Guaridas fiscales, mal de la época

José NunPara LA NACION
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24 de mayo de 2011  

En 1960, la revista Business Week introdujo con éxito la expresión tax haven . Tax significa impuesto y haven , guarida o refugio, como en pirates’ haven , guarida de piratas. Tiempo después, los franceses incorporaron el concepto, pero lo convirtieron en paradis fiscal y es así como pasó luego al castellano, portugués, alemán, etcétera. Los bien pensados creen que se trató de una confusión inocente entre haven y heaven , paraíso. No me parece. Primero, porque hubiera sido más sencillo corregir el error que perpetuarlo. Segundo, porque esto sucedió cuando comenzaba el auge del neoliberalismo, de las desregulaciones financieras, de las mayores ganancias capitalistas de la historia… y de las guaridas. Y tercero, porque no fueron pocos los anglosajones que, a su vez, procuraron de inmediato que tax heaven reemplazara a tax haven , aunque no lo consiguieron. Es claro que el intento valía la pena. El lenguaje sirve para comunicarse, pero también para constituir la realidad. Y lo opuesto del paraíso es el infierno, mientras que lo otro de una guarida es un sitio abierto y transparente. Por algo se sigue traduciendo mal, la palabra haven .

¿A qué se llama exactamente una guarida fiscal? A un lugar situado fuera del territorio de residencia del contribuyente al cual éste remite fondos no declarados. ¿Cuáles son las fuentes más habituales de estos fondos? Una, la elusión de impuestos mediante artimañas que no violan la letra de la ley, pero sí su espíritu. Otra, la evasión fiscal lisa y llana, que obviamente constituye un delito. Después, actividades criminales de otro tipo: lavado de dinero producto del tráfico de drogas, del fraude, del robo, del soborno, etcétera.

Como corresponde, una guarida forma parte de un gran reino del secreto al que no accede cualquiera. Pero de un secreto revestido de todas las apariencias posibles de respetabilidad para no incomodar las conciencias. Se extrema el cuidado de las formas, un arte en el que sobresalen tanto los suizos como los ingleses. (Casi el 60% de las 72 guaridas hoy conocidas se halla en el Reino Unido o ha estado vinculada a él.) Figuras elegantes y anónimas protagonizan un verdadero "teatro de la honradez" (de acuerdo con una expresión de Nicholas Shaxson, autor de Treasure Islands: Tax Havens and the Men who Stole the World ) en escenarios finos y lujosos. Se entiende. Según diversas estimaciones, las guaridas ocultan nada menos que una cuarta parte de todos los fondos privados que circulan por el mundo.

En las últimas cuatro décadas, estos refugios han tenido un crecimiento impresionante de la mano de la crisis de los llamados Estados de bienestar y de redistribuciones nacionales del ingreso cada vez más regresivas. Baste el ejemplo de los Estados Unidos. Desde 1974, el 0,1% más rico de su población pasó de recibir un 2,7% a quedarse con un asombroso 12,3% del ingreso doméstico. Otro dato: se calcula que el patrimonio de las tres personas más ricas de ese país equivale a la suma del producto bruto interno de 47 naciones soberanas.

Es también un período de fenomenal avance de las corporaciones transnacionales, al punto de que más del 60% del comercio mundial tiene ahora lugar entre filiales de una misma empresa. Resulta así fácil manipular costos y precios, según mejor convenga. Seguramente quedará en los anales históricos que una firma de EE.UU. pagó 972,98 dólares por cada balde de plástico que importó de la República Checa; que otra compañía del mismo origen exportó lanza-cohetes a Israel a apenas 52,03 cada uno, y que un kilo de guantes para limpiar baños llegó a ser facturado a 4.121,81, según datos de John Christensen, que trabajó en guaridas fiscales, publicados por el London Review of Books. No sólo se produce una evasión impositiva cuantiosa, sino que pierden competitividad las empresas locales que no cuentan con tales mecanismos de transferencia. Dadas estas condiciones, sospecho que David Ricardo no se hubiera atrevido a formular su teoría de las ventajas comparativas.

Por eso es llamativo que la mayoría de los economistas contemporáneos les hayan prestado una atención tan escasa a las guaridas fiscales y, peor aún, que suelan justificarlas. Alcanza con decir que, desde mediados de los años 70, mucho más de 5 trillones de dólares salieron ilegalmente de los países pobres, superando con creces el monto de la ayuda externa que han recibido. En la segunda mitad de los años 90, por ejemplo, el equivalente a casi un tercio del PBI de los países del Africa subsahariana se fugó al exterior. (El publicitado Proyecto Milenio de la ONU ha estimado que, para lograr reducir a la mitad la indigencia en los países pobres hasta 2015, habría que otorgarles subsidios que no exceden, en promedio, el 15% de su PBI.) Para no ser menos, también se ha venido fugando anualmente más del 50% del patrimonio de los latinoamericanos ricos.

El Banco Mundial (reconocidamente bajista) calcula entre 1 y 1,6 trillones de dólares el dinero mal habido que circula anualmente por el mundo, la mitad del cual –insisto– proviene de las naciones en desarrollo. Luego de estudiar 23 países (entre ellos, el nuestro), Raymond Baker duplica esas cifras y concluye que sólo un 3% del total es atribuible a la corrupción política –lo que no es poco, y mucho menos desde un punto de vista cualitativo–, en tanto que un tercio se debe al crimen organizado y entre un 60 y un 65% a las maniobras ilícitas de particulares y grandes empresas. Me importa destacarlo: los ricos fugan el doble de dinero que los políticos y el crimen organizado juntos. En buena parte del mundo de los negocios se ha borrado la distinción entre lo que es legal y lo que no lo es. De ahí que la repudiable venalidad de una caterva de funcionarios o el infame oficio de los narcotraficantes se usen recurrentemente como cortina de humo para distraer a la opinión pública y cubrir el escándalo que representa la evasión fiscal de los poderosos.

¿Y por casa? Según estimaciones del año 2000, la evasión fiscal consolidada (medida respecto de la recaudación potencial) fue del 40%, o sea un equivalente al 12 o 13% del PBI de ese año. En los peores momentos de la depresión de 2001-2002, se habría llegado a un pico del 60%, según señalan Jorge Gaggero y Federico Grasso. Conforme a las cuentas de dos especialistas prestigiosos, Gómez Sabaini y Rossignolo, hoy sólo se recauda en la Argentina alrededor del 50% del impuesto a las ganancias. A la luz de cualquier comparación internacional, estas cifras son alarmantes: en los países de la OCDE, la evasión fiscal promedio oscila en torno al 10% (y, en algunos casos, se ha logrado mantenerla en el orden del 5%), mientras que en los de desarrollo intermedio suele fluctuar entre el 20 y el 30 por ciento.

Para hacer menos abstractos estos números, con los 20.000 millones de dólares que se dejan de percibir por Ganancias y por IVA, se podrían construir aquí 8000 nuevas escuelas primarias por año o aumentar más de seis veces la Asignación Universal por Hijo (extendida a 4.500.000 de beneficiarios). Piense el lector que el Plan Marshall de 1947, destinado a la reconstrucción de 16 países europeos, les concedió en un quinquenio donaciones y préstamos por un total de 13.000 millones de dólares. Si se actualiza esta suma y se la lleva, digamos, a unos 150.000 millones de dólares de hoy, resulta que en cada una de las últimas décadas se ha ido de la Argentina un Plan Marshall completo.

¿Qué se aduce para justificar lo indefendible? Ante todo, la inseguridad política. Argumento irrisorio que se repite en los más diversos lugares y épocas. Así, la primera guarida fiscal que se instaló en los Estados Unidos popularizó una consigna: " Delaware can protect you from politics " ("Delaware puede protegerlo de la política". Dicho más crudamente, que los riesgos –si los hay– caigan sobre los que menos tienen. Porque el gasto público debe financiarse de algún modo y, salvo que se endeude o que sus empresas ganen mucha plata, el gobierno debe acudir para ello a los impuestos que pagan los trabajadores en blanco o a tributos tan altos y regresivos como el IVA. Esto sin hablar del modo en que caen las inversiones, lo cual entre nosotros genera inflación ante cualquier aumento sostenido de la demanda.

Es notable cómo se antepone el propio interés a los principios teóricos que se invocan. Porque para los economistas neoclásicos, la falta de información (como la que resulta de la fuga de capitales) disloca los mercados y los torna ineficientes. Más aún: se ha llegado a sostener que esa fuga alivia al Banco Central porque frena la apreciación del tipo de cambio. Es como si un ladrón le dijese a su víctima que se ponga contenta porque la está librando de preocupaciones.

¿Qué hacer? Dejar de hablar de paraísos y tomar conciencia del daño enorme que nos están provocando las guaridas fiscales. Después, promover un amplio debate público que genere apoyo para una reforma impositiva integral y de carácter progresivo, que se ha pospuesto por demasiado tiempo. Y recordar siempre lo que escribió hace casi veinte años el gran economista norteamericano J. K. Galbraith: "Nada favorece tanto la tranquilidad social como las protestas de los ricos cuando se sienten apretados por el fisco".

© La Nacion

El autor, abogado y politólogo, fue secretario de Cultura de la Nación.

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