Malvinas: lo cortés no quita lo valiente

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
Por Emilio J. CárdenasEspecial para lanacion.com
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17 de junio de 2011  • 03:34

En lo que ya es una suerte de liturgia anual, nuestro país acaba de reiterar en las Naciones Unidas sus legítimos reclamos de soberanía sobre las Islas Malvinas y los archipiélagos del Atlántico Sur y de obtener, una vez más, el apoyo tradicional de los estados miembros de la Organización de Estados Americanos respecto de los mismos.

Como respuesta, no inesperada por cierto, el primer ministro británico, David Cameron, afirmó ante el Parlamento de su país que la soberanía sobre las Islas Malvinas "no es negociable", apoyando asimismo el presunto derecho a la autodeterminación de la población importada a las islas. Esta ha sido la posición británica constante desde 1982, que supone negarse a dialogar sobre la cuestión, pese al principio de buena fe que gobierna las relaciones internacionales; al reiterado mandato de negociar que llega desde las Naciones Unidas; y a los constantes e inequívocos llamados de la comunidad internacional dirigidos a ambos países que los instan a resolver por la vía del diálogo, esto es pacíficamente, la larga disputa de soberanía que aún tenemos abierta. Ocurre que hay mucho en juego. Más de lo que se advierte a primera vista. Hasta la pretendida proyección antártica británica.

La Cancillería reaccionó como también es habitual, deplorando la actitud del Reino Unido y rechazando su conducta, a la que calificó, no sin dureza, de "lamentable acto de arrogancia".

A partir de allí las cosas subieron paulatinamente de tono. El primero en hacerlo fue nuestro representante permanente ante las Naciones Unidas, con palabras también fuertes, pero todavía dentro de una relativa normalidad.

Ayer, sin embargo, la presidenta Cristina Kirchner, durante un acto en la provincia de Misiones, insistió primero, muy correctamente, en que "vamos a seguir incansablemente reclamando no sólo la soberanía, sino que se sienten a dialogar como la marca las resoluciones de la ONU". Para luego inesperadamente calificar a Gran Bretaña de "burda potencia colonial, en pleno siglo XXI" y a las declaraciones de Cameron -su colega en el "G-20"- de haber sido expresión de "mediocridad" y "estupidez". Estas expresiones evidencian ansiedad, en un juego de paciencia. Y aunque haya conductas hirientes de la contraparte, en diplomacia la alternativa no es el insulto sino la firmeza, guardando las formas.

No hace mucho, en un incidente producido en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas la actuación de un ex Canciller de Néstor Kirchner derivó que alguno de los "kelpers" que estaba allí lo calificara de integrante de un gobierno "matón" y "prepotente". Aquel desborde no condujo a nada. Las cosas siguieron como hasta entonces.

No obstante, hemos vuelto a perder la línea. Lo que siempre es negativo, a los ojos de los demás. Ocurre que la diplomacia es una conducta, casi un arte, y una manera de hacer las cosas en el marco de la cortesía, el tacto y la discreción, que casi todos respetan. Lo que supone, por lo menos, autocontrol.

¿Qué puede haber motivado el inesperado desplante presidencial? ¿La necesidad de tapar con humo la oscura pesadilla desatada por los Schoklender? ¿La búsqueda de temprano rédito electoral? ¿Un estilo personal demasiado agresivo? Cualquiera se la razón, lo sucedido no nos ayuda. Una cosa es la defensa irrenunciable de nuestros derechos, que cabe aplaudir y apoyar. Otra, bien distinta, es caer equivocadamente en conductas inusuales con consecuencias adversas.

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