Suscriptor digital

Fieras, risas y un deslumbrante ballet

Espectáculo coreográfico: "La fierecilla domada", música de Kurt-Heinz Stolze sobre temas de Scarlatti, coreografía de John Cranko. ConMaximiliano Guerra y Natalia Barrios, solistas y cuerpo de baile del Ballet del Teatro Municipal de Santiago, Chile.Escenografía y vestuario:Elizabeth Dalton. Director del Balletde Santiago:Ivan Nagy. Luna Park. Nuestra opinión: Excelente
(0)
2 de mayo de 1999  

Hasta hoy, el público podrá disfrutar de una de las máximas obras debidas al fallecido, prematuramente (apenas tenía 34 años) John Cranko, el gran coreógrafo británico que, a través del Ballet de Stuttgart y de las figuras de ese elenco, dejó mucho de lo mejor del acervo del ballet mundial. Con Frederick Ashton y Kenneth MacMillan, Cranko conforma la trilogía estelar de creadores ingleses que glorificaron la danza de su país. Si bien los primeros realizaron casi toda su trayectoria en el Royal Ballet de Londres, el último, también emergente de ese plantel, prefirió el desafío de radicarse en Alemania.

Allí formó el Ballet de Stuttgart, compañía a su medida, gusto y estilo. Sus bailarines,Marcia Haydée, Richard Cragun, Brigit Keil, Egon Madsen, Vladimir Klos, entre otros, tradujeron su sello en singular mancomunación, en una auténtica inspiración mutua.

En los doce años que Cranko estuvo al frente de ese elenco produjo un extraordinario repertorio desarrollado por supremas figuras y por ésta, una de las más vibrantes compañías universales.

Trajinó todos los caminos, más aunque el drama y los ballets de importante argumento son claves de su repertorio, como "Eugenio Onegin" y "Romeo y Julieta", Cranko fue uno de los pocos que se atrevió a incorporar el humor en ballet. Así surgió su magnífica "La fierecilla domada" (estrenada por Haydée y Cragun) que se basa en la obra de Shakespeare, que, a su vez, la tomó de uno de los cuentos del español infante Don Juan Manuel.

A los bailarines clásicos, lo reidero también les resulta un tour de force , acostumbrados a papeles principescos, trágicos o líricos. Aquí deben desplegar otra gama de su expresión, el histrionismo en sus más fuertes y profundos matices. No muchos pueden explayar los pintorescos caracteres de los que habla la alocada historia. Hecha originalmente para teatro, la obra fue también convertida en comedia musical ("Kiss me Kate") y en film. En ballet, Cranko plasmó una obra magnífica, que trasluce la esencia del argumento y da el exacto perfil a los personajes.

Los intérpretes deben exponer temperamento y adherirse a los papeles con facetas diferentes de las que comúnmente muestran en escena. Maximiliano Guerra, que encarna a Petrucchio, hace un prototipo del hombre que se anima a casarse con la díscola, caprichosa, malcriada y maleducada Caterina.

Por dinero, aunque es persona a la que no le faltan recursos, decide aceptar lo que otros, atemorizados, rehúsan. Lo suyo es como un juego, una apuesta en la que saldrá ganando porque, finalmente, la mujer le entregará su corazón después de innumerables humillaciones, peleas y discusiones en las que ninguno deja un palmo para la conciliación.

El asunto es que para que la suavecita y bella Bianca, hija menor del acaudalado Battista, primero debe contraer matrimonio esta suerte de fiera femenina, a la cual ningún pretendiente se aproxima.

Tempestuosa lucha

Los tres enamorados de Bianca (el ridículoGremio, el poético Lucencio y el presumido Hortensio) encuentran en el alcoholizado Petrucchio, al que dos mujeres de vida alegre le roban hasta la camisa, al tonto que les abrirá paso a sus anhelos. Lo que menos imaginan es que éste nada tiene de pavote y que, con muy buena estrategia, domará a la tempestuosa en una lucha de igual a igual.

Ya casados, nada le concederá, y lo menos que sufre el alto orgullo de Caterina es hambre, indiferencia y frío. De antología son las escena de pugilato entre ambos, dúos que Cranko resolvió acoplando gestos descontrolados, pies contraídos y hasta puños cerrados y amenazantes, todo entrelazado con difíciles levantadas, pasos que exigen el máximo de la técnica y cuerpos que se atraen, rechazan y traban como en un match de boxeo.

Maximiliano interpreta el persona con intensa vitalidad, algo de sorna y mucho de seductor. Es de los que se las conoce todas. Con su jovial sonrisa, su pujante personalidad y apostura, no deja entrever sus planes y, así, los demás les revelan los suyos. Con deslumbrante manejo actoral, incorporado naturalmente en la piel de Petrucchio, su actuación es excepcional. Seguramente, éste es uno de los papeles que mejor le sienta y traduce.

Natalia Barrios fue una vehemente Caterina, muy aliada a su fabuloso partenaire que, de a momentos, la opaca. Técnicamente, Barios es excelente y hay total amalgama con su pareja en lo que a ballet y en los difíciles pas de deux (tanto en los peleados como el muy bello y romántico del final), pero puede ser más sanguínea en lo que respecta a su expresión.

La obra contiene jocosos fragmentos en lo que acontece a los pretendientes, sobre todo, en la payasesca imagen de Gremio, excelente en la labor de Cyril de Marval. Pero también es brillante la labor de César Morales, como el soñador Lucencio, y de sólida técnica la de Hugo Zárate, como Hortensio. ElBallet del TeatroMunicipal de Santiago, dirigido por Ivan Nagy, se muestra como una compañía entrenada a full, en la que cada integrante se compenetra con su parte y el conjunto.

Por eso son coloridos y vívidos todos los cuadros, tanto los de baile cortesano, en el refinado pas de six, como otros, que trascurren en uno de carnaval a la manera veneciana, con clowns y figuras encapuchadas y enmascaradas. El director del elenco, incide en la homogeneidad y no hay fisuras en las danzas grupales. Pero, sobre todo, da vigor y emoción a la representación en general.

Petrucchio ideal

La fuerza que emana de los protagonistas se traslada a toda la puesta, un dislate de principio a fin en el que todos ponen sus ingredientes para que las situaciones atrapen tanto por la coreografía como por los caracteres.

Hubo pequeñas fallas en el mecanismo de cambio de decorados, que suponemos se subsanarán, porque "La fierecilla..." vino con su escenografía y vestuario originales, que requieren no poco trabajo de tramoya.

La de Chile es una estupenda compañía, en la que se ve la mano insobornable en disciplina de quien la guía. Además, baila con fruición y, en esta pieza, la alegría y dedicación son fundamentales. Lidia Olmos, como la hermana menor, tiene soltura técnica y da armonía y dulzura a su papel; ItaloJorquera es gracioso y saca todo el pintoresquismo de su composición del sacerdote. Homogéneo y elocuente es el cuerpo de baile femenino, pero, además, Nagy cuenta con muy buenos elementos en los varones, algo que habla de un training muy estricto. Una obra para reír, gozar de ballet de alto nivel y ver a Guerra en el ideal de Petrucchio.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?