Osvaldo Miranda: un toque de distinción en todos los escenarios

Marcelo Stiletano
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21 de abril de 2011  

A lo largo de una extraordinaria vida que se apagó definitivamente en la mañana de ayer, a los 95 años, Osvaldo Miranda disfrutó hasta el final del reconocimiento unánime del público, del respeto de la crítica y de la admiración de sus pares.

Pero fue su condición de indiscutido y admirado maestro de la comedia el valor que concentra y resume los admirables logros de una trayectoria impar. En ese sentido, supo llegar a la cumbre en el terreno más complicado para cualquier actor con una mezcla de atributos que sólo se le concede a un puñado de elegidos: la simpatía natural que gana sin esfuerzos la complicidad del público, el gesto fino que sabe mezclarse con algún guiño de sana picardía, una envidiable elegancia hecha de palabras, silencios y geniales mímicas. Sabía prolongar en el trato cotidiano ese inalterable toque de distinción, siempre enriquecido con nuevos matices sabiamente adaptados a cada nueva etapa de su vida.

Nació el 3 de noviembre de 1915, como Osvaldo Isaías Mathon Miranda, en Villa Crespo, barrio por entonces de características casi suburbanas con el que quedó definitivamente identificado sobre todo a partir de su fanatismo futbolístico con Atlanta. Sin embargo, llegó a celebrar, en 2004, la reapertura del Teatro 25 de Mayo hablando en nombre de sus vecinos de Villa Urquiza, donde vivió más de 20 años.

Más allá de estas asociaciones, Miranda quedará en la historia como un emblema de la porteñidad, seguramente por el modo en que supo encarnar en su plenitud la clásica imagen del dandy que se movía a sus anchas en salones elegantes y también en patios de tango. Por eso resultó natural que su carrera cinematográfica se iniciara con un breve papel en la primera versión de Los muchachos de antes no usaban gomina, de 1937. La remake de los años 60 que dirigió Enrique Carreras llevó a la plenitud ese papel y, de algún modo, también cerró una gran trayectoria en la pantalla grande jalonada con títulos como Un señor mucamo (dirigida por Enrique Santos Discépolo, uno de sus más entrañables amigos), El más infeliz del pueblo, Cándida millonaria , Yo conocí a esa mujer, El viejo Hucha , Secuestro sensacional , Las pirañas, Convención de vagabundos y Reportaje en el infierno . En algunos de ellos también supo lucir una veta dramática también muy elogiada.

Pudo hacer carrera en Hollywood, donde llegó en 1950 junto a Fernando Lamas y Roberto Airaldi para terminar el rodaje de The Avengers , iniciado en la Argentina. Lamas nunca volvió. Miranda sí. "No podía quedarme. Tenía toda mi familia en la Argentina."

La vocación artística le nació muy temprano. En un hogar humilde, a los 7 años, Miranda sintió por primera vez las ganas de ser actor al recitar en la escuela un poema gauchesco. Llegó al teatro por primera vez en 1936, integrando el elenco de Rascacielos y La canción de los barrios, de Canaro y Pelay, casi como cierre de una carrera fugaz como cantor de tangos, alentada por su bien timbrada voz.

Desde allí, el teatro fue para Miranda una fuente permanente de lucimiento, desde las incursiones dramáticas de los primeros tiempos hasta sus últimas apariciones en clave de autohomenaje (la última fue Inolvidable , en Mar del Plata, en la inauguración de la sala Corrientes). Paralelamente, su popularidad se afirmó gracias a la TV, donde debutó en 1952, al frente de Tropicana Club y, en la década siguiente, conquistó un éxito descomunal gracias a La nena, una de las mejores comedias de la historia de la pantalla chica local. Allí, junto a Marilina Ross y Joe Rígoli, su personaje de padre severo y comprensivo dejó algunas frases memorables como "¡Qué carita!" (que acompañaba con una palmada suave en la mejilla) y "Así no hay corazón que aguante... Es la nena, ¿Qué querés que le haga", con la que cerraba cada emisión.

La otra gran aparición televisiva de Miranda fue la de Mi cuñado y yo , donde se sacaba chispas con otro brillante actor, Ernesto Bianco, cuyo prematuro fallecimiento, en 1977, cerró un ciclo recreado más tarde con igual vuelo por Luis Brandoni y Ricardo Darín. Fue justamente Brandoni quien describió mejor que nadie el talento de Miranda para la comedia: "Tiene un estilo que crea cierto distanciamiento entre él y el personaje, una manera de replicar que origina una impresionante complicidad con el público".

A la hora del autorretrato, Miranda prefería la sencillez: "El éxito es trabajar para no creérsela". Y como prefería encarar la despedida de cada ciclo antes del inevitable desgaste ("Que la gente diga «¡qué lastima que terminó!» en vez de «¡Por fin se acabó!»") también optó de a poco por alejarse de la actividad y consagrarse a la Asociación Argentina de Actores, de la que fue activo y fervoroso titular.

Tras recibir innumerables reconocimientos, algunos insospechados (como el grupo pop que adoptó en su homenaje el nombre de Miranda!) y dar el último adiós a todas las grandes figuras de su tiempo con una frase antológica ("Se fue de gira") eligió despedirse en silencio, casi aislado del exterior. No habrá velatorio y sus restos serán cremados mañana, a las 11.15, tras el rezo de un responso, en el Panteón de Actores de la Chacarita.

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