Por la senda de Da Vinci

Un físico que expone en galerías de Nueva York o una bióloga y sus instalaciones multimedia... Como Leonardo pero con recursos del siglo XXI, ya son muchos los que unen el rigor de la ciencia con la libertad del arte
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27 de marzo de 2011  

Puede haber algo más distante que el caos creativo de un taller de artista y la asepsia de un laboratorio? A primera vista, parecería que no. Pero después de dar vueltas a la idea, enseguida semejante abismo podría revelarse falso.

Por cierto, no existía en los tiempos de Da Vinci -fines del siglo XV-, y mucho menos en su admirada obra. De la Mona Lisa a los concienzudos estudios anatómicos realizados a partir de la disección de cadáveres, o de La última cena a la investigación de las leyes del oleaje, el vuelo de los insectos y los planos de una hipotética máquina de volar, todo en su producción habla de una mente absorta tanto en los misterios del mundo físico como en la búsqueda de la belleza más sublime. "Es posible que Leonardo no haya ambicionado ser tenido por un hombre de ciencia -escribe E. H. Gombrich-. Todas sus exploraciones de la naturaleza eran para él, ante todo y principalmente, medios de enriquecer su conocimiento del mundo visible, tal como lo precisaría para su arte".

Lejos de los dorados tiempos del Renacimiento, en pleno y especializado siglo XXI, Thomas G. Mason y Carlos J. Hernandez, científicos de la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), diseñaron y produjeron miles de millones de partículas microscópicas fluorescentes con la forma de las letras del alfabeto. Para ellos, se trataba de un trabajo científico más. Pero el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) consideró que ese proyecto también era arte y, en mayo del años pasado, lo incluyó en la muestra Design and the Elastic Mind (Diseño y la mente elástica). Este tipo de cruces están en la base, por ejemplo, de publicaciones como Leonardo (editada por el MIT Press) o, entre nosotros, en premios como el Mamba-Fundación Telefónica, Artes y nuevas tecnologías, que hace varios años viene destacando la simbiosis entre expresión artística e investigación tecnológica.

Video

Laura Buccellato, directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba), considera que en la actualidad "no hay diferencia entre ciencias duras y ciencias blandas; son mundos que se cruzan. Y los que cuentan con mayores libertades en este ida y vuelta son los artistas".

Por cierto, aunque sin ser legión, más de un profesional formado en el ámbito tecnológico o científico hoy despunta en el circuito del arte contemporáneo, el más propicio (dado su anclaje en el conceptualismo y la experimentación) para este tipo de búsquedas. ¿Emergencia de cierto espíritu renacentista en la era de las redes virtuales? Para Buccellato sería, en realidad, una consecuencia de la contaminación que siempre existe entre las circunstancias de una época y la producción de sus artistas. "Vivimos en una época incierta, inmersos en una naturaleza artificial -indica-. La cita ya no es el bodegón y la manzana. El artista se debe servir de todo aquello que le permita reflexionar, así sea literatura, ciencias biológicas o física."

En estas páginas daremos lugar a las voces de cinco creadores argentinos, todos ellos provenientes del ámbito académico, las ciencias duras y la tecnología, que nos cuentan de qué modo la ciencia y la tecnología pueden nutrir al arte. Y viceversa.

Joaquín Fargas

Ingeniero industrial

Ojalá no tengas que usar nunca las manos para trabajar", le dijo su padre cuando, con sólo 10 años, pidió que le regalaran un equipo de herramientas. Si bien la admonición paterna no pudo impedir que a lo largo de su infancia y adolescencia Joaquín Fargas hiciera tallas en madera, máscaras y todo tipo de experimentos caseros, sí tuvo algo que ver con su ingreso a la carrera de Ingeniería, a principios de la década del 70. "De todos modos, la ingeniería no logró estructurarme -se ríe-. Era un hippie de pelo corto." De hecho, sus primeros minutos de fama los tuvo por aquel entonces, cuando la revista Siete Días lo entrevistó en el puesto de artesanías donde trabajaba en esa época. Estudiante de Ingeniería hace esto, decía el título. En la foto aparecía él, de prolijo pelo corto, rodeado de sus creaciones en metal, madera y cuero.

"Recién hace diez años pude dedicarme de lleno a la vida artística", explica. Un curso de holografía en Nueva York fue el detonante. En la conjunción entre tecnología y expresión plástica Fargas encontró, al fin, su lugar en el mundo.

En 1990 fundó el Centro Científico Tecnológico Interactivo, dedicado a la divulgación, y en abril de 2005 fue reconocido por la Red Pop-Unesco en el rubro Especialista en popularización de la Ciencia y la Tecnología. Desde 2008 es el director artístico del Laboratorio Argentino de Bioarte de la Universidad Maimónides, institución especialmente interesada en el diálogo entre arte y ciencia, que ha venido apoyando varias de las búsquedas de este artista. Entre ellos, uno de sus proyectos más ambiciosos: Bio wear, basado en el desarrollo de un hipotético vestuario generado con recursos de la biotecnología a partir de células epiteliales. Inicialmente Fargas logró vincular en la iniciativa al Centro Metropolitano de Diseño (CMD), al sector de diseño textil del INTI y la UTN. "Yo lo había planteado con una línea artística y otra científica, para que hubiera interacción constante entre ambas. Pero fue muy difícil seguir con las tres instituciones." No obstante, el artista presentó un "vestido tecnológico" en una de las ediciones de Cultura y Media que curó Graciela Taquini en el Centro Cultural San Martín, así como un "vestidor del futuro" en una muestra organizada por el CMD.

Actualmente trabaja en Utopía, una alusión a los esfuerzos por enfrentar el cambio climático. "Se colocará en una sala una masa de hielo a escala real y sobre ella se proyectarán imágenes de la vida silvestre. A medida que el hielo se derrita, los animales y las plantas irán desapareciendo, y el lugar de exhibición se irá inundando". Fargas confía en que se podrá acompañar esta experiencia con la instalación de tres molinos de viento en la Antártida. "Enfriarían la zona del Polo, en una metáfora sobre la lucha quimérica contra el cambio climático -se entusiasma-. Es un proyecto de colaboración internacional con España; la idea es sumar a Sudáfrica. Si es aprobado por la Dirección Nacional del Antártico, viajaríamos tres o cuatro artistas para realizar las instalaciones."

Mariano Sardón

Físico

En 2000, mientras el mundo celebraba el ingreso a un nuevo siglo, Mariano Sardón hacía su propio gran cambio: dejar el mundo de la investigación científica y trazar un camino en el campo del arte. "Trabajaba en un laboratorio de física de plasmas, en la UBA -rememora con entusiasmo-. Era muy interesante lo que hacíamos: profundizar en cosas que ocurren en nanosegundos, con aparatos que podían describir una historia larguísima de eso que está más allá de nuestras capacidades perceptivas. Una aproximación a un misterio muy grande." En paralelo a su carrera académica, Sardón pintaba. Poco a poco, la necesidad de encontrar vías de expresión más abiertas se fue haciendo más fuerte. Talleres con artistas como Fabiana Barreda, una beca en la Internationale Akademie Für Bildende Kunst Salzburg de Austria y el pasaje por el Hypermedia Studio del Theater, Film and TV Department de la UCLA, terminaron de definir su particular cruce del Rubicón. "Necesitaba otra manera de conectarme con el mundo", asegura el creador, entre otras, de la instalación Libros de arena y del proyecto Telefonías. Obras emergentes de una exquisita decantación entre concepto, recursos técnicos y necesidades formales.

Profesor en la carrera de Artes Electrónicas de la Universidad Nacional de Tres de Febrero y coordinador del Programa de Arte Interactivo en el Espacio Fundación Telefónica en la Argentina, Sardón afirma: "Uno de los riesgos más grandes con este tipo de obras es entrar en la retórica del mercado tecnológico, que lo que prime sea la retórica de lo nuevo, las reflexiones de carcasa. A veces ocurre que el arte se convierte en una cuestión de aprender a usar herramientas para producir ciertos efectos, o aprender un programa determinado para luego pensar qué obra se va a hacer. Como si un escritor te dijera que va a aprender Word para luego ver qué obra literaria hacer, en vez de tener un personaje en mente y a partir de ahí decidir con qué tecnología escribir".

En las últimas obras de Sardón se percibe cierto impulso biográfico. En ellas hay un rescate de la lectura matemática, las escrituras científicas, las demostraciones por medio de cálculos, los papers. "Cada tanto vuelvo al laboratorio, a ver los equipos, respirar ese aire -sonríe-. Aunque mi trabajo lo hago desde el arte, necesito algo del espacio mental y la experiencia corporal del laboratorio. La verdad es que agradezco haber pasado por ahí, haber recibido eso que te enseñan en la Universidad: ser metódico, paciente, observador." Tanto le puede su formación que, junto con Mariano Sigman (director del Laboratorio de Neurociencia Integrativa de la UBA), organizó un equipo de artistas y científicos dedicados a estudiar diversos aspectos de la interactividad para aplicarlos en instalaciones y performances. "En el momento en que trabajamos no sabemos bien quién proviene de la ciencia y quién del arte", confiesa entre risas. "Es que desde el arte se puede pensar el borde de las cosas, la razón de ser de lo que uno está haciendo -concluye-. Para los científicos, se puede convertir en un espacio de saber." Actualmente, expone en la Fundación Telefónica de Chile una versión de Telefonías y prepara, para abril, una muestra en el Museo de Imagen y Sonido de San Pablo, Brasil.

APORTES DESDE OTRAS DOS RAMAS DEL SABER

Fabiana Barreda

Psicóloga

Por su parte, Fabiana Barreda, en cuyos talleres encontraron impulso muchos de los artistas que hoy trabajan en el diálogo entre arte, ciencia y tecnología, reflexiona: "El arte incluye al sujeto cuando la ciencia, en general, ha intentado excluirlo. Sólo lo incluyen los nuevos paradigmas, que incorporan el concepto de azar".

A poco de terminar sus estudios en la Facultad de Psicología, Barreda decidió que lo suyo no era la clínica y se dedicó de lleno al arte contemporáneo, tanto desde la creación como desde la curaduría y la docencia. Atraída por las ciencias conjeturales, en su obra busca establecer nexos entre los recursos tecnológicos y la preocupación por lo formal. "Siempre me interesó el arte conceptual, por lo que nunca viví una oposición entre una cosa y la otra. Además, en el momento de la intuición somos lo mismo, artistas y científicos", asegura Fabiana, en cuyo discurso se escuchan los ecos de años de formación en el posestructuralismo francés, de la mano de docentes como Edgardo Chibán, Germán García y Tomás Abraham. "En mi obra, hago una teoría de la subjetividad como una manifestación ética, estética y social", concluye.

Gabriela Yeregui

Licenciada en Letras

No soy ingeniera, y no me iba a poner a estudiar Ingeniería", se ríe Gabriela Yeregui, que sí licenciada en Letras, estudió cine en la Escuela del Instituto Nacional de Cinematografía, realizó una maestría en Literatura en la Université Nationale de Côte d’Ivoire y en 2005 ganó el Primer Premio Mamba-Fundación Telefónica 2005 con Proxemia, probablemente la primera obra de arte robótica realizada en nuestro país. En plena elaboración de esta instalación (donde aplicó también conceptos provenientes de la teoría antropológica), mientras buscaba a alguien que, además de entender de ingeniería y sistemas, pudiera comprender los criterios ligados a lo artístico, Gabriela encontró a Miguel Grassi, que la ayudó a hacer realidad el proyecto. "Usar tecnologías robóticas en arte no implica simplemente que uno domine tal o cual material, tenga tales o cuales destrezas tecnológicas, sino que implica una mirada mucho más vasta sobre la inteligencia artificial", comenta Yeregui, que además hoy dirige la maestría en Tecnología y Estética de las Artes Electrónicas que se dicta en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (Untref). "En la maestría no queremos formar artistas usuarios de tecnología, sino promover una mirada transdisciplinaria, un lugar de cruce entre arte y ciencia", explica antes de definir su propio lugar en esta apuesta. "Somos artistas que trabajan con paradigmas científicos. Desde el campo artístico implica una reconversión, estudiar mucho y tener cierta metodología de trabajo. Los procesos suelen ser muy largos y se rompe con esa idea de un automatismo o una inmediatez en la creación, esa mirada romántica del artista divorciado del campo científico, con musas que vienen de no sé dónde y ese tipo de cosas", dice.

Patricia Saragüeta

Doctora en Química Biológica

En el laboratorio, en el marco de una investigación dependiente del Conicet, Patricia trabaja con cultivos celulares, estudia la acción de ciertas hormonas en los tejidos reproductivos femeninos. Sabe de la sistematicidad del trabajo científico, del rigor de las demostraciones, de la cuidadosa elaboración de papers. Pero su nombre, que figura al pie de artículos publicados en la prestigiosa revista Cell y encabezando severos informes con los resultados de sus experimentaciones, también apareció recientemente en la placa que acompañaba una pieza de videoarte exhibida en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona.

"Lo hice con material de registro de células de embriones transgénicos obtenidos en un laboratorio de Barcelona con el que tengo colaboración científica -cuenta-. Tomé el material y me quedé con la impronta perceptiva, con lo que me tocaba afectiva e intelectualmente. Las partes que me emocionaron o me parecían bellas. Armé un video que no tiene nada que ver con la divulgación científica."

Asegura que, desde su infancia en Trenque Lauquen, develar los misterios de lo orgánico la apasionó tanto siempre como indagar en posibilidades más poéticas de expresión. Hace unos tres años, tras realizar un workshop con Joan Jonas (artista neoyorquina nacida en 1936, pionera del arte de la performance y el video), tomó la decisión de darle al campo de lo artístico mayor presencia en su vida.

"Está el amateurismo con relación al arte... Porque amateurismo científico no podés tener. En ciencias duras, no. Hay muchos científicos que practican algún tipo de actividad dentro del arte. Pero que uno se la juegue en ambos ámbitos es muy difícil; son actividades que requieren mucha entrega, En un mundo tan competitivo como el de hoy hay que estar a un nivel de producción muy exigido."

Actualmente trabaja, junto con la artista inglesa Hannah Collins, en una instalación de bio tech (incluirá células vivas provenientes del laboratorio). El proyecto artístico se originó en un emprendimiento científico. Saragüeta colabora con la Fundación Bioandina y el Zoológico de Buenos Aires, que están desarrollando un banco de material genético con muestras del jaguar y otras especies en extinción que permitiría, a futuro, recuperar animales desaparecidos y preservar la biodiversidad. De allí surge el concepto eje de la instalación, que aludirá a cuestiones ligadas con la memoria (humana y natural), los saberes ancestrales y la pregunta sobre los rastros que dejan las formas culturales y biológicas que ya no están. Asimismo, junto con el artista Martín Bonadeo, trabaja en una instalación por emplazarse en abril en la biblioteca del Instituto de Biología Experimental, sobre la vida y obra de Bernardo Houssay.

"En el laboratorio hago ciencia aplicando las normas que la comunidad científica me pide que aplique -concluye-. La ciencia me apasiona, no quiero dejarla. Tampoco el arte que, para mí, es otra forma de conocer."

EL ARTE COMO UNA DE LAS BELLAS CIENCIAS

Por Diego Golombek

Perros y gatos, Boca y River, hemisferio derecho y hemisferio izquierdo... arte y ciencia. Al menos así las aprendemos y construimos, como dos polos opuestos de la creatividad humana. Sin embargo, tienen más en común que lo que puede nuestra filosofía -son dos maneras complementarias de mirar, entender y fascinarse por el mundo. Es que más que un sustantivo la ciencia debería ser un verbo que conjugara las acciones de mirar, experimentar, hacer preguntas, maravillarse, querer conocer más y más-o sea, una parte indisoluble de la cultura. Sí, sí: de la cultura, tanto como la literatura, el teatro, el fútbol o la belleza.

Viajando desde el Soemnium de Kepler hasta las mariposas de Nabokov, desde los conejos bioverdes de Eduardo Kac hasta el Quanta de Gilberto Gil ("a arte é irmã da ciencia") encontraremos la misma transpiración, las mismas obsesiones e imaginaciones, las mismas miradas perdidas de quienes saben que pueden y deben cambiar el mundo.

Ya se sabe: si levantamos una baldosa en Exactas seguramente aparece un poeta. Y de la unión entre la ciencia y el arte, como de la pluma y la pólvora, puede brotar la rosa más pura. El arte es, en el fondo, ciencia aplicada.

El autor es doctor en Ciencias Biológicas, docente e investigador del Conicet

NO TAN NUEVOS

"No es una moda -asegura, enfática, Laura Buccellato-. El diálogo con la ciencia y la tecnología tiene una larga tradición en el arte contemporáneo."

Tanto las vanguardias (años 20 y 60), con su prédica sobre la unión del arte y la vida, como el conceptualismo, con su renuncia al objeto de arte tradicional y su énfasis en la idea, la acción o la interpretación de sistemas de signos, fueron el marco en el que se desarrollaron muchas de estas obras. Entre nosotros, experiencias como las de Luis Fernando Benedit o Víctor Grippo en los años 70 se inscriben en esa línea, así como las de Ernesto Ballesteros o, más atrás, las indagaciones que el arte concreto impulsó en las décadas del 40 y 50, y las fabulosas Ciudades hidroespaciales de Kosice.

EN INTERNET

www.marianosardon.com.ar

www.joaquinfargas.com.ar

www.ibyme.org.ar

www.fabianabarreda.com

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