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Juan Pablo II, beato entre el fervor popular

Ante una multitud de 1,5 millones de fieles, Benedicto XVI lo definió como "un gigante de Dios"; viajó gente de todas partes del mundo
Elisabetta Piqué
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2 de mayo de 2011  

ROMA.– Parecía que había vuelto. El espíritu de Juan Pablo II, uno de los papas más queridos de los últimos tiempos, regresó ayer a Roma, donde 1,5 millones de fieles de todo el mundo asistieron a la emotiva ceremonia solemne en la que fue declarado beato por su sucesor, Benedicto XVI, que lo definió como "un gigante de Dios".

Con palabras simples, en la misa solemne que presidió en la plaza San Pedro, el Papa resumió el sentido de los casi 27 años de pontificado de Karol Wojtyla (1920-2005) en la memorable frase que él mismo pronunció al inicio de su pontificado, en octubre de 1978: "¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!".

"Aquello que el papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible", subrayó en su homilía Joseph Ratzinger, que fue durante 23 años uno de los máximos colaboradores de Juan Pablo II.

En un emocionante clima de fiesta, las banderas polacas rojas y blancas eran mayoría. Pero también había de decenas de otros países del mundo, entre las que se veían, en primera fila, algunas de la Argentina (ver Pág. 3).

Cientos de miles de peregrinos, la mayoría polacos, pero también muchísimos italianos, franceses, españoles y de otras nacionalidades, pasaron la noche a la intemperie, durmiendo en bolsas de dormir sobre calles aledañas al Vaticano para lograr una buena posición en la plaza San Pedro, en alerta y vallada para la ocasión.

No bien fue abierta al público, entrada la madrugada, la plaza se llenó como si se tratara de un dique. Un océano de gente copaba la Via della Conciliazione, mientras otros ríos humanos también intentaban llegar, en vano, desde los demás costados, lo que dio lugar a atascos, empujones y escenas de nerviosismo. Cientos de miles de fieles que no pudieron acercarse debieron conformarse con las 14 pantallas gigantes colocadas cerca del Vaticano y en el Circo Máximo.

Antes de comenzar el rito de beatificación, hubo oraciones por la celebración de la Divina Misericordia, fiesta querida por Wojtyla en homenaje a la mística polaca Faustina Kowalska. En ese momento iban llegando las 87 delegaciones, formadas por 22 jefes de Estado, primeros ministros y ministros –la de la Argentina, presidida por el presidente provisional del Senado, José Pampuro, y el canciller Héctor Timerman–, más cinco casas reales. La presencia del presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, causó polémica porque tiene vedado el ingreso en la Unión Europea.

No faltó a la cita el premier italiano, Silvio Berlusconi, que en lo que se consideró un "milagro" de Juan Pablo II le estrechó la mano a su virtual enemigo y ex aliado Gianfranco Fini.

Una vez más, era omnipresente la pancarta que se vio el día del funeral de Juan Pablo II, "Santo Súbito".

El cardenal vicario de Roma, Agostino Vallini, comenzó el rito de la beatificación al leer una breve biografía de Wojtyla, interrumpida siete veces por aplausos. Luego, con una fórmula en latín, el Pontífice lo proclamó oficialmente beato y decretó que su fiesta se celebrará cada 22 de octubre.

Un estallido de alegría y un aplauso de más de 10 minutos invadió la plaza. Y, como es tradición, se destapó el tapiz con la imagen de Juan Pablo II. "Fui a las últimas dos Jornadas de la Juventud con Juan Pablo II y no puedo no llorar", dijo Marta Cevasco, de 38 años, que viajó de Lombardía.

En ese momento desaparecieron las nubes que cubrían el cielo y el sol salió en todo su esplendor, como una señal. Si bien unos 2800 voluntarios repartían botellitas de agua, unas 400 personas fueron atendidas por desmayos.

Acto seguido, sor Tobiana, una de las monjas polacas que estuvieron al servicio del Papa durante décadas, y sor Marie Simon-Pierre, la monja francesa de 51 años que se curó del mal de Parkinson –el mismo que padeció Juan Pablo II– gracias a su intercesión, mostraron a los fieles una reliquia del nuevo beato –una ampolla con su sangre–, para que fuera venerada.

Con rapidez

En su homilía, Benedicto XVI evocó la figura de su amado predecesor y recordó su masivo funeral del 8 de abril de 2005, cuando 3 millones de fieles invadieron Roma. "Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él", dijo. "Por eso quise que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez", explicó. "Y el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato", gritó, y provocó una ovación. La beatificación de Juan Pablo II, que llegó a 6 años y 30 días de su muerte, fue la más rápida de la historia de la Iglesia moderna.

Cuando recordó el día de su muerte, el Pontífice se emocionó y pareció a punto de quebrarse. La multitud se dio cuenta y, como solía ocurrir en las últimas misas de Juan Pablo II, cuando tenía dificultades para hablar, lo animó a seguir adelante.

En su sermón, Benedicto XVI exaltó a Juan Pablo II. "Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio", dijo en polaco.

Aclamado por una multitud que gritaba "viva el Papa!", Benedicto XVI recitó la oración del Regina Coeli en varios idiomas. Saludó y agradeció en español a peregrinos y delegaciones de América latina, y recordó que "el nuevo beato recorrió, incansable, sus tierras, caracterizadas por la confianza en Dios, el amor a María y el afecto al Sucesor de Pedro". Mientras muchos fieles se pusieron en fila para venerar las reliquias del nuevo beato y su ataúd en la basílica de San Pedro, otros emprendieron el regreso, cansados pero felices.

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