Yo elegí ser Evita

Un interesante repaso histórico por la vida de la ex primera dama, con buenos trabajos
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31 de julio de 2011  

Libro y dirección: Marta Avellaneda / Intérpretes: Monica Salvador y Rita Terranova / Vestuario: Vessna Bebek / Escenografia: Nicolas Botte / Música: Fernando Villalba / Iluminación: Leandro Fretes y Jimmy James / Coreografía: Marcela Robbio / Asistencia de dirección: Rodrigo Perez / Sala: Tabaris / Funciones: jueves a domingos, a las 20.30 / Duración: 60 minutos.

Nuestra opinión: buena.

Un encuentro especial y en un ámbito impensado. Una periodista es autorizada a visitar a Eva Duarte en el lugar en el que reposa post mortem. La cronista posee una historia personal muy atractiva, un origen aristócrata que se devaluó, aunque sigue utilizando su rango de princesa.

En ese ámbito en el que uno podría pensar en encontrarse con espectros, Eva mantiene sus cualidades corporales y personales intactas, y recibe a su visitante entre sorprendida y deseosa de recuperar su historia y, sobre todo, tomar contacto con aquella que fue desarrollándose después de su muerte. Las preguntas de la periodista son muy generales en un comienzo y, de a apoco, se van tornando más incisivas. Esto posibilita que la personalidad de Eva se exponga con mayor plenitud.

Marta Avellaneda hace un repaso histórico por la vida de la ex primera dama, desde su infancia hasta sus últimas horas. Lo hace trabajando con una documentación muy certera y, por tanto, casi todos los acontecimientos que describe están muy divulgados. No busca confrontar al personaje con el presente, lo que le aportaría una cuota muy atractiva a su propuesta. El diálogo entre ambos seres en escena es fluido, tiene picardía a veces; otras, cierta violencia. La idea no está en exaltar la figura de Eva Duarte, sino en recuperarla para, quizá, redescubrir algo de su entereza, de sus convicciones, a la hora de reparar en su lucha política.

Desde la dirección, Avellaneda conduce a sus intérpretes por buen camino. Mónica Salvador consigue que su Evita tenga la fuerza suficiente como para así encontrar las más acertadas justificaciones a la hora de explicar los actos de su vida. Rita Terranova, en un rol más pequeño pero no menos interesante, sabe cómo plantarse en escena y alimentar a su princesa periodista, encontrándole los pliegues mínimos a su personaje, esos que en más de una oportunidad resultan sumamente provocadores, indiscretos, complejos.

El espacio escénico está totalmente despojado, y sólo unos pocos y buenos trazos escenográficos contienen a estas mujeres que vuelven sobre una parte significativa de la historia argentina.

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