María Eugenia Vidal: "la política es muy hostil"

Tiene 37 años, tres hijas y fue la elegida de Macri para seguir gobernando Buenos Aires. Dice que su estilo es firme, pero de mucho diálogo, y acusa al kirchnerismo de haber instalado la cultura del enfrentamiento
Any Ventura
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4 de septiembre de 2011  

La cita es a las 10 de la mañana en Castelar, donde vive la recientemente elegida vicejefa del gobierno porteño. Ubicado en un barrio típico de clase media, el chalet es de ladrillo a la vista, espacioso, confortable, nada lujoso. La sala de estar tiene una pequeña chimenea con una estufa de gas encendida, sillones modernos tapizados de blanco y una mesa de comedor de caoba con sillas al tono. Un lugar que no parece tener mucho uso. Después, la cocina y un quincho todoterreno. Allí están –recién levantados y en pijama–, sus hijos: Pedro, de 3 años; María José, de 8, y Camila, de 10. Está también Rosa, la empleada, que se ocupa de servirnos café, de darles la chocolatada a los niños y de ordenar el ir y venir del fotógrafo y de un jefe de prensa. En el fondo de la casa, una piscina discreta y totalmente vallada.

María Eugenia Vidal está en plena sesión de maquillaje, en las manos de Irene, la emblemática maquilladora de Marcelo Tinelli. En una mesa hay facturas que nadie come. Y unas flores artificiales decorando la mesa baja. No es fingido el clima familiar, no hay asesor de imagen que pueda manejar los comentarios de María José sobre Showmatch ni los de Camila, que quiere saber más cosas de la tele y que cuenta que se cambió de colegio. Es evidente que hasta allí no llegaron los consejos de Jaime Durán Barba, asesor político del Pro. Durante la charla pasará su marido, Ramiro Tagliaferro (diputado provincial e integrante de la mesa chica de Pro), camino a su trabajo. Un beso tranquilo y un diálogo corto para acordar quién busca a los niños en el colegio.

A los 37 años, María Eugenia Vidal no parece cultivar demasiados dobleces. Es así. Llana. Simple. No conceptualiza lo que hace: lo hace. Hurgar por caminos más intensos es frustrarse.

–Las mujeres que trabajan con Mauricio Macri parecen transitar primero una etapa muy brillante y después, por alguna razón, se opacan. Creo que eso es lo que le pasó a Gabriela Michetti: una vicejefa de gobierno interesante, que cuando se fue al Congreso perdió visibilidad. ¿A usted le puede pasar lo mismo?

–No. Yo tengo una característica, no sé si buena o mala: trato todo el tiempo de tomar distancia y perspectiva respecto de la administración del poder. Le dije a mi equipo: Voy a trabajar de vicejefa, no voy a ser vicejefa.

–Y entonces, ¿qué le pasó a Gabriela? ¿Se inmoló?

–Hizo un sacrificio.

–Antes de que Macri decidiera ser candidato en la ciudad hubo una especie de puesta a prueba, en competencia, de Horacio Rodríguez Larreta y Michetti. ¿No le parece un poco humillante?

–Yo, internamente, no lo viví así. Tal vez el problema fue cómo se comunicó. En cambio, internamente, fue un proceso que nos permitió a todos los que integramos Pro conocerlos un poco más a los dos. Ambos vinieron a mostrar cosas que habitualmente no muestran en el contacto cotidiano.

–Desde afuera parecía una zancadilla a Michetti. Porque el poder hoy lo tiene Rodríguez Larreta.

[Se queda en silencio. Por primera vez, duda cómo responder.] –No sé si es así. Gabriela, para mí, sigue siendo una dirigente muy importante. Porque posee muchas condiciones, y eso no se pierde. La política es muy hostil, y requiere mucha fortaleza.

–¿Cuál fue el momento de mayor hostilidad política que usted sintió?

–No sé si hubo un momento en particular que yo recuerde. Pero sobre todo en los últimos años, y a partir del kirchnerismo, que ha instalado la cultura del enfrentamiento, del antagonismo, la que dice que el que no piensa como ellos es un enemigo. Esto ha profundizado la hostilidad. El PRO es un espacio sobrejuzgado, donde todo el tiempo hay que dar más explicaciones que las que da el resto de los espacios políticos. Y yo tengo un estilo firme, pero de mucho diálogo. No creo que haya que levantar la voz para tener razón.

–¿El conflicto en el Parque Indoamericano fue un punto de no retorno?

–Fue una situación difícil, pero no la de mayor hostilidad.

–Y desde el punto de vista personal, ¿cuál fue el momento en que estuvo más angustiada?

–La primera vez que me sentí así, realmente muy angustiada, fue durante mi segundo año de gestión, cuando hubo un incendio en el que murieron seis chiquitos, seis hermanos, en La Boca, en un ex banco tomado. Si bien el incendio fue accidental, nosotros acompañamos a la familia durante mucho tiempo. Fue un primer golpe muy fuerte. Después vino lo del Indoamericano y otras situaciones difíciles, pero ésa fue la primera vez en que realmente me sentí golpeada.

–¿En esta casa se habla de política?

–Con mi marido nos contamos sobre nuestro trabajo. A mis hijos, trato de preservarlos de las cosas más hostiles o complicadas porque son chiquitos, pero saben lo que hacemos. Los he llevado a mi trabajo y a recorrer comedores y villas en la ciudad, y Ramiro también los ha llevado a su trabajo. Queremos que tengan una vida lo más normal posible, y cuando llegamos a casa tratamos de que el tiempo sea de ellos; no tanto hablar de lo que nos pasó a nosotros, sino de escucharlos.

–¿Cómo es trabajar con Durán Barba?

–No tengo un trato cotidiano con él. Debo haberlo visto en dos reuniones en toda la campaña. Creo que hay un mito armado alrededor de su influencia. Pero después hay una sobreestimación de que todo lo que se hace está armado o pautado.

–La sensación que dan es que tienen un discurso único.

[Silencio para calcular lo que va a decir.] –Probablemente compartimos una visión muy parecida de hacer las cosas.

–Más que compartir una visión parecen compartir un discurso único.

–No tengo esa sensación. Estoy convencida de que lo mejor es mostrarse como uno es. Entonces, con mis más y con mis menos, he tratado de mostrarme como soy, y la gente me lo reconoce.

–Entre el auto oficial, el chofer y los asistentes, los funcionarios viven en una burbuja y se alejan de la gente. ¿Quién llena la heladera en esta casa?

–Excepto en campaña, cuando me reemplazó mi marido, y aunque no me encante ir al supermercado, las compras para toda la semana las hago siempre yo.

–¿Van al colegio, a reuniones de padres?

–Sí. Se hace difícil que vayamos los dos. Pero vamos a todas las reuniones, o va él o voy yo. Trato de no perderme los actos escolares porque, como todas las madres, me emociono, se me caen las lágrimas, saco veinte fotos, los filmo.

–¿Estuvo a favor del matrimonio igualitario?

–Sí. Creo en la igualdad de derechos, y me pareció bien.

–¿Le parece que sería bueno debatir una ley para despenalizar el aborto?

–Yo estoy en contra. No tanto por motivos religiosos, sino porque desde el punto de vista biológico, creo en la vida desde la concepción. Entonces se me hace difícil, pero insisto, que aunque también tengo una posición religiosa, no es por ello, sino porque creo que hay vida intrauterina. Se me hace difícil sostener el aborto. Como ministra de Desarrollo Social y como dirigente siento que para sostener esta posición mi compromiso desde el Estado es evitar que ocurra.

–Esta pareja, ¿cuánto gana mensualmente?

–Entre 10.000 y 12.000 pesos yo. Y él, 14.000. Con esto vive y ahorra esta familia.

–¿Cuál es su patrimonio? ¿Esta casa es suya?

–Sí, la compré con un crédito que estoy pagando y tengo el mismo auto desde el día en que asumí. No tengo nada más. Un solo auto, el Mégane que está afuera. Tratamos siempre de tener un pequeño ahorro, por las dudas, por si pasa algo. Eso es todo.

–Nada en usted parece casual. ¿Tiene un asesor de imagen?

–Yo era bastante relajada (se ríe de un modo coqueto), hasta el límite de que no me importaba el maquillaje o la ropa. Estar en Desarrollo Social me permitió sostener un estilo sencillo, donde no le ponía mucho esfuerzo. Cuando empezó la campaña, hubo muchos que me dijeron: "Ahora que estás más expuesta tenés que preocuparte un poco más". No podés ir –cosa que me pasaba– a tres programas de televisión con el mismo vestido. Claro, a partir de que me lo señalaron, le empecé a prestar un poco más de atención.

–¿Qué siente que aporta a la política?

–Siento que lo acompañé bien a Mauricio.

–¿No es como en los matrimonios, un 50% cada uno?

–No, no lo siento así, tan balanceado.

–¿Cree que Macri es el ciento por ciento?

–No sé, pero en esta elección pudo mostrar un costado que muchos ya le conocíamos, pero la gente no: un costado más humano, más cercano. Pudo mostrarse más como es.

–Ustedes tenían algunas viviendas del plan de las Madres de Plaza de Mayo. ¿Alguna vez se reunió con Hebe de Bonafini o con Sergio Schoklender?

–Sí, una vez, con Schoklender,  al principio de la gestión, porque él tenía un convenio con el ministerio de la gestión anterior [Telerman] y también un reclamo. El convenio se había pagado, pero él decía que había hecho gastos adicionales y quería que el ministerio se los pagara. Hice una auditoría, después mandé el expediente al área legal del gobierno y se consideró que no correspondía. Le dijimos que no. Después no tuve más contacto.

–¿Cuál es su mirada sobre algunos de los organismos de derechos humanos, por ejemplo, Abuelas?

–Creo que hicieron un aporte enorme en poder denunciar una situación en momentos muy difíciles de nuestro país; creo que también hicieron un aporte enorme al poder recuperar a todos esos nietos. Pero creo que se equivocaron cuando tomaron partido desde el punto de vista político. Tenían un prestigio y un respeto de la sociedad que se les restó al haber tomado esa posición.

–¿Sus padres tienen algún amigo desaparecido?

–No. Tenemos un solo episodio, de cuando empezó la dictadura. Mi padre trabajaba en la villa 31, en un centro de salud. Un día entraron los militares en mi casa buscando a alguien. Mi mamá pensó que podía ser mi papá, por su trabajo como médico. Pero se dieron cuenta de que se habían equivocado y se fueron. Sin embargo, fue un momento muy violento. Ese fue todo nuestro contacto. Después, por suerte, como mi familia no militaba políticamente no nos pasó nada.

–En una casa donde no se hablaba de política, ¿por quién votaban?

–Mi papá votó por Perón cuando Perón volvió al país. Mi abuela y la familia de mi mamá sí reivindicaban el peronismo. Es una familia de origen muy humilde. Mi abuela fue portera, mi abuelo fue bancario y tuvieron muchas dificultades. Una de las primeras muñecas de mi mamá se la dio Evita. Si bien no eran peronistas, en mi casa no había una cosa antiperonista. Como muchos argentinos, cuando terminó el Proceso y empezaron a ver todo lo que había pasado...

–¿No hay una contradicción entre vivir en Castelar y ser elegida en Capital?

–No. Yo no lo siento así. La Capital va a ser siempre mi lugar. Ahí nací y ahí viví casi toda mi vida, mi infancia, mi adolescencia, la Universidad. Allí conocí a mi marido.

–¿Le podría reconocer alguna virtud a Cristina o a la gestión Kirchner?

[Contesta con tranquilidad] –Sí, por supuesto. Le reconozco, por ejemplo, la Asignación Universal por Hijo. Creo que fue un paso adelante, tal vez no lo suficientemente amplio como lo que pedíamos desde la oposición, porque no tiene un mecanismo de ajuste por inflación, que es algo que hace que los hogares vayan perdiendo poder adquisitivo. Le reconozco también el cambio de la Corte, al principio. Creo que fue una bocanada de aire fresco, después de la Corte que habíamos tenido durante tantos años. De todos modos, tengo profundas diferencias.

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ALGO MUY PERSONAL

María Eugenia Vidal tiene 37 años. Está casada con Ramiro Tagliaferro (diputado de Pro), con quien tiene tres hijos: Camila (de 10 años), María José (8) y Pedro (3).

Licenciada en Ciencias Políticas egresada de la Universidad Católica Argentina, fue directora de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud de la Legislatura porteña. En 2007 se convirtió en legisladora de Pro y al año siguiente asumió al frente del Ministerio de Desarrollo Social porteño.

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