Suscriptor digital

Sobremesa con Juan Pablo Geretto

Relajado y confesional, rescata las enseñanzas de la vida pueblerina y de una carrera basada en ponerles el cuerpo a las mujeres
(0)
9 de julio de 2011  

Con apenas cuatro años, cinco como mucho, Juan Pablo Geretto se subió por primera vez a los tacos de su mamá. Vivía con dos hermanos y un papá viajante de comercio en Gálvez, una ciudad de la provincia de Santa Fe con rutina de pueblo. No sintió vértigo… Ya por esos días, su maestra del jardín hacía esfuerzos inútiles por alejarlo de los juegos de las chicas; se esmeraba por juntarlo con los varoncitos. Pero Geretto se impuso. Desde pequeño, algo de la impostación lo fascinaba como una verdad, quería ser actor, y aquella atracción infantil por el mundo de las mujeres tampoco lo ha abandonado: con 37 años, en su carrera sólo ha interpretado personajes femeninos en el escenario.

Yo amo a mi maestra normal, el espectáculo que suma más de 250 funciones en el Multiteatro de la calle Corrientes, está inspirado, como no podía ser de otra manera, en las seños de la escuela primaria del pueblo. Porque hay otro asunto indeleble: también sigue muy ligado a Gálvez. Tanto, que lo tiene incorporado en su actual dirección de correo electrónico, como si fuese un apellido: en Internet, Geretto es Juan De Gálvez.

Y nuestra charla, inevitablemente, arranca por ahí.

–¿Qué tal es Gálvez?

–Es un hermoso lugar en el mundo. Tiene una particularidad: no está sobre la ruta. Para llegar, hay que desviarse unos 40 kilómetros hacia adentro en la ruta entre las ciudades de Rosario y Santa Fe. No hay gente de paso. Hay que tener voluntad de ir.

–¿Qué recordás de tu infancia allá?

–Me crié con mamá y las vecinas. Papá estaba sólo los fines de semana. Pero en el pueblo uno no pasa mucho tiempo en la casa y es difícil sentir la soledad. Entre 18 mil habitantes, te conoce todo el mundo, con lo bueno y lo perverso que eso tiene.

–¿La pasaste mal?

–Yo la pasé bien. Hice teatro desde chico. Mi adolescencia fue complicada como cualquier otra, pero yo nunca sentí la discriminación. Porque tampoco sentí la necesidad de aceptación.

–¿Siempre te gustó vestirte de mujer?

–Eso sí. Mi vieja me agarró con tacos a los 4 o 5 años y no sé si me habrá pegado... Tal vez por miedo... No sé si lo entendió, pero lo aceptó. Fue muy amplia de cabeza y mi viejo también. Para mí, por ejemplo, no hubo todo el tema o un momento de salir del clóset... Fui un puto precoz... Hoy tampoco soy un militante. Cada uno desde su lugar.

El pueblo para Geretto funcionó como una familia: debió irse para desear volver. Tenía muy cerca la ciudad de Rosario, que se le presentó irresistible con sus bares y teatros abiertos hasta la madrugada. Eran años de salas vacías por la crisis económica, pero la migración de Geretto coincidió con un momento de transformación política de Rosario, el primer bastión del Partido Socialista en la provincia de Santa Fe. Durante las dos gestiones de Hermes Binner como intendente (lo fue entre 1995 y el 2003), el actor se relacionó con María de los Angéles "Chiqui" González, la funcionaria del área (más tarde ministra de Cultura de la provincia). "Lo que hicieron en cultura fue revolucionario", opina hoy Geretto. Tiempo más tarde, convocó a González para que colaborara con la puesta de sus obras.

El primer espectáculo de Geretto, unipersonal como todos los que escribió hasta ahora, y siempre con una clave de humor, se tituló Solo como una perra. Se presentaba los días miércoles en un café concert rosarino que fundó con amigos llamado La traición de Rita Hayworth. El nombre del teatro, en el que también ofrecían comida, fue tomado del título de la primera novela de Manuel Puig que cuenta la historia de un chico en un pueblo (esta vez de La Pampa) que se siente diferente a los demás y de alguna manera, encuentra un refugio en la ficción. En su caso, en el cine. Cualquier similitud con Juan de Gálvez… Como sea, el lugar era muy concurrido pero no funcionó como negocio. Cerró.

Solo como una perra igual iba a darle un gran empujón a su carrera. En 2007, convocado por la Municipalidad de Rosario, Geretto despidió aquel espectáculo con una presentación en el Monumento a la Bandera. Explotó: asistieron 18.000 personas. "Si en el momento me daba cuenta, no lo hacía", comenta con cierto vértigo atrasado por aquella convocatoria que desbordó hasta las expectativas más optimistas.

Para entonces, su maestra normal (que no tiene nombre, porque representa a muchas), la misma que ahora se presenta en la avenida Corrientes, ya había trabajado con Marcelo Tinelli. Pero el punto de inflexión en la carrera de Geretto no fue el programa de mayor rating de la televisión, sino aquella presentación en el parque donde Manuel Belgrano enarboló por primera vez la bandera celeste y blanca. Después de haber juntado a tanta gente al aire libre, Geretto sintió que debía migrar otra vez. Fijó domicilio a pocos metros del Obelisco y dejó de ir y venir entre Rosario y Buenos Aires. Estrenó Como quien oye llover, otro unipersonal, también escrito por él, también poblado de tres personajes femeninos, en El Cubo, en el barrio Abasto. En esa obra, que hablaba bastante de la maternidad, Geretto terminaba arrullando a una espectadora, sobre el escenario, con una carga de emotividad empotrada en un juego de complicidades bien osado.

Hoy, ya exitoso en plena avenida Corrientes, ya reconocido por apariciones televisivas, Geretto vive con su pareja, un científico ajeno al mundo del espectáculo, en una casa con algo de verde en la zona norte del conurbano. Pregunto si le gustaría sumar hijos a su familia, y responde que sí, aunque aclara: "No es algo que me vaya a frustrar si no ocurre". Sí piensa en un futuro dirigir a otros actores, en escribir para otros y no descarta que el día de mañana lo convoquen para interpretar a un personaje masculino que lo deposite en el escenario sin los tacos puestos.

Por eso, cuando le pregunto qué pasa con los hombres que asisten a sus espectáculos, me dice que supone, imagina, que llegan arrastrados por sus mujeres, pero siente que aún aquellos que empiezan la función de brazos cruzados en señal de desconfianza se van igualmente movilizados. Es curioso: las mujeres de Geretto provocan la risa, pero también despiertan compasión y pueden ser tiernas y crueles al mismo tiempo. Hay algo real en eso. También, suponemos, algunos espectadores habrán llegado al teatro por el impulso de la tele, donde trabajó también con Nicolás Repetto y con Jorge Guinzburg, aunque nunca dejó de sentirse un turista ocasional del medio.

–Siempre estuve agradecido por que me llamen estos tipos. Pero no hago personajes para la tele, para mí es como ir a visitar a una tía. Llevo a mis personajes del teatro. La maestra funcionó mejor porque tiene un lenguaje más televisivo, pero yo no manejo la estructura del chiste con remate. Un silencio en teatro dice mucho; en la tele es un bache.

Hace un par de meses estuvo a punto de llevar a la maestra normal al Monumento a la Bandera. Iba a representar la obra, que transcurre a lo largo de un acto escolar, delante de cinco cámaras y un par de pantallas gigantes. Todo se frustró por una lluvia inoportuna. En Gálvez, en cambio, la escuela organizó una función especial para todo el cuerpo docente que transcurrió en el patio y bajo el sol. Cuando terminó la función, se acercó a Geretto una tal señorita Marta, de jardín.

"Me dijo que se acordaba de mis juegos con las nenas y me prometió que nunca más intentaría torcerle la vida a nadie", dice Juan, más de Gálvez que nunca. Sin ningún rencor, convencido de que la señorita Marta, en todo caso, se dejó llevar por el miedo que le provocaba algo desconocido para ella: aquel nene que se negaba a jugar a la pelota.

Después de consultar a un amigo sibarita, Geretto me citó en Caseros, un restaurante ubicado sobre la avenida del mismo nombre, cuando transformada casi en boulevard, sobre los altos de Barracas, desemboca, empedrada, sobre el Museo Histórico Nacional, en Parque Lezama

Principal

Venía del conurbano, pero llegó bastante puntual y bien dispuesto a la charla, con un sobrio sobretodo gris de corte moderno y un prendedor en la solapa, sutil huella de su oficio. El espacio era amplio, agradable, con mucha luz natural que rebota sobre paredes blancas y decorado con muebles tipo campo y fruteras de losa a modo de centro de mesa rellenas con brillantes morrones, todo alrededor de una cocina a la vista. Ambos optamos por el menú más económico del mediodía (unos 60 pesos por persona): una entrada de verduras grilladas y plato principal de una pasta casera rellena de calabaza. Ignoramos la carta de vinos, que es escueta, aunque tiene algunos de calidad, y optamos por tomar agua con gas.

Postre

Como los platos en Caseros son abundantes, nos salteamos el postre y fuimos directo al café para la sobremesa. Fuera del teatro, sin maquillaje y sin el vestuario femenino, se vuelve irreconocible. Parece que el anonimato le sienta bien a su timidez. Posa para las fotos sin quejas, pero no parece del todo cómodo resulta demasiado íntima. Cuando la charla fluye, se entrega de buena gana a la conversación con la sencillez de un chico de Gálvez.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?