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El aire del río

Los momentos claves de la historia argentina, según Gorostiza
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10 de abril de 2011  

Autor :Carlos Gorostiza l Dirección : Manuel Ledvabni l Elenco: Pompeyo Audivert, Ingrid Pelicori y Alejandro Awada l Escenografía: Hector Calmet l Iluminación: Hector Calmet y Miguel Morales l Musica original: Federico Mizrahi l Vestuario: Anibal Duarte l Sala: Teatro San Martin l Duración: 90 minutos

Nuestra opinión: muy buena

Es extraño que con una trayectoria tan extensa, una sensibilidad muy afín respecto al tipo de teatro que prefieren y conociéndose hace muchos años, Carlos Gorostiza, como autor, y Manuel Iedvabni, como director, no hayan coincidido antes en escena, salvo en una experiencia en la década del sesenta en que el segundo fue asistente de dirección del primero en el IFT. Pero, como dice el refrán, nunca es tarde cuando la dicha es buena. Y la puesta de El aire del río muestra a ambos en el dominio pleno de sus medios artísticos y en una asociación que es muy gratificante.

La obra, que Iedvabni define como comedia dramática, cuenta las alternativas que sufre una relación amorosa de dos hombres y una mujer en tres momentos claves de la historia argentina: 1800, 1900 y 2000. Los personajes, que cambian su lenguaje en cada una de las escalas en que se detiene el tiempo, se vinculan a través de una misma anécdota, desarrollada y completada a medida que la peripecia avanza. La apuesta es riesgosa, porque la expansión del núcleo argumental tiende a estirarse demasiado. Pero la sabiduría de Gorostiza le permite salir airoso del desafío.

En principio, porque realiza un trabajo de orfebre sobre los modismos y las formas del lenguaje de cada época, creando un material fonético de extraordinaria riqueza para los actores. Luego, porque la pieza aporta excelente miga filosófica para reflexionar sobre la conducta de los personajes, describe cómo los avatares históricos y sociales de un país -y acá pone como referencia tres instantes clave de nuestro pasado- inciden de un modo intenso sobre las elecciones personales, pero también, cómo dentro de esas elecciones, el hombre es responsable de lo que hace, puede optar libremente entre distintos caminos. Y aquí lo que prima es el deseo individual.

La versión tiene una virtud sobresaliente: es un verdadero festival de la actuación. Pompeyo Audivert, Ingrid Pelicori y Alejandro Awada están magníficos en el dibujo de cada una de sus criaturas, tres por cabeza. El primero añade a su composición el plus de su prodigiosa máscara, capaz de potenciar al máximo, con la expresividad de sus gestos, la riqueza de cada situación. Los dos últimos, salvo tal vez en la situación inicial, donde se engolosinan un poco con su chispeante y simpática caracterización de criollos andaluces, se muestran impecables en el resto de su trabajo.

Iedvabni ha garantizado que la puesta discurra con mucha limpieza y con la mejor dinámica posible dentro de lo que permite el texto. Ha cuidado también los contrastes, para marcar el amplio marco que va de la comicidad al drama. El final, después que todas las cartas se han puesto sobre la mesa, es de suprema tersura y nostalgia. Pero, más allá de estos méritos como realizador, su mayor sagacidad consistió en descubrir los resultados que podían lograrse en escena si se estimulaba en profundidad la creatividad de sus actores. En ese aspecto, su cometido fue cumplido con creces, como lo demuestra la calidad polifónica de la experiencia.

La escenografía de Calmet se ajusta con profesionalidad a las necesidades de la obra, que es la de mostrar un ámbito único que sirva para las tres épocas. Lo resuelve con tres paredes, una con una ventana colonial que da al exterior y otras dos con salidas al interior de la casa y a la puerta de calle. Los efectos musicales y diseños sonoros están muy bien resueltos.

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