Suscriptor digital

El bardo en la vidriera

Por Pablo Ingberg (para La Nación )
(0)
27 de abril de 1999  

Decir que Shakespeare se puso de moda sería tal vez una falta de respeto, pero sería sobre todo, en buena medida, una falta a la verdad. Las representaciones y ediciones de sus obras nunca cesan, el cine se ha ocupado de ellas siempre, y hasta lo han hecho la ópera y el ballet, según puede comprobarse en Buenos Aires en estos días.

Sin embargo, es indudable que la película que en la Argentina se presenta con el título de Shakespeare apasionado , con su protagonismo en la fiesta de los premios Oscar, ha traído como consecuencia que al poeta y dramaturgo inglés (o más bien habría que decir poeta dramaturgo) se le estén otorgando ciertos espacios más allá de lo acostumbrado. Como, por ejemplo, los lugares de exhibición más visibles de algunas librerías.

¿Qué fue de Jane Austen?

Es frecuente que una película haga brotar uno que otro libro en los catálogos de las editoriales y en los estantes y las vidrieras de las librerías. Por citar un caso no demasiado lejano, algo así sucedió con Jane Austen cuando se puso en cartel una película basada en una novela de ella cuyo título se tradujo aquí como Sensatez y sentimientos .

De pronto, varios libros de esa extraordinaria novelista inglesa de principios del siglo XIX, incluyendo alguna nueva traducción, comenzaron a tener lugar destacado en las librerías y hasta cierto espacio de publicidad. Y si las librerías conceden ese lugar a uno o más libros y las editoriales invierten en su publicidad, es de suponer que los venden, o al menos que la experiencia anterior en casos similares las inclina a tener buenas expectativas de venta.

Con todo, lo más frecuente es que ese espacio ganado sea relativamente efímero. ¿Quién se acuerda hoy de Jane Austen, además de los que ya la conocían de antes (que, por lo demás, no eran tan pocos)? Probablemente, no muchos más.

Por eso mismo, el caso de Shakespeare es distinto. Y el cambio que pueda producirse a su respecto, por efímero que resulte, difícilmente sea demasiado importante. Aun así, no deja de parecer casi tan sorprendente como maravilloso ver sus obras en las vidrieras de algunas librerías. Y que hasta se deslice junto a ellas una pieza de Christopher Marlowe, en su caso posiblemente por primera vez en la historia. Lo interesante, además, es que no se trata de nuevas ediciones hechas para la ocasión, puesto que ya venían siendo publicadas desde hace unos años.

Efectos colaterales

Los prospectos de los medicamentos no suelen incluir efectos colaterales y secundarios positivos. Si Shakespeare apasionado fuera un medicamento (alguien podría acotar que siempre y cuando se contemplen los dos sentidos de la antigua palabra griega phármakon : "remedio" y "veneno"), quizá podría atribuírsele por lo menos un efecto colateral positivo: el de despertar un interés adicional por la lectura de Shakespeare, incluso en gente no habituada a tenerlo en cuenta a la hora de pensar en un libro para leer.

Cualquier intento de explicar las causas profundas de este tipo de fenómenos ciertamente dejará más tinta en el tintero que en el papel. Pero un punto que no debería ser soslayado, en un intento de ese tipo, es el hecho de que Shakespeare apasionado no es la versión cinematográfica de una obra de Shakespeare, algo de por sí bastante frecuente y que no produce el mismo resultado, sino una fantasía inspirada en un par de ellas y en algunos datos más o menos reales sobre su persona. Esto es, se ha despertado un interés por el personaje-autor y luego, como consecuencia, por su obra.

De cualquier forma, sean cuales fueren las causas concretas, el efecto produce alegría. Porque, después de todo, aunque nunca se supo demasiado sobre la vida privada de Shakespeare, lo que él escribió lleva varios siglos de permanencia en las librerías.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?