres aparecieron por la tarde en el piso de Miguel para conducirlo al Departamento de Policía, donde le comunicaron que se lo "invitaba a dejar el país" sin otra explicación. La razón tácita era, de nuevo, el aura de escándalo y el apodo que le habían endilgado durante la guerra. Esa misma noche debía irse en el barco Monte Urbasa con destino a España. Las autoridades (el general Ramírez era el presidente) ya le habían reservado un lugar en el trasatlántico. Pero hubo un imprevisto. Se había iniciado una huelga en el puerto y el barco no podía zarpar. En consecuencia, sin ningún cargo formal, Miguel fue enviado a la cárcel de Devoto donde estuvo preso siete días hasta que terminó la huelga portuaria y logró embarcarse rumbo a Valencia, donde no permanecería mucho tiempo.

El empresario mexicano Vicente Miranda lo contrató para trabajar en El Patio, una boîte del Distrito Federal donde actuaban figuras de primer nivel en el mundo. Miguel volvió a cruzar el Atlántico y, una vez llegado a México, preparó un espectáculo que tuvo un enorme éxito. Miranda, entusiasmado, lo presionó para que produjera un espectáculo aún más ambicioso en el cine-teatro Esperanza Iris. La nueva temporada superó la repercusión de la anterior, pero un conflicto entre sindicatos obligó a levantar las funciones, con el perjuicio económico consiguiente.

Resignado, Miguel desistió de trabajar en México. Le quedaba una salida. El tiempo había pasado y en la Argentina el nuevo presidente era Juan Domingo Perón. Les escribió a él y a Evita para saber si podía regresar a la Argentina y actuar sin problemas. Le contestaron que nada impedía su retorno. Es más, dieron orden de que se le facilitaran los trámites de ingreso al país.

El 21 de septiembre de 1946, Miguel de Molina llegó por segunda vez a Buenos Aires. Veinte días después debutaba en el teatro Premier. Cuando se abrió el telón y apareció en el escenario, el público lo aplaudió de pie. Nunca más dejaría la Argentina. Durante los años del primer peronismo, en señal de agradecimiento, actuó en actos del gobierno y de la Fundación Eva Perón. El éxito y la buena fortuna lo acompañarían hasta su retiro.

Cuando se produjo el derrocamiento del general Perón en 1955, Miguel de Molina y su mundo, el de los "colmaos", las fiestas flamencas y el entusiasmo por el cante jondo, había entrado en un período de decadencia. Los años de juventud del "niño bonito" habían pasado. Volvió a España en 1957 y se presentó en las fallas valencianas y en el Florida Park de Madrid. Como siempre, lo ovacionaron. Se había convertido en una leyenda, pero la leyenda chocaba contra la realidad. La ropa ya no lucía como antes en su cuerpo, su cara había perdido la gracia. Miguel de Molina tenía demasiado respeto por el público y por sí mismo como para continuar. En 1960, a los 52 años, abandonó el escenario. Había encontrado en el barrio de Belgrano una casa ideal, de estilo español. Él mismo se ocupaba de cuidar el jardín, de hacer las compras y seguía cosiendo. En 1992, los reyes de España, por los que sentía admiración y afecto, le confirieron la Orden de Isabel la Católica. En sus memorias, Miguel dice con amarga justeza que esa reparación le llegó demasiado tarde. El 5 de marzo de 1993, durante la noche, murió en soledad. Al lado de su cuerpo, había dejado costura sin terminar.

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