La evaluación educativa

Enrique Valiente Noailles
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17 de abril de 2011  

Uno de los problemas de la nociva polarización que vive el país hoy es que crea un silencioso imperativo categórico de estar inmediatamente a favor o en contra de cualquier política o propuesta que sale a la luz, según venga ella del oficialismo o de la oposición. Cosa que, por definición, anula el pensamiento y la reflexión equilibrada. En este caso, se ha desatado una polémica a partir de la propuesta del ministro de Educación, Alberto Sileoni, de contextualizar las evaluaciones de calidad de la educación según el marco socioeconómico de la escuela. El ministro -así como lo hicieron otros ministros provinciales y especialistas en forma reiterada- señaló que es necesario contextualizar los resultados de las evaluaciones de medición de la calidad educativa. ¿Por qué contextualizar? Porque permite comprender más a fondo los datos y la significación de las evaluaciones, herramientas que serán finalmente tomadas, a su vez, como base para el diseño de futuras políticas.

Sobre esta cuestión dijo Juan José Llach: "Los estudios serios a nivel mundial tienen en cuenta el factor socioeconómico del alumno, sin dejar de prestarle atención al nivel académico. Las dos cosas son imprescindibles". Por su parte, Axel Rivas, de Cippec, señaló: "Esto no quiere decir que se tomen distintas evaluaciones estandarizadas según el nivel social de los alumnos, cosa que nadie dijo, y que sería una aberración pedagógica. Lo que implica es hacer estudios que permitan saber cuánto de los resultados responde a dimensiones educativas y extraeducativas". Contextualizar permite señalar qué escuelas y provincias logran mejores aprendizajes más allá del entorno social. En este sentido, por ejemplo, la provincia de Salta tiene los mejores resultados educativos si se eliminan los factores externos al sistema. Así, para aislar el logro específico de una escuela, hay que evaluar el contexto socioeconómico en que se desenvuelve.

Yendo al aspecto micro de la educación, también la evaluación que un docente hace de su alumno debería trascender -en los términos anteriores, contextualizar- la nota pura. Una evaluación significativa no puede carecer de juzgar a una cosa respecto de sí y respecto de sus potencialidades, y no sólo respecto de una vara exterior, aunque esta última no deje de ser importante. Así, tal vez, la evaluación que debe complementar el conocimiento objetivo de un alumno es la magnitud de esfuerzo que realiza frente a sus propias posibilidades. A la hora de fijar logros, ¿es lo mismo un chico que se esfuerza a fondo y que obtiene resultados que un chico cuya inteligencia le permite obtener los mismos resultados, pero sin esforzarse? Evaluar a un chico respecto de sus posibilidades permite no penalizar en exceso a quien no puede, y no premiar en exceso a quien puede más que lo que hace. En todo caso, si la evaluación es una parte clave de la educación, lo es porque permite comprender cómo y en qué ayudar a los alumnos, lo más relevante quizá de un proceso de enseñanza y aprendizaje.

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