Fantasías de guerra y hegemonía imperial

En War Stars (Final Abierto), el historiador norteamericano Bruce Franklin recorre las ficciones bélicas que alimentaron el sueño de predominio militar estadounidense. Aquí, un fragmento
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22 de mayo de 2011  

Nosotros, los estadounidenses, concebimos artefactos capaces de exterminar a nuestra propia nación, a la civilización global y, posiblemente, a la especie humana. Al mismo tiempo, pusimos en marcha una confrontación mundial en la cual estas máquinas de exterminio pueden ser usadas muy provechosamente. Acto seguido, creamos incentivos para que otras naciones, e incluso organizaciones terroristas, adquieran estas armas de destrucción masiva. De modo que ahora todos nosotros, en esta nación y en el mundo entero, vivimos día tras día acechados por el fantasma de una posible aniquilación a manos de armamentos que nosotros mismos imaginamos y luego construimos.

¿Cómo fue que acabamos por meternos en semejante aprieto? Cuando miramos hacia atrás, vemos que a medida que avanzábamos, paso a paso, hacia la tiranía de las superarmas, de alguna manera siempre pensábamos que estábamos asegurando nuestra seguridad, haciendo del mundo un lugar más libre. Creamos y detonamos las primeras bombas atómicas con el propósito declarado de lograr la paz y salvaguardar la democracia. Protegidos por los dos océanos más extensos del globo, inventamos y desplegamos los primeros bombarderos intercontinentales capaces de invalidar esa misma seguridad geográfica. No satisfechos con los bombarderos tripulados, iniciamos una carrera en pos de misiles intercontinentales que pudieran lanzarse en cuestión de minutos, y que no podíamos hacer retornar a su base ni destruir en vuelo. Concebimos bombas termonucleares, miles de veces más poderosas que las bombas atómicas. Al inventar y construir submarinos capaces de disparar ojivas termonucleares de largo alcance estando sumergidos, transformamos nuestro antiguo anillo oceánico de seguridad en una amenaza que nos circunda. Equipamos nuestros misiles con ojivas múltiples autoguiadas, de modo tal que un solo lanzamiento producido por accidente podría arrasar con varios blancos, mataría posiblemente a millones de personas, y prácticamente garantizaría represalias en gran escala.

Luego desplegamos nuevos misiles, que podían alcanzar el corazón de cualquier territorio enemigo en tan sólo seis u ocho minutos, e incitamos así a nuestros enemigos a lanzar sus misiles contra nosotros, ni bien sus computadoras indicaran la existencia de un ataque en curso. Acto seguido, gastamos decenas de miles de millones de dólares en desarrollar un sistema de armamentos automático que se dispara al roce de un cabello y que será literalmente colocado sobre las cabezas de todos los que habitamos el planeta Tierra, una vez más en nombre de la defensa, la seguridad y la libertad.

Pronto, esas superarmas, fruto de nuestra propia creación, no sólo comenzaron a poner en peligro a Estados Unidos, sino que tendieron a dominarlo. El objetivo principal de nuestro gobierno nacional fue priorizar la "defensa", no contra las fuerzas que en realidad nos afligen y amenazan nuestras vidas -tales como la pobreza, la enfermedad, la ignorancia, el cambio climático, la contaminación del aire y el agua, y la adicción al alcohol, la nicotina y otras drogas-, sino contra una nómina cambiante de naciones y fuerzas "enemigas". Durante más de cuatro décadas, el enemigo principal fue una nación cuyos únicos enfrentamientos militares con Estados Unidos habían consistido en sufrir una invasión estadounidense, luego de la Primera Guerra Mundial, y ser su principal aliado en la Segunda Guerra Mundial. Cuando esa nación colapsó, agobiada por el peso de sus propias superarmas, Estados Unidos se volvió, en cierto modo, incluso más vulnerable, y pronto declaró una "guerra" incesante contra el "terror". Aunque los gastos militares anuales de Estados Unidos igualan a los de todos los países del mundo juntos, la "defensa" sigue siendo la prioridad número uno en el presupuesto del gobierno, mientras la salud y la educación pugnan por conseguir algunas migajas. Los déficits, que crecen como un cáncer, son alimentados por el financiamiento de armamentos más caros e ingeniosos, de las fuerzas militares que los utilizan y de las guerras incesantes donde son puestos a prueba, hipotecando el futuro de la nación en el futuro inmediato. La glorificación de la guerra es un negocio pingüe para industrias que facturan miles de millones de dólares, y que incluye películas, televisión, publicidad y la fabricación de juguetes y video juegos para niños y adultos. Estar en contra del militarismo y el reinado de las armas es considerado por ciertos sectores como algo antiestadounidense.

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