Suscriptor digital

Pasado y futuro del modelo

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
(0)
23 de agosto de 2011  • 08:16

La referencia al modelo se ha vuelto para el kirchnerismo casi tan emblemática como la convertibilidad lo fue para el menemismo. Incluso los que advierten sus límites postulan su "profundización" –término ambiguo que puede denotar renovación, fijación o cualquier cosa en el medio.

Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos del modelo? Parido por la crisis de otro modelo (el convertible de los 90), versionado tempranamente por el Grupo Productivo en 2001, y filtrado por el tamiz político del gobierno de Eduardo Duhalde a principios de 2002, la primera encarnación del modelo tuvo tres ingredientes básicos: licuación de deudas públicas y privadas (gracias a la pesificación y devaluación en el caso doméstico, y al default en el externo); licuación de salarios; y nuevos impuestos ("al cheque", cortesía de Domingo Cavallo, y retenciones).

Estos ingredientes, introducidos entre enero y febrero de 2002, junto a un dólar alto que fue más consecuencia del colapso que virtuoso detalle de diseño, explican los superávits gemelos (fiscal y externo) y la rentabilidad empresaria que financió la inversión en ausencia de crédito –los dos pilares del milagro argentino.

El identikit básico del modelo post crisis se completaría con la exitosa restructuración de deuda (ya insinuada en 2002) y la extensión de la protección social para morigerar los efectos de la inflación (en línea con la extensión de los planes Jefes y Jefas de Hogar a principios de 2002).

Con el tiempo, este modelo defensivo, accidental fue resignificado como un plan deliberado por sus relatores. Y el dólar alto pasó de buscar una competitividad asiática a sostener, junto con el subsidio a las tarifas y los controles a la importación, un mercadointernismo basado en el consumo masivo y el ahorro selectivo. De ahí que los rubros que aumentaron su participación en la demanda fueran la inversión en equipos (fruto del ahorro empresario) y en ladrillos (fruto del ahorro de las clases medias altas).

Superada la crisis, el crecimiento acelerado se volvió condición necesaria de una ecuación en la que todos ganaron: el trabajador con salarios reales estables, el gobierno con más recursos, y las empresas con tasas y tarifas planchadas y aumentos salariales por debajo del aumento de la facturación.

Pero la preferencia por un dólar alto (que importó inflación mundial de alimentos) y el crecimiento de la demanda por encima del crecimiento natural de la oferta revivieron una inflación que, a fuerza de ser ninguneada, se volvió inercial acelerando la apreciación real que el plan original intentaba demorar.

Uno de los costos de este crecimiento inflacionario fue una abultada cuenta de protección social (AUH, jubilaciones) y otra mayor, más regresiva y discutible, de subsidios de servicios, que pisaron la inflación estimulando el consumo a expensas del superávit fiscal. Otro de sus costos fue el aumento acelerado de las importaciones –sólo parcialmente compensadas por la mejora del precio de los granos– a expensas del superávit externo.

No es mi intención evaluar el pasado sino usarlo para echar luz sobre futuro. Para esto, es útil advertir cómo, a diez años de su nacimiento, consumidos los superávits ganados con la crisis, el mantenimiento del modelo comienza a encarecerse.

El déficit fiscal y la menguante oferta de dólares se compensan con lo que hay: licuación de la deuda en pesos, impuesto inflacionario y, más recientemente, caída de reservas. Y con el precio de los granos estancado, el riesgo país en ascenso y el crecimiento mundial con revisiones a la baja, el contexto global ha dejado de favorecer al país: el viento de cola, soporte crucial del crecimiento inflacionario, amainó a fines de 2010, y una recesión mundial lo pondría ligeramente de frente.

¿Cómo sigue esta historia? Simplificando al extremo, pensemos en las dos versiones de la profundización que mencionaba en el primer párrafo: fijación y renovación (la realidad, más compleja, se situará en algún punto intermedio).

En la primera, extrapolando las tendencias actuales, cabría esperar: salida de capitales con presión sobre el dólar y caída de reservas; costo financiero alto (excesivo para las condiciones financieras del país); inflación sostenida (o en ascenso, si se aumentan tarifas para achicar gasto); inversión insuficiente y cuellos de botella en infraestructura; menor crecimiento. Y, asociado a esto último, debilidad política, estancamiento legislativo y recambio pendular en 4 años.

La renovación del modelo, por su parte, involucraría dos frentes sobre los que hay consenso: estabilización de precios (nuevo IPC, metas indicativas de inflación, coordinación de precios y salarios) y recuperación del margen externo para reducir el costo financiero local (según el plan original de Amado Boudou: nuevo IPC, normalización con el FMI, acuerdo con el club de Paris) –todo lo cual atraería inversiones extranjeras y repatriación de capitales.

Para apreciar la diferencia entre ambos caminos hay que recordar que, en el modelo actual, los dólares vienen de la cuenta corriente (en gran medida, aunque no exclusivamente, dólares sojeros), mientras que la cuenta financiera exhibe un déficit sistemático, reflejo de la pasión dolarizadora argentina (cebada por activos en pesos que pierden con la inflación) y el desinterés oficial por el inversor extranjero (epitomizado por la manipulación del IPC).

Ahora que los dólares sojeros no dan abasto, la continuidad del modelo se centra en prevenir la apreciación y preservar el superávit externo (protegiendo la industria local y las reservas) mediante intervenciones poco convincentes que van desde la cuestionada zona franca fueguina hasta los "cars for peanuts" de Guillermo Moreno. De ahí la creciente dolarización de los ahorros, reflejo de la expectativa de una depreciación acelerada –a mi juicio, improbable y de resultado incierto en un contexto inflacionario.

En todo caso, a estas alturas, la reversión de la salida de capitales parecería ser la opción natural en el corto plazo para reemplazar a las reservas como fuente de divisas y a la inflación como fuente de financiamiento del gasto, y para favorecer la inversión productiva e insuflar nueva vida a un modelo que ha consumido sus márgenes domésticos.

Esto está lejos de ser una vuelta a los 90. Por el contrario, si algo aprendimos de las crisis emergentes es que no fueron crisis de deuda sino de moneda (es decir, de sobreendeudamiento en moneda extranjera). Y la experiencia muestra que países exportadores de commodities e importadores de todo lo demás pueden convivir con déficits moderados de cuenta corriente financiados por inversión extranjera en activos en moneda local (de modo que, cuando la economía cae, es el inversor extranjero y no el país el que pierde).

La renovación del modelo implica reconocer sus limitaciones, implementar medidas con costo político, y abandonar el hábito de la autarquía financiera y las intervenciones espasmódicas. Una vuelta de tuerca en el mensaje oficial. Nada que un buen relator no pueda acomodar a posteriori.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?