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El fin del ciclo populista

Nicolás Dujovne
Nicolás Dujovne PARA LA NACION
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26 de agosto de 2011  

Si bien no existe una definición única sobre el término "populismo", en general se hace referencia a "un tipo de gobierno demagógico, a veces nacionalista y autoritario, que gasta más de lo que tiene y que pasa por sobre las instituciones y la ley, amparado en la fuerza que le da el apoyo de esa entidad teórica llamada pueblo". En un sentido más acotado, cuando los economistas hablamos de populismo, tendemos a referirnos a la aplicación de medidas insostenibles en el tiempo, aplicadas por gobiernos que se basan en el principio de que jamás hay que pagar un costo de corto plazo para generar un beneficio de largo plazo.

Si conceptualmente el término "populismo económico" se asocia al fenómeno de evitar sacrificios en el corto plazo, el conjunto de instrumentos tiende a repetirse: políticas fiscales y monetarias muy expansivas; controles de precios; proteccionismo, discrecionalidad y, por lo general, luego de un tiempo, atraso cambiario.

La duración de los ciclos populistas tiende a no ser demasiado larga, a menos que se produzcan condiciones externas excepcionales. Si lo que los define es justamente la aplicación de medidas insostenibles y la total ausencia de preocupación por el futuro, cuando éste llega y cuando lo que era sostenible deja de serlo, el populismo económico llega a su fin. El período 1940-1949 podría ser caracterizado como el más largo ciclo de aplicación de políticas populistas en la Argentina. El alza en los términos de intercambio que generó la Segunda Guerra Mundial para la Argentina culminó cuando en 1949 los precios agrícolas comenzaron a caer, se hizo notoria la aceleración inflacionaria y el deterioro del balance de pagos produjo el agotamiento de las reservas internacionales del Banco Central.

La Argentina enfrenta hoy algunos síntomas que dan cuenta del agotamiento del esquema económico populista que se implementa, probablemente, desde 2006. La política monetaria y cambiaria que posibilitó el resurgimiento de la inflación se mantiene sin cambios y el problema sólo es enfrentado falseando las estadísticas y controlando los precios. El gasto público creció hasta niveles récord en términos del producto bruto interno y depende, para su financiamiento, de la emisión monetaria y de los impuestos al comercio exterior que son, a su vez, muy dependientes de los volátiles precios internacionales de nuestros productos agrícolas. El congelamiento de los precios de la energía ha llevado a una monumental desinversión en el sector y la falta de incentivos para explorar han determinado que la Argentina se convirtiera en un fuerte importador neto de energía.

En una economía sobrestimulada, el superávit de la cuenta corriente del balance de pagos externos será cero este año, aun con precios internacionales récord y crecientes trabas a las importaciones. Para que la economía crezca en 2012, el resultado de la cuenta corriente del balance de pagos deberá ser negativo, ya que las importaciones crecerán por encima de lo que lo haga el PBI. Eso tornará inviable la continuidad de la política de acumulación de reservas internacionales, necesarias para pagar la deuda soberana denominada en dólares si se decide seguir prescindiendo del acceso a los mercados de deuda.

El fin del superávit externo ha resultado crítico para la mayoría de las experiencias populistas en la Argentina y en el mundo. A diferencia del déficit fiscal, que puede financiarse mediante fuentes locales, como en nuestro caso la estatización de las AFJP o el financiamiento monetario del Banco Central, el déficit externo requiere necesariamente el crédito internacional o la inversión directa externa. En ausencia de ellos, la única forma de financiar el déficit externo consiste en enfrentar un proceso de caída en las reservas internacionales del Banco Central. Por definición, esta fuente de financiamiento es limitada, ya que las reservas son finitas.

Abrir el crédito sobre bases permanentes requeriría generar ciertas condiciones de estabilidad y sostenibilidad de la política económica; terminar con algunos de los rasgos populistas; volverse homologable. La otra alternativa, consistente en dejar caer las reservas internacionales, implica contraer los agregados monetarios y soportar un aumento en las tasas de interés hasta que eventualmente la economía crezca a un ritmo mucho más bajo, las importaciones aumenten más lentamente y se restablezca el superávit externo. Pero al crecer así la relación de costo beneficio de mantener el statu quo económico se altera y crecen los incentivos a la normalización.

La aritmética indicaría, entonces, que, sea porque el Gobierno decide cambiar su política económica para generar confianza y derrumbar la salida de capitales, o porque no lo hace y la economía se frena, el actual ciclo populista se acerca a su fin; al menos, en lo que hace a su capacidad de producir crecimiento económico.

El largo plazo, implacable, ha llegado nuevamente. Esta vez, de la mano del final de la abundancia de dólares, De la capacidad de este gobierno y de los que lo sucedan de procesar este fenómeno dependerá nuestro nivel de vida del próximo lustro.

© La Nacion

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