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Macri tomó la decisión y será candidato en la Capital

Joaquín Morales Solá
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4 de mayo de 2011  

Mauricio Macri camina hacia una renuncia inminente como candidato presidencial. La escasez de aliados nacionales y el riesgo de perder la Capital a manos del oficialismo kirchnerista, el 10 de julio, han influido de manera terminante en su decisión, ya casi tomada. La panoplia de pretendientes presidenciales venía de una absurda y larga sobreabundancia, pero está terminando en una conmovedora penuria. La decisión de Macri sucedería poco después de que hiciera lo mismo el dirigente más popular de la izquierda argentina, Pino Solanas, que también prefirió disputar la conducción de la Capital antes que la presidencia de la Nación.

La imposibilidad de Macri para llegar más allá con sus aspiraciones presidenciales se explica por muchas razones y, también, en sus propios errores. Una primera pregunta consiste en saber por qué Francisco de Narváez puede hablar con todo el mundo político, pero Macri tiene serios límites para abarcar algo más que el peronismo sin liderazgo. Ni el radicalismo ni Elisa Carrió aceptaron nunca su cercanía política, aunque tampoco el jefe capitalino hizo muchos esfuerzos personales por cambiar esa situación. Influyen prejuicios ideológicos, es cierto, pero también resquemores personales que Macri nunca trató, al menos, de disipar. Es lo que hacen todos los que quieren alcanzar la principal poltrona de la política argentina: se dedican a sumar y dejan las restas para el territorio de lo inevitable.

El desafío, ahora crucial, por la conservación de la Capital debe inscribirse también en un proceso demasiado extendido en el tiempo, y confuso en sus métodos, para elegir un sucesor de Macri. Hace demasiado tiempo que Gabriela Michetti y Horacio Rodríguez Larreta están esperando una bendición para erigirse como sucesor del líder capitalino, pero ninguno supo nunca cómo y cuándo llegaría ese momento ni qué método lo precedería. Ultimamente sucedió que la imagen positiva de Cristina Kirchner bañó también las playas capitalinas y que la Presidenta tiene, entre tantos aspirantes con más audacia que posibilidades, un candidato en condiciones de pisarle los talones al macrismo. Es el senador Daniel Filmus, que ya en 2007 obligó a Macri a ir a una segunda vuelta en la Capital, aunque el actual jefe de gobierno ganó ampliamente el ballottage. En rigor, sólo Macri podría asegurar en las actuales condiciones que el oficialismo capitalino se impondría sobre Filmus.

Otro error no compete sólo a Macri, sino también a sus socios en las elecciones legislativas de 2009. Junto con él, De Narváez y Felipe Solá, que habían hecho una atrayente coalición opositora en aquellos comicios, decidieron escindirse para buscar, cada uno a su manera, la sucesión de Néstor Kirchner, a quien consideraban políticamente terminado. Ninguno previó que la política y la vida tienen bifurcaciones imprevistas y que una de las más habituales es la muerte física de una persona. La muerte de Kirchner significó la revalorización de su viuda o, lo que es más explicativo, el descubrimiento social de ella como presidenta de la Nación. Antes bajo la sombra intensa de su esposo, Cristina vive desde noviembre pasado una luna de miel con la sociedad, propia de presidenta recién estrenada.

De Narváez se propuso, poco después de junio de 2009, alcanzar la presidencia de la Nación, cargo que la Constitución le niega por no ser argentino nativo ni hijo de argentinos nativos. Los mensajes que mucho después le llegaron de la Corte Suprema fueron terminantes: no había ningún juez en el máximo tribunal de Justicia con ganas de cambiar la letra explícita de la Constitución. Pero ya estaba abierta la competencia con Macri, a la que luego se sumó el propio Solá. El victorioso trío de 2009 voló por los aires. Es difícil imaginar que el peronismo disidente se hubiera enfrascado en buscar un candidato a presidente si aquella trinidad política estuviera con vida.

De Narváez se convirtió, de todos modos, en una especie de gran elector. El candidato a gobernador de Buenos Aires más valorado es Daniel Scioli, pero De Narváez compite en el segundo lugar, en algunas encuestas, con el intendente de Tigre y ex jefe de Gabinete Sergio Massa. De Narváez es, así las cosas, el opositor mejor valorado en las encuestas. De Narváez pone en la mesa de negociación, en cualquier mesa, nada menos que una porción importante del electorado nacional que vive en el distrito más poblado del país. Ernesto Sanz confirmó que no tenía destino cuando chocó con la negativa de De Narváez a apoyarlo y otro tanto está pasando con Macri.

¿Qué sería de Macri si se lanzara a la candidatura presidencial sin un serio candidato a gobernador de Buenos Aires, sin una estructura nacional (que el peronismo disidente ya no tiene) y sólo con la restringida organización de Pro? ¿Qué sucedería con su carrera política si en medio de ese desierto Filmus le arrebatara la Capital en julio? ¿No significaría el final ya no de su carrera presidencial, sino de su carrera política? Esas son las preguntas (y sus previsibles respuestas) que lo están llevando a la renuncia de su aspiración presidencial.

De Narváez no está mucho mejor. Se inclinó por Ricardo Alfonsín y Alfonsín aceptó su compañía por la misma razón que Macri necesitaba a De Narváez: contar con un candidato bonaerense que le arrastrara votos en las presidenciales del 23 de octubre. El problema que ahora comparten Alfonsín y De Narváez es que la vieja alianza del radicalismo se está resquebrajando ante la llegada del forastero. Ni el socialismo ni Margarita Stolbizer están dispuestos a cruzar la frontera ideológica que los acercaría a De Narváez. ¿Qué hará Alfonsín, que ya tiene casi cocinada la alianza con De Narváez? ¿Romperá con el que más tiene o con los que le caen más simpáticos?

La franja no peronista también sufrió su propio cisma desde las elecciones de 2009, cuando el Acuerdo Cívico y Social (radicalismo, Coalición Cívica y socialismo) empataron con el kirchnerismo en el porcentaje de votos nacionales. Ellos también entrevieron que Néstor Kirchner significaba una experiencia terminada en la política argentina. Los tres tercios políticos en que se dividía la sociedad hasta enero pasado ya no existen ahora.

El problema de fondo de la oposición no es si tiene uno o dos candidatos. Su problema es que perdió los dos tercios no oficialistas y que Cristina Kirchner les ganaría ahora en segunda vuelta, si hubiera segunda vuelta, tanto a Macri como a Alfonsín. Faltan seis meses aún para las elecciones presidenciales, el mismo período de tiempo que pasó desde que murió Néstor Kirchner y cambió todo el paisaje electoral. La diferencia ahora es que ya no están quedando arquitectos ni constructores para hacer ninguna reforma urgente.

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