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Yo quiero ser Laura Ingalls

Carolina Refusta interpreta las problemáticas de la adolescencia
Jazmín Carbonell
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7 de septiembre de 2011  

Dirección y dramaturgia: Daniel Perisse. Interprete: Carolina Refusta. Producción de arte y video: Carla Marconi. Vestuario: Mercedes Arturo. Asesoramiento Coreográfico: Nayla Perisse. Diseño de iluminación: Pablo Alfieri. Sala: Tadrón Teatro, Niceto Vega 4802. Funciones: Jueves, a las 21.30. Duración: 50 minutos

Nuestra opinión: buena.

Una joven en el despertar sexual de la adolescencia se comunica a través de su computadora. El mundo que la rodea no parece comprenderla y ella mucho menos a él. En medio de la soledad extrema, de la búsqueda de situaciones que la hagan un poco más feliz, Anna Turz escribe y se descarga en su blog. De esas anotaciones y de esos pensamientos, surge este nuevo unipersonal.

Las contradicciones, los pensamientos que duran sólo unos segundos, los deseos, las frustraciones y el no conocerse para nada, pero ya necesitar saber quién se es son los disparadores para esta catarata de palabras, por momentos casi sueltas, que Carolina Refusta en la piel de Anna nos lanza de manera compulsiva durante los cincuenta minutos que dura la obra.

La música acompaña las palabras y, por momentos, se transforma prácticamente en el otro personaje de la obra, como en la vida de muchos adolescentes que al sentirse incomprendidos por sus padres, sus profesores y todos los adultos que están cerca, encuentran en sus canciones favoritas un refugio. Así, Anna cuenta que escucha música fuerte, muy fuerte, para no escuchar ni siquiera sus pensamientos. Y los espectadores, en las sombras de la platea, tendremos que acompañarla, aunque tan sólo sea como testigos.

Si bien al principio la obra parece caer en todos los clichés imaginables, a medida que avanza la acción va convenciendo y esa joven frustrada e insatisfecha, llena de preguntas, se va haciendo presente dejando claro que, efectivamente, no encuentra la clave para pasarla un poco mejor y que mientras tanto adolece. Y esa juventud exaltada, gritona, inaguantable, lo es para ella también. Un amor que no llega, un hombre que no es exactamente como ella lo imaginó, la clásica ciclotimia que se sufre sobre todo a esa edad, pero que a muchos los acompaña desde entonces.

Adolescencia de cerca

Con todos estos conceptos, la pieza cumple su función de acercarnos, al menos por un rato, a ese mundo eufórico de la adolescencia, a tratar de entenderlo, incluso cuando ni siquiera ella puede comprenderlo en lo más mínimo. Con el vocabulario preciso de esa etapa de la vida, Anna nos muestra su pasaje de la niña que definitivamente ya no es a esa mujer que algún día será. El vestuario primero muy colorido, informal, casi chillón se va transformando en otro, uno negro y elegante. Como si la ropa pudiera cambiarnos de un día para el otro, ella se disfraza de mujer, juega a serlo y así, de a poco, lo logra. La actuación de Carolina Refusta es muy buena, sobre todo si se tiene en cuenta que su personaje es, por demás, insoportable.

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