La Argentina en otra parte

Por Tomás Eloy Martínez Para La Nación
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24 de abril de 1999  

HAY hombres que se parecen a ciudades, como Baudelaire y Marcel Proust a París o Charles Dickens a Londres; hay ciudades que existen en la realidad pero que son, sobre todo, ciudades de novela, como la Dublín que James Joyce narró en el Ulises . Y hay países que se reflejan en ciudades con las que, a primera vista, nada tienen que ver. Uno pone la ciudad delante de un espejo y, de repente, aparece el país. Eso ocurre con Austin, la capital de Texas. De un modo secreto, subterráneo, esa ciudad es la Argentina.

La semejanza comenzó tal vez en septiembre de 1961, cuando Jorge Luis Borges fue invitado por la universidad a dictar un seminario sobre la poesía de Leopoldo Lugones. Austin tenía entonces un aire apacible, bucólico; sus únicos edificios sobresalientes eran el campanario del rectorado y la cúpula del Capitolio provincial. A Borges le sorprendieron las vastas praderas que olían a siesta y a carne asada, los charcos, la mugre y los perros sueltos, que imaginaba impropios de los Estados Unidos. No había salido de la Argentina desde 1923, y la realidad obedecía, para él, a códigos y prejuicios que sólo estaban en su imaginación. Le parecía extraño, por ejemplo, que los carniceros o los cavadores de zanjas supieran hablar inglés. "Siempre había creído -cuenta en su autobiografía- que el inglés era una lengua negada a esa clase de personas."

Madre e hijo

Por las tardes, los estudiantes lo veían caminar por la avenida Guadeloupe, del brazo de una mujer altiva, a la que creían su esposa: "la señora Borges". Era su madre, Leonor Acevedo, cuyos ochenta y cinco años aparentaban sesenta. La anciana encargada de libros raros en la Biblioteca Benson todavía los recuerda, enfrascados en la lectura de manuscritos de Alfonso Reyes y Atilio Chiáppori. "Ella lo ayudaba con la lectura -cuenta-, hablándole al oído, en voz muy baja."

La madre de Borges aventajaba a su hijo en agilidad, en energía, en pasión por la vida. Cierta mañana, ambos se demoraron ante las vitrinas de la Benson donde se exhiben ediciones originales de sor Juana Inés de la Cruz y algunos documentos de su puño y letra. La madre se obstinó en ver de cerca un manuscrito que, en su parte inferior, al centro, está borroso y descolorido. Es la hoja arrancada al Libro de profesiones del convento de San Jerónimo donde sor Juana pide perdón por sus pecados y firma con sangre: "Yo, la peor del mundo". Al advertir que los trazos de sangre habían sido casi desvanecidos por los años mientras el resto de la escritura se mantenía intacto, doña Leonor observó: "Esta es la prueba rotunda de lo que Georgie siempre dijo. La sangre dura menos que la tinta".

Antes de marcharse de Austin, Borges escandalizó a sus admiradores progresistas de los Estados Unidos con una retahíla de opiniones inconvenientes sobre los negros, sobre la música texana (una mezcla de country y mariachi) y sobre la usurpación de tierras mexicanas en Texas y en California, lo que a él le parecía "una bendición".

No estuvo a tiempo para ver llegar a los murciélagos. Austin está cruzada por un río perezoso, el Colorado, que desemboca trescientos kilómetros al sur, en el Golfo de México. A orillas del río se alzan ahora rascacielos de bancos y corporaciones que no existían hace tres décadas. En las riberas del Colorado crecían almácigos de mosquitos, y las tierras de alrededor eran pantanosas e insalubres. Ese mismo verano, poco después de la partida de Borges, una bandada de cien mil murciélagos se aquerenció bajo el puente del Congreso, cuyos arcos de cemento forman nichos como los de un panal de abejas. Los murciélagos se retiraron con el frío pero regresaron en mayo del año siguiente: eran entonces más de doscientos mil y, como las hembras llegaban preñadas, la población se duplicó.

Amigos de los murciélagos

Ahora se han convertido en el símbolo de Austin y suman más de un millón. Cada día devoran toneladas de mosquitos, mantienen limpio el aire de la ciudad y sólo por las noches, cuando uno se acerca al puente, el olor áspero de los enjambres y los chillidos que no cesan se clavan como taladros en el centro mismo del pensamiento. Una fundación llamada Amigos de los Murciélagos intentó conseguir, sin éxito, alguno de los manuscritos en los que Borges habla de Austin: la dedicatoria de las obras completas ("a Leonor Acevedo de Borges"), el poema "Un mañana" o el cuento "El soborno", incluido en El libro de arena . No pudo. En cambio, está contribuyendo a las interminables conmemoraciones del centenario de Borges organizadas por la universidad.

Hace pocas semanas acudí a una de esas celebraciones. Me mostraron la modesta residencia para estudiantes donde Borges se había alojado la primera vez, y el orgulloso hotel victoriano donde vivió la vez siguiente. Mi guía fue otro de los sobrevivientes de aquellos tiempos, el profesor Carter Wheelock, cuyo español es tan claro y tan neutro que nadie podría adivinar dónde lo aprendió. Wheelock tiene, además, una memoria borgeana: sabe recitar los 3183 versos del Beowulf ; el célebre poema anglosajón, con la misma entonación vacilante y cortés que le oyó a Borges hace cuatro décadas.

El profesor me contó que Borges y su madre debían llegar a Austin el 7 de septiembre de 1961 en un tren que salía de Miami. Seis o siete colegas fueron a buscarlo a la estación. El tren llegó puntual, pero Borges no estaba allí. Desolados, se comunicaron con la línea aérea, en Buenos Aires. Les informaron que los pasajeros habían partido en el avión previsto. Durante cuatro días angustiosos se preguntaron qué hacer. Al quinto, cuando estaban por denunciar el caso a la policía, Borges y su madre aparecieron en la universidad, exaltados. Habían decidido recorrer en ómnibus el "Sur profundo" de los Estados Unidos: Tallahassee, Biloxi, Nueva Orleáns, Houston. "Borges -me contó Wheelock- quería oler lo que no podía ver."

Ese punto del universo

En las praderas de Austin, donde pasan tan pocas cosas, a Borges parecieron sucederle todas. Poco antes de uno de sus viajes, en agosto de 1966, un joven llamado Whitman, al que un tumor cerebral había enloquecido, se atrincheró con rifles y pistolas en la altísima torre de la universidad y desde allí disparó sobre todos los que pasaban. Un disparo con mira telescópica lo detuvo para siempre, pero antes él había matado a dieciséis personas. Cuando Borges regresó a la primavera siguiente, de paso para Harvard, le pidió a Wheelock que lo llevara a la torre y le mostrara el lugar donde Whitman había muerto. Subieron veintiséis pisos hasta un pequeño mirador de madera, donde aún quedaba la sombra de la sangre. Borges se agachó, tal como lo hace el personaje de "El Aleph", y se quedó largos minutos en silencio, observando ese punto fijo del universo, "un punto que sólo él podía ver", como dice Wheelock, y luego pidió que lo ayudara a bajar. Durante el descenso, más lento aún que la subida, Borges no dijo una sola palabra. No habló durante toda esa tarde, ni a la noche, ni en todo el largo día siguiente.

Un país no sólo es su geografía y su historia, o sus tragedias y felicidades cotidianas; un país no es sólo sus políticos. Es también (y a veces, sobre todo) su memoria. Santiago de Chile fue la Argentina en 1845 mientras Sarmiento estuvo allí, escribiendo Facundo ; y París fue la Argentina en 1962, cuando Cortázar escribía Rayuela en las mismas desordenadas hojas de papel que ahora se ven en la Biblioteca Benson. También Austin es la Argentina, ayer y ahora: aún se la puede ver por la avenida Guadeloupe, caminando con un bastón de ciego y recitando el Beowulf ; mientras los inmigrantes recién llegados a la ciudad siguen cavando zanjas, pero ya no hablan inglés. La lengua que usan es un castellano que tal vez Borges no entendería. © La Nación

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