Escenas vacías de ley y verdad

Osvaldo Quiroga Para LA NACION
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26 de marzo de 2011  

Alguien dijo que el teatro argentino trata desde hace tiempo el problema de las familias disfuncionales. Término extraño este último, poco preciso, más parecido a una etiqueta apresurada que a una observación sobre la subjetividad de algunos personajes que aparecen en los escenarios locales. No hace falta explicar que sin conflicto no hay teatro, por lo tanto una familia feliz no le sirve ni a la literatura ni al arte dramático. De ahí que resulte más que simplificador hablar de familias disfuncionales en el teatro argentino.

Lo que es cierto es que algunas obras, como la excelente La omisión de la familia Coleman , de Claudio Tolcachir, ponen al descubierto la subjetividad de grupos familiares altamente conflictivos. Es el caso, también, de El regalo de mamá , pieza de Pablo Ini que fue recientemente estrenada en el Teatro Nacional Cervantes.

Este texto, lejos de generalidades, habla del problema de la verdad en una familia. La historia está anclada en tres hijos que viven a la sombra de una madre despótica, incapaz de ver la singularidad de cada uno de ellos. El clima es asfixiante porque la mentira impone una atmósfera donde nada es lo que parece. Y ahí está, quizás, un núcleo temático importante que vuelve una y otra vez sobre las tablas. Pero, conviene insistir en este punto, a diferencia de lo que puede ocurrir en otros géneros literarios, en el teatro el conflicto impacta sobre los cuerpos. En la vida también, pero es más difícil de comprobar.

El cuerpo del actor da cuenta de lo que le ocurre y hace que su cuerpo hable, diga lo que a menudo la palabra no dice. Eso es el teatro. Lo demás es literatura. Los personajes de El regalo de mamá son portadores de demandas de amor que la madre ni escucha en el presente ni nunca escuchó antes. En ese sentido, tanto La omisión de la familia Coleman como El regalo de mamá hablan de la ausencia de ley. Y en lo más profundo la ausencia de ley es la ausencia del padre. Los personajes de uno y otro texto viven a expensas de la locura de la madre.

La vitalidad de lo que ocurre en escena se inscribe en un teatro de una verdad escénica potente y disparadora de más de un sentido.

En el teatro, el espectador lee los cuerpos como sigue las oraciones en una novela. Y lo mismo hace con el espacio en el que se desarrolla la acción. Todo se lee de otra manera. Pero todo, sin embargo, guarda estrecha relación con la vida cotidiana. Una madre loca enloquece. Y si además hay ausencia de padre, la locura de la madre impacta directamente sobre los hijos.

Si la Ofelia de Hamlet se suicida es porque se derrumbó su orden simbólico y ya no hay ley a la que pueda aferrarse. Si Lear deambula como un loco por la inmensa llanura es porque de la ley que el representaba ya no queda nada. Y si en Sueño de una noche de verano las criaturas de Shakespeare enloquecen en el bosque, o se permiten vivir sus sueños al margen de las convenciones de la época, es porque alguna ley, justa o injusta, verdadera o falsa, se ha caído y dejado un vacío que resulta difícil de cubrir.

No es casual que a estas alturas, una vez más, terminemos hablando de Shakespeare. Lo que sucede es que el genial isabelino trató todos los temas que el teatro puede abordar. Y las familias sin ley, como la de El regalo de mamá o La omisión de la familia Coleman , también dan cuenta de países y construcciones sociales que no se han ocupado en profundidad del problema de la ley y la verdad.

© La Nacion

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