Joven de la política, veterano del poder

Gabriel Sued
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3 de julio de 2011  

Sentado en el piso frío de un sótano en la avenida Garay, donde permanecía cautivo desde hacía una semana, Mauricio Macri jugó una última carta. Por el pequeño hueco por donde le bajaban la comida, le comentó a uno de sus secuestradores que soñaba con ser presidente de Boca, pero que ya le parecía difícil lograrlo. "Creo que ustedes me van a matar", se explicó. El raptor, fanático xeneize, le respondió: "¿Cómo vamos a matar al futuro presidente de Boca?"

El encierro concluyó una semana después, cuando Mauricio Macri, que era gerente general de Socma, fue liberado en un descampado del bajo Flores. Había sido capturado el 24 de agosto de 1991, por tres hombres que lo metieron adentro de una caja de herramientas con forma de ataúd que luego cargaron en el baúl de una combi blanca. Iba desnudo, con los ojos vendados y las manos atadas con alambre. Los secuestradores eran de una banda de policías retirados organizada durante la última dictadura.

El secuestro se resolvió cuando Franco Macri, padre de Mauricio y mandamás de un poderoso emporio de empresas, pagó una suma cercana a 8 millones de dólares. Se encargó de entregar el rescate Nicolás Caputo, el mejor amigo de Mauricio, luego su socio y, hasta hoy, el hombre que más influye en el actual jefe de gobierno porteño.

No era la primera vez -y no sería la última- que su pasión por el fútbol le aliviaba una situación incómoda. Usaba ese recurso de chico para integrarse a sus compañeros del colegio Cardenal Newman, que lo miraban de reojo porque era hijo de un inmigrante rico pero sin estudios. Lo hizo valer en su primera semana como jefe de gobierno porteño, en 2007, cuando salió a tocar timbres para hablar cara a cara con los vecinos.

La tarea parece sencilla pero no lo era para un hombre "frío", "distante" y poco afecto al contacto físico, según describieron cinco de las diez fuentes consultadas por La Nacion, empresarios, funcionarios, dirigentes políticos y amigos de Macri.

"Se ponía mal, casi fóbico, con el contacto con la gente", contó un dirigente que lo acompañó en sus primeros pasos en la política.

Cuando llegó a la Jefatura de Gobierno, Mauricio Macri sólo tenía en su legajo político dos años sin vuelo como diputado nacional y una derrota frente a Aníbal Ibarra en las elecciones para jefe de gobierno porteño, en 2003, año en el que por primera vez decidió postergar un objetivo que sigue vigente: ser presidente de la Nación.

Pero ya era un veterano del poder. No sólo porque había logrado cumplir el sueño de presidir Boca Juniors entre 1995 y 2007, después de reformar el estatuto del club para habilitar un tercer mandato. También porque desde muy joven participó en los negocios con el Estado que tenía el grupo empresarial fundado por su padre.

"Desde pequeño, Franco lo introdujo en sus relaciones con funcionarios, militares y empresarios en las que sustentaba y acrecentaba los negocios con el Estado que cimentaron la fortuna familiar", dijo a La Nacion la periodista Gabriela Cerruti, legisladora de la ciudad, candidata kirchnerista y autora de la biografía de Mauricio Macri El Pibe .

Cuando tenía menos de 20 años, Franco Macri lo llevó a conocer al intendente de la dictadura militar Osvaldo Cacciatore. "Fue el último que pensó la ciudad de Buenos Aires", diría años después el jefe de Pro, en una frase que generó polémica, como cuando en 2002, poco antes de su primera campaña electoral, propuso meter presos a los cartoneros que no se adaptaran a un plan estatal de reciclado de residuos.

Ingeniero civil recibido en la Universidad Católica Argentina (UCA), admirador de Alvaro Alsogaray, de adolescente Mauricio Macri se afilió a la Ucedé. Años más tarde, apoyó como empresario la reelección del presidente Carlos Menem, a quien el grupo Macri había aportado muchos cuadros técnicos para su primera presidencia.

Pero no militó efectivamente en política hasta que pudo ser el jefe de su propio partido, Pro, después de la crisis de 2001.

En la campaña de 2007, el kirchnerismo se encargó de remarcar que "Mauricio", como prefiere que lo llamen el jefe de Pro para evitar toda asociación con los negocios del grupo fundado por su padre, "es Macri". Para entender esa frase, alcanza con ver los cargos que ejerció en el grupo empresarial: entre 1985 y 1995, dirigió Sideco, fue gerente general de Socma y presidente de Sevel, la licenciataria de FIAT en la Argentina.

Por esa tarea, recibió, en 2001, su primer procesamiento judicial: lo acusaron de simular exportaciones de autopartes a Uruguay para cobrar reintegros impositivos. Pero enseguida fue sobreseído por la Cámara de Casación Penal. Hoy tiene un procesamiento firme como integrante de una asociación ilícita, formada entre otros por el primer jefe de la Policía Metropolitana (su creación más promocionada) Jorge Palacios, dedicada a espiar al ex cuñado de Macri y a un familiar de una víctima del atentado contra la AMIA.

Pero la frase lanzada por el kirchnerismo durante la campaña de 2007 no da cuenta del complejo vínculo que siempre unió a Mauricio Macri con su padre. "La conflictiva relación entre ellos determinó la decisión de Mauricio de lanzarse a la política para desafiar su identidad por fuera del mandato paterno, pero sin que esto signifique resignar los beneficios de pertenecer al holding familiar", sostuvo Cerruti.

La partida de Mauricio Macri se produjo un año después de que el grupo perdiera la licencia de FIAT, un fracaso empresarial por el que padre e hijo se culpan mutuamente. "Están los que eligen tener y los que eligen ser, y vos elegiste ser", recuerda Mauricio Macri que le dijo el empresario Gregorio Chodos: una frase que lo marcó para siempre.

Los dirigentes que lo tratan hoy coinciden en que Macri es un apasionado de la gestión, pero que nunca llegó a disfrutar de la construcción política, a la que sigue mirando con desconfianza. "Se aburre con las reuniones que no tienen un destino claro", detalló uno de sus funcionarios de confianza. Destacan que aprendió a escuchar y que sabe delegar cuestiones de la gestión. Pero cuentan que las decisiones más importantes las toma en una mesa muy chica, integrada por Caputo y por su asesor estrella, el ecuatoriano Jaime Durán Barba.

AUTORETRATO

"Una contribución para que vivamos en un país mejor"

Nací en la ciudad de Tandil el 8 de febrero de 1959. Soy padre de Agustina, Jimena y Francisco. Estoy casado con Juliana Awada y estamos aguardando la llegada de Antonia, un regalo de Dios en esta época tan especial de mi vida, en la que me siento feliz por todo lo que he podido construir en familia y por mi trabajo cotidiano como jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Este es mi tercer matrimonio. Anteriormente estuve casado con Ivonne Bordeu y con Isabel Menditeguy.

Cursé el colegio primario y secundario en el colegio Cardenal Newman, donde tuve maestros y profesores que me inculcaron los valores de la cultura del esfuerzo, el respeto y el compromiso de servicio con la sociedad. Luego egresé como ingeniero civil en la Universidad Católica Argentina y completé mi formación con estudios de Economía y Finanzas en nuestro país y en el exterior.

Mi actividad laboral comenzó muy joven en el campo privado, y cuando tenía 22 años me tocó dirigir diversas empresas relacionadas con la construcción y la industria automotriz.

En 1995 inicié mi gestión como presidente de Boca Juniors, donde viví una de las etapas más maravillosas de mi vida, no sólo por todo lo que logramos en el campo deportivo, que fue mucho y difícil de igualar, sino también por las obras que contribuyeron a refundar el club y a devolverle esplendor y liderazgo.

Más recientemente arranca esta otra época, ya mucho más vinculada a mi presente actual, cuando tomé la decisión de asumir un compromiso político, convencido de que podía hacer una contribución importante para que los argentinos vivamos en un país mejor.

A comienzos de 2002 comencé a trabajar en el armado de mis equipos técnicos en el seno de la Fundación Creer y Crecer y fundé el partido Compromiso para el Cambio, que luego se transformó en Pro. Fui elegido diputado nacional en 2005 y en 2007 los porteños me dieron su confianza con amplio respaldo para gobernar la ciudad de Buenos Aires. Esa tarea es la que hoy estoy cumpliendo con mucho entusiasmo y pasión y espero poder profundizarla y fortalecerla en un nuevo período si el veredicto de los ciudadanos así lo decide.

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