Nicholas Ray y un homenaje merecido

Fernando López
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9 de agosto de 2011  

Los lectores de Cahiers saben que consideramos a Nicholas Ray uno de los más grandes de la nueva generación de cineastas norteamericanos. Es uno de los pocos que poseen su propio estilo, su propia visión del mundo, su propia poesía", decía Eric Rohmer en las páginas de los Cahiers du Cinéma, que mucho tuvo que ver con la valorización de este singular cineasta norteamericano de cuyo nacimiento acaba de cumplirse un siglo. Godard fue más allá cuando en la crítica de Amarga victoria (1958) escribió: "Existía el teatro (Griffith), la poesía (Murnau), la pintura (Rossellini), la danza (Eisenstein), la música (Renoir). Pero desde ahora existe el cine. Y el cine es Nicholas Ray".

Venerado en Europa más que en su propio país, lo fue desde un principio. Los amantes de la noche, drama de encendido romanticismo sobre un amor amenazado en medio de un mundo nocturno, violento y hostil (1949), se estrenó con retraso y tuvo mejor acogida en Francia e Inglaterra que en los Estados Unidos. Los seres vulnerables, heridos, neuróticos y rebeldes en cuyos retratos mostraría especial sensibilidad ya estaban presentes en esa primera película, a la que llegó después de haber estudiado arquitectura con Frank Lloyd Wright, y trabajado para la radio y el teatro y como asistente de Elia Kazan. Más allá de una carrera con altibajos y de que su espíritu libre no se adaptaba demasiado a las condiciones de la industria, él mismo declaró en sus últimos años (murió en 1979) que había hecho sus mejores películas en Hollywood, "aun a pesar de Hollywood". Esa voz personal, esa condición autoral que dejaba traslucir en los proyectos que abordaba fue la que percibieron los jóvenes críticos y futuros cineastas de la nouvelle vague. También, claro, el alemán Wim Wenders, que no sólo lo quiso como actor en su thriller existencial El amigo americano (1977) junto a otros cineastas como Samuel Fuller, Denis Hopper o Daniel Schmid, sino que le rindió el último homenaje compartiendo con él una obra tan inusual como conmovedora, Lightning Over Water (o Nick’s Movie) el documento sobre la larga agonía y la muerte de Ray.

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Entre 1947 y 1960, filmó sus mejores películas: Hora de angustias (1949), Muerte en un beso (1950), La mujer codiciada (1952), Odio en el alma (1952), Delirio de locura (1956, sobre la drogadicción) y, en especial, dos obras maestras: Johnny Guitar (1954), western de lirismo barroco, y Rebelde sin causa (1955), el film que consagró a James Dean. Dos superproducciones rodadas en España – Rey de reyes y 55 días en Pekín– concluyeron su vínculo con Hollywood. Vivió años en Europa, mientras iba convirtiéndose en un director de culto, y trabajó con sus alumnos de Nueva York en un film experimental inconcluso, We Can’t Go Home Again, cuya versión reconstruida y restaurada será presentada en el próximo Festival de Venecia, durante una jornada que se le dedicará íntegramente. Lo merece.

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