Antológica actuación de Rostropovich

Iniciación de la temporada del Mozarteum Argentino con la presentación de la Orquesta Sinfónica de Budapest de la Radio y Televisión Húngara, dirigida por Tamás Vasary, y el violoncelista Mstislav Rostropovich, con el auspicio del Chase Manhattan Bank. Primer programa: "Danzas de Galanta", de Zoltan Kodaly; Sinfonía Nº 4 en Si bemol mayor Op. 60, de Beethoven, y Concierto para violoncelo y orquesta en Si menor Op. 104, de Antonin Dvorak. Segundo programa: Obertura de "Don Giovanni", de Mozart; Sinfonía Nº 7 en La mayor Op. 92, de Beethoven, y Concierto para violoncelo en si menor Op. 14, de Dvorak. En el Teatro Colón.
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24 de abril de 1999  

Un clima de apoteosis y celebración musical rodeó a los conciertos de presentación de la Orquesta Sinfónica de Budapest de la Radio y la Televisión de Hungría, dirigida por Tamas Vasary, junto a quienes el célebre Mstislav Rostropovich, en calidad de solista, fue ovacionado.

En una interpretación antológica del Concierto para violoncello y orquesta de en Si menor, de Dvorak, el excepcional intérprete ruso demostró una vez más el poder casi mágico que emana de su personalidad y de su arco para hacer que el arcano musical revele sus más preciados secretos.

Ello aconteció, ciertamente, durante ambas actuaciones, pero con un carácter muy especial durante la ejecución de la Sarabanda en Do menor de Bach, que ejecutó fuera de programa en su primera noche ante los insistentes aplausos del público, ese mismo público que lo escuchó luego con verdadera unción. Sólo artistas de su talla pueden crear un clima de soledad sonora, casi religiosa, al recrear esta obra de Bach.

De enormes requerimientos técnicos, el Concierto de Dvorak contó con un virtuoso excepcional, pero en primer lugar con un verdadero artista. El violoncelo tiene con él voz propia, un sonido leñoso, cálido y profundo en el vibrato ,capaz de galvanizar en torno de sí al resto de los instrumentos de la orquesta, como ocurrió cuando expuso después de la introducción, enérgicamente, el tema inicial.

De energía ardorosa, pero también de íntima expresión que llegó por momentos a pianissimos de extraordinaria calidad y sutileza, se nutrió así bajo su arco todo el primer movimiento ( Allegr o), pleno de brillo y de carácter elegíaco. Los pasajes tuvieron una emotiva expresividad, y particular sutileza de color el diálogo con la flauta.

Preciso es destacar, asimismo, la calidad de los tutti orquestales, el perfecto ensamble y balance sonoro que los músicos de Budapest mantuvieron con el solista, y la colaboración ceñida que le ofrecieron teniendo en cuenta que Rostropovich, además de recorrer el diapasón de su instrumento con absoluta seguridad, cualquiera que sea el tempo, produce con su arco una gama extraordinaria de matices expresivos.

El Adagio ma non troppo que siguió, con sus variados temas entrelazados, y sus intervenciones solísticas permitió apreciar la calidad melódica y el finísimo legato que Rostropovich realiza disminuyendo gradualmente la intensidad sonora hasta fundir el hilo melódico con el silencio o elaborando diálogos con solistas de la orquesta con gran musicalidad.

Enlazado con el segundo, el movimiento final configuró elevadas muestras de virtuosismo en extensos, elaborados y vertiginosos pasajes solísticos que alternó con la orquesta. Fue elocuente el diálogo musical con la excelente primera violinista de la Sinfónica.

Además de la obra mencionada, Rostropovich quiso tocar en ambos conciertos -y así lo expresó, en perfecto español- junto al sector de violoncelos de la orquesta otra joya de la música pura: el segundo movimiento de la Bachiana Brasileira Nº 1, de Heitor Villa-Lobos.

Vasary y el alma magiar

En ambos conciertos, también, la Orquesta de Budapest incluyó obras de Beethoven, la Cuarta Sinfonía en el primero y la Séptima en el segundo.

Preciso es aclarar que en ambos casos se trató de interpretaciones perfectamente válidas de Beethoven, aunque habrá opiniones que disientan sobre su grado de beethovenismo. Pero lo cierto es que la Cuarta impresionó desde su mismo comienzo por la pureza y homogeneidad sonora de la orquesta en su traducción, el disciplinado equilibrio, la lógica constructiva y la compenetración sincera con que el director Tamas Vasary encaró la tarea.

La Orquesta Sinfónica de Budapest es un organismo de admirable pulcritud expositiva, cuya calidad sonora y espíritu de entrega van parejos con la presteza para traducir las indicaciones y hasta los mínimos gestos de la batuta. Y en esto, se debe puntualizar que Tamas Vasary es extremadamente minucioso y logra una perfecta integración con sus músicos. Al respecto, puede decirse sin exagerar que tradujo el pulso interior de la sinfonía, sus pausas y silencios, sus contrastes expresivos y la rotunda convicción vital que encierra.

La introducción lenta tuvo la necesaria contención y suspensivo misterio hasta el estallido exultante del fortissimo que despliega el Allegro vivace con pleno humor y ajustado sentido rítmico.

Hubo tierno lirismo en el Adagio y valiosa intervención de las maderas, así como un vivo juego de respuestas instrumentales, y ritmos sincopados, en el Allegro vivace , con significativos acentos. Resultó admirable el grado de articulación y fraseo del movimiento final, encarado con un brío rayano en el éxtasis. Análogamente valiosa fue la traducción de la Séptima en el segundo concierto, precedida por una versión de la obertura de "Don Giovanni" con marcados contrastes dinámicos.

Estas características, precisamente, impregnaron la espléndida versión de las "Danzas de Galanta", que Vasary prefirió colocar estratégicamente al final de la primera parte de su presentación. Zoltan Kodaly tradujo con ellas la esencia del alma genuinamente magiar, con su exotismo y sus aires nostálgicos y su alegría indómita. De todo ello, los músicos de Budapest dieron acabadas muestras después de la lenta introducción de los violoncelos y los estupendos solos instrumentales (especialmente de trompa y clarinete), en temas de soberbio colorido orquestal y peculiar acento lingúístico en la línea melódica. La Danza Húngara Nº 5 de Brahms y un magnífico "Presto" del recordado Ernst von Dohnanyi -fuera de programa- en el primer caso y la Danza Húngara Nº 1 y el último movimiento de la Sinfonía Italiana de Mendelssohn, en el segundo, fueron corolarios muy celebrados.

Homenaje

Finalizado el concierto y acallados los aplausos, se rindió al celebrado chelista un homenaje singular. En la galería del primer piso del teatro, denominada Paseo de los Homenajes, donde varias placas recordatorias llevan los nombres de ilustres artistas, el director general del Colón, Luis Ovsejevich, descubrió la correspondiente a Rostropovich.

Tras las palabras de la presidenta del Mozarteum Argentino, Jeannete Arata de Erize, el maestro ruso agradeció el homenaje.

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