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Lisboa, el viaje etílico

La melancolía impera en toda la obra, sobre todo en sus personajes
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3 de junio de 2011  

DRAMATURGIA Y DIRECCION: MARIELA ASENSIO INTERPRETES: DOLORES OCAMPO, ARIEL PEREZ DE MARIA, MYRIAM HENNE-ADDA, RAQUEL AMERI, MARINA LOVECE, VICTOR LABRA, FACUNDO CARSOSI ESCENOGRAFIA: NICOLAS BOTTE VESTUARIO: VESSNA BEBEK SALA: TEATRO DEL PUEBLO, ROQUE SAENZ PEÑA 943 FUNCIONES: VIERNES, A LAS 23 DURACION: 60 MINUTOS.

Nuestra opinión: buena

La ciudad de Lisboa asoma como el gran germen provocador de esta nueva creación de Mariela Asensio ( Hotel melancólico , Mujeres en el baño ). El paisaje va modelando a unos personajes bien diferentes, aunque unidos por una misma constante: son dueños de una existencia vacía, que parece desarrollarse con más fuerza en el marco de una sociedad impregnada de la melancolía del fado.

De uno en uno, esos seres, esos turistas, se cruzan en escena y no se reconocen. Están impregnados de una pátina de profunda soledad; de una tristeza añeja, dan señales de sus vidas de manera apática, pero siempre son muy provocadores.

En algún momento parecerían desarmarse mientras muestran una alegría impostada, se exponen en una pelea rutinaria o cantan para posibilitar que el tiempo transcurra por otros carriles.

Una guía (que funciona como una narradora) va aportando algunas pocas pistas sobre esa ciudad y esa gente. Mientras tanto, todos terminan confundiéndose, amalgamándose en un trozo de basura, tal vez, de la que se disparan voces enloquecidas.

El espectáculo de Asensio posee una estructura bien fragmentada que da espacio para que cada individuo dé a conocer a fondo quién es. Su trabajo, en tanto directora, ha consistido en esculpir delicadamente a cada criatura y, en la mayoría de los casos, con logros notables.

Se trata, sin duda, de una experiencia de personajes en los que ellos no necesitan más que dejarse llevar por su propio interior y así conmover a quien quiera escucharlos.

La propuesta es valiosa, aunque en verdad ese mundo de seres desesperanzados remite a cualquier espacio del mundo, en este momento. Lisboa es una buena excusa para contenerlos, pero todo el tiempo esa capital se va diluyendo como foco de atención.

La dramaticidad de esos seres es extrema, se valen por sí mismos, escapan a cualquier localidad, a cualquier autor y aun a cualquier director. Esto es lo más intenso del espectáculo y, aunque resulte extraño, es lo que más se disfruta.

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