El pueblo donde no queda nadie

Sobre una amplia bahía atlántica y a sólo 140 km de Trelew, Cabo Raso parece hoy una ciudad fantasma
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31 de mayo de 1999  

CABO RASO, Chubut.- El viento, salado, lleva la marea hasta muy cerca de las casas y deforma las pocas plantas que ya a nadie protegen, porque tras ellas no queda gente que hoy busque algo de protección y amparo.

Sólo el ruido de las olas les contesta a las ráfagas y no existe otro sonido que pueda entreverarse. Es que la ausencia no tiene voz.

Ya no están los pescadores ni sus barcas en la bahía. Sólo queda en la memoria el murmullo de aquellas noches de fiesta, de redes pesadas por la carga de pejerreyes y salmones. La soledad quedó como dueña de un pago sureño y querido que hace tiempo cayó vencido por el éxodo.

Cabo Raso es hoy un pueblo fantasma en el que sólo viven los recuerdos de épocas que se fueron. Quizá sea uno de los pocos lugares de este país en el que no quedó nadie.

Los hombres ya no están y en el cementerio del pueblo sólo quedan los restos de quienes se fueron del mundo.

Ubicado en una maravillosa bahía sobre el Atlántico, Cabo Raso se encuentra a 140 kilómetros de camino de ripio hacia el sur de Trelew. Rodeado de estancias típicas de esa zona, en las que se crían lanares, tuvo su historia y su vida antes de que sus casas se quedaran sin nadie, antes de que se apagara la última mecha de un viejo farol de querosén.

Entonces, si no hay luna, la noche es oscura, porque ni la espuma del mar puede devolver el reflejo ni la osamenta de un cordero encenderse en luz mala. Sólo cuando llega el alba se puede ver lo que fue la oficina de correos, leer el gastado cartel del almacén La Castellana, caminar por entre las construcciones abandonadas y derruidas y acercarse al viejo internado que albergaba por largas temporadas a chicos del campo que venían desde más de 100 kilómetros a la redonda.

Las primeras casas de Cabo Raso se levantaron a fines del siglo pasado y hoy, a poco del nuevo, muchas quedaron casi desmoronadas. El pueblo fue un lugar de pescadores y en donde diversos barcos se podían arrimar hasta muy cerca de la costa por la profundidad de las aguas frente a sus playas.

Allí se producían intercambios, trueques de mercaderías. Desembarcaban latas por carne de cordero o especias por bolsas de papas.

Los sábados por la noche aparecían, desde los campos cercanos, peones que tras atar sus caballos en el palenque de La Castellana se reunían para despuntar algún vicio y, entre cartas, tabaco y ginebra les daban vida a esos días mientras sus fletes le daban el anca al viento.

Otras noches, la playa se iluminaba en verdaderas fiestas populares a las que asistía todo el pueblo y animaban los pescadores. Eso no era poco, si se piensa que hoy es nada

Bautizado por la geografía

El nombre al pueblo se lo dio su misma geografía, ya que no es un cabo alto, sino bajo y achaparrado que permitió el diario embarque de quienes cosechan en el agua.

En la estafeta postal estaba José Alberto García, un telegrafista que hacía las veces de portuario, porque con su linterna y conocimientos del Morse se comunicaba con los barcos indicándoles cómo estaban las condiciones para anclar bien cerca de la costa. Uno de sus hijos, Enrique, hoy vive en Trelew, pero se crió en Cabo Raso.

Es de las pocas voces que hoy traen recuerdos. "Allí pasé años increíbles de mi vida. Viví frente al mar y jamás podré olvidar las noches de luces en la playa, donde todos nos juntábamos a compartir una fiesta."

En 1972, la estafeta postal cerró, los viejos pobladores comenzaban a terminar sus días en la Tierra y la gente del campo comenzó a optar por otras localidades, como Camarones, Rawson o Trelew.

El pueblo ya no era el de Ñanco, un conocido indígena del lugar, y las casas se quedaban vacías. Sólo una construcción se levantó, en 1981, pero en realidad no era una vivienda sino una posición antiaérea destinada a defender el continente durante la Guerra de las Malvinas, que nunca llegó a utilizarse. Hoy está allí, indestructible, detrás de las acanaladas chapas del viejo correo.

En 1987 murió la última pobladora del lugar, doña Mercedes Finat, una tesonera que era el alma de Cabo Raso, porque ella fue la patrona de La Castellana. Doña Mercedes no salió del pueblo durante más de 30 años y todos los días de su vida fue la encargada de pasar, ad honórem, el parte meteorológico de la zona hacia la capital de la provincia.

Mercedes Finat jamás votó ni dejó su pueblo para ver siquiera a un médico. Con ella terminó de extinguirse la vida humana en Cabo Raso.

En el pequeño cementerio azotado por el salado viento hay, entre los 25 sepulcros, una tumba con sus restos y placas de reconocimiento que van desde los pescadores hasta los estancieros de la zona:"A la defensora de Cabo Raso", se lee allí.

Otras tumbas recuerdan a gente de la zona, como Finn Olsen, un hombre vinculado con la ayuda de los alemanes que desembarcaron en esas costas tras perder la guerra. Hay otros nombres de lo más diversos que tendrán que ver con esta historia: F. Molina, Ana Shulze, Martín Echegaray o Tomás Ostúa.

Enrique García se emociona cuando habla de Mercedes Finat: "Fue una mujer única, de una personalidad espectacular y sin duda la más querida de Cabo Raso".

Una sola huella

Hoy, un solo hombre está de paso por el pueblo, y por poco tiempo. Se llama Eusebio Castro y junta algas en la orilla para entregárselas cada diez días a una planta que hay en Gaiman. Pronto se irá a Esquel, apenas obtenga su jubilación.

"Mientras -dice-, acá estoy muy solo y sin ver a nadie, aunque lo bueno es que me mando a mí mismo. Es como si yo fuera el capataz de la playa."

Castro tiene como única compañía a un perro negro que se llama Huaike (paisano, en lengua mapuche), come de vez en cuando un cuarto de cordero que le traen desde El Changuito, un campo cercano, y habita una de las casas que en los 70 fueron abandonadas.

Es una de las diecisiete que todavía quedan más o menos en pie, pero sin vida. Es que un día también se apagó la vida de la tesonera Mercedes Finat y Cabo Raso terminó por convertirse en un pueblo fantasma.

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