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Los valores culturales, clave del progreso

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26 de abril de 1999  

BOSTON.- Es la cultura y sus valores, más que la política, lo que determina el progreso de las naciones y del ser humano en general.

Esta frase, lanzada como desafío por el politicólogo Samuel Huntington, director de la Academia de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard, fue y volvió como idea motriz durante tres días de un notable simposio entre una treintena de primeras figuras mundiales de la ciencia política, la economía, la historia y la antropología, con el fin de encontrar no sólo diagnósticos sobre situaciones sino hasta un esbozo de la posible acción cultural para fomentar el desarrollo en cualquier país del planeta.

Y aunque nunca puede haber conclusiones unánimes, predominó un criterio básico que dará que hablar por largo tiempo, alimentará nuevos trabajos y muchas discusiones y ejercerá, en el largo plazo, esa influencia indefinible que desparrama, muy lejos, la sólida actividad intelectual.

Como en las ondas de una piedra arrojada a un lago, la definición principal lanzada desde el recinto de la Academia de Artes y Ciencias de Harvard cruzará fronteras sin controles, sintetizada en cuatro conceptos directamente relacionados entre sí:

1) Hay valores básicos (honestidad, justicia, libertad, progreso, equidad) que todas las sociedades reclaman cada vez con mayor urgencia.

2) Esos valores no son respetados por igual en todo el mundo.

3) El puente que permite cruzar desde los valores compartidos a los valores efectivamente respetados se llama Estado de Derecho, instituciones eficaces, un sistema legal que favorezca el desarrollo y que controle a la vez el desvío siempre latente de la corrupción.

4) En una compleja interacción de ida y vuelta, para construir ese puente hace falta apoyarse en una firme defensa de los valores básicos, tanto por parte de las dirigencias jerárquicas como del conjunto de la sociedad. Sin esos apoyos, todo el edificio tambalea.

Para lograr progresos en ese camino, se concluyó ayer en la jornada final, conviene distinguir entre los valores básicos, intangibles (honestidad, libertad, etc.), y los valores instrumentales (organización, educación, ética del trabajo) que permiten acelerar la marcha hacia el objetivo del progreso.

Excepcional debate

Sobre ese complejo camino de ida y vuelta se debatió durante tres días en esta ciudad más verde y atractiva que nunca por sus primeros soles primaverales.

Allí estuvieron, desde el viernes hasta ayer al mediodía, nombres tan reputados como el propio Huntington, sus colegas de ciencia política Seymour Lipset, Ron Ingleheart, Lucian Pye o Francis Fukuyama; los economistas Jeffrey Sachs, Michael Porter y Dwight Perkins; el historiador David Landes; los antropólogos Robert Edgerton y Richard Shweder; por América latina, Mariano Grondona (que acaba de publicar un libro precisamente sobre la relación entre valores y desarrollo) y el escritor cubano en el exilio Carlos Alberto Montaner; Lawrence Harrison, conductor de las jornadas, y un grupo de jóvenes académicos cuyos trabajos de investigación constituyen en gran medida el corazón de la vanguardia en esta universidad que ocupa un lugar de privilegio en el mundo.

Es fácil sostener que los activos culturales juegan en favor del progreso de cada ser humano. Pero puede ser mucho más polémico trasladar esa afirmación al campo más extendido de una nación o una región, como en el caso de América latina. Las objeciones, particularmente expuestas en este simposio por los antropólogos, pueden abrir el campo a un debate interminable. Si una nación es más desarrollada que otra, ¿ hay que concluir automáticamente que su cultura o sus valores son superiores?

Esa tentación dio lugar a un prolongado cruce de opiniones entre antropólogos y economistas, que quedó zanjado con una explicación sobre los fenómenos migratorios en masa. "Cuando millones de africanos emigran a Europa o cuando 10 millones de mexicanos han elegido vivir en los Estados Unidos, esa opción sirve para entender que unas sociedades atraen más que otras porque tienen un grado superior de desarrollo para la propia percepción de esas personas que emigran", acotó uno de los sociólogos presentes.

Así, el propio Huntington -autor del célebre libro "El choque de civilizaciones"- sostuvo que hay un renacimiento del estudio de las causas culturales del avance humano y que surgen nuevos indicios de que no sólo la cultura juega en favor del progreso, sino que, con una acertada acción social, se puede acelerar el avance sin producir experiencias dramáticas.

Ron Ingleheart, profesor de la Universidad de Michigan y autor del reciente libro "Modernización y posmodernización: cambios culturales, políticos y económicos en 43 sociedades", ejemplificó la relación entre valores culturales y progreso social con el siguiente ejemplo: "Nada demuestra mejor la importancia de los valores que la relación entre cultura y democracia, una creación humana que se apoya en los valores esenciales compartidos".

A su turno, Seymour Lipset habló sobre la corrupción como desvío de la primacía de valores clave, y Francis Fukuyama se extendió sobre la presencia o ausencia de valores para definir a una sociedad desarrollada con una definición de base: "Lo que separa a una sociedad desarrollada de las otras es la vigencia de un Estado de Derecho ( rule of law , en inglés) y un sistema de instituciones legales que aseguran que esos derechos sean reales para cada individuo. Cuando en el sur de Italia se desarrolló la mafia, lo que esas familias hacían -o hacen aún- era otorgar a los protegidos ciertas garantías que el Estado de Derecho nominal no podía hacer cumplir".

Consultado luego sobre si la crisis reciente de los países asiáticos se debía a la aparición de un grado de corrupción asociado al enorme crecimiento de las últimas décadas, Fukuyama observó que "hubo una brecha entre el conjunto de las sociedades orientales, que siguen siendo básicamente respetuosas de los valores de la honestidad y la educación, y sectores de la elite gobernante, donde hubo una fuerte corrupción. Esa brecha se produjo por la falta de un adecuado sistema institucional legal que sirviera de barrera efectiva contra la corrupción".

El economista Jeffrey Sachs sacudió al auditorio con una inmensa proyección que mostraba el mapa del mundo coloreado según sus zonas fértiles y templadas (pintadas de verde) o tropicales, desérticas y polares . "Sea en Europa, gran parte de los Estados Unidos y Canadá, las llanuras de SanPablo a Buenos Aires y la pampa argentina, Nueva Zelanda, y las costas de Australia y Sudáfrica, lo que se constata es que sólo en los climas húmedos y templados se concentran las zonas ricas y desarrolladas del mundo", lanzó Sachs, siempre dispuesto a polemizar. Adhirió de ese modo a quienes tienden a explicar la historia como un reflejo de la geografía. Pero agregó, de inmediato, que eran los valores los que permiten que ciertas naciones puedan sortear mejor los obstáculos del crecimiento.

Su colega de Harvard, Michael Porter, sostuvo que suelen ser las economías chicas y con pocos recursos las que están mejor preparadas para enfrentar la competencia y el desarrollo, lo que ejemplificó con el avance reciente de los países asiáticos de escasos recursos y con el caso de Chile, en América latina.

Mariano Grondona, por su parte, se explayó sobre la función de los valores esenciales en el crecimiento de las naciones más avanzadas y señaló que lo propio de las democracias más evolucionadas es "admitir que hasta la escala de valores es algo sujeto a cambios, porque el verdadero desarrollo es un proceso de aprendizaje permanente".

Progresos en América latina

Hubo consenso generalizado entre los distintos expositores en que América latina ha registrado extraordinarios cambios favorables desde el retorno de la democracia.

El escritor cubano Carlos Montaner sostuvo que "antes se acusaba al imperialismo yanqui de todas las culpas en América latina; hoy se analiza con mayor racionalidad el peso de los valores negativos en la propia historia latinoamericana".

Una brillante exposición de Michael Fairbanks, titular de la compañía Monitor, fundada por Michael Porter, mostró que cuando antes se buscaban sucesivos chivos expiatorios en América latina, ahora se apunta mucho mejor a los verdaderos problemas. Fairbanks, académico de la Universidad de Stanford y autor del libro "Arando en el mar" (con Stace Lindsay), ha desarrollado un impresionante modelo explicativo de las causas del desarrollo y del subdesarrollo, y su vinculación con los valores esenciales.

Hace un año, la fama de ese trabajo le valió una invitación totalmente inesperada: Fidel Castro y su gabinete completo le pidieron que mostrara su esquema de análisis en La Habana. Fairbanks se fue con su computadora laptop a Cuba y lo expuso tal como lo hizo ayer aquí, en Harvard. No sabe si Castro aplicará alguna vez esos criterios, "pero lo cierto es que tanto él como Roberto Robaina, el canciller, vieron y preguntaron todo y estaban extraordinariamente interesados".

Una joven académica de Harvard, Mala Htun (ella misma un símbolo multicultural, ya que es norteamericana, de padre birmano y está dedicada a estudiar la vida política norteamericana), afirmó la evidencia de los grandes cambios sucedidos en América latina con un estudio que muestra el aumento de la participación de las mujeres en la política y en la vida laboral (con la Argentina a la cabeza en ambos rubros), lo que se tradujo en un avance del realismo y la tolerancia en toda la región pese a la subsistencia de graves problemas sociales.

¿Pueden ser las mujeres, acaso, mejores transmisoras de los valores esenciales de una sociedad? Aunque ese interrogante no fue evaluado directamente en el sentido de explicar las causas del desarrollo -acaso un próximo gran debate aquí-, hubo también consenso en un panel de expositoras sobre la importancia de la tarea femenina en la defensa de los derechos humanos, favorecer la educación o mantener las singularidades culturales de cada sociedad.

Al cabo de los tres días, nadie presentó, naturalmente, una receta propia para el desarrollo. Otro de los cambios importantes de estos tiempos es que se trata de conocer y diagnosticar más que de aconsejar.

Una buena medida del desarrollo puede ser, justamente, advertir qué países o regiones son capaces de utilizar provechosamente ese prodigioso bagaje de conocimiento disponible.

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