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El predicador del modelo nunca imaginó tener tantos fieles

El líder de la UIA resurgió de 2002, les ganó a sus detractores y los convenció de apoyar al Gobierno
Francisco Olivera
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11 de septiembre de 2011  

Hay una anécdota que José Ignacio de Mendiguren, uno de los pocos empresarios argentinos frontales, niega de modo rotundo. Y ocurrió en la cara de dos cronistas de La Nacion. Fue el 9 de febrero pasado, horas después de que renunciara Héctor Méndez, su antecesor en la Unión Industrial Argentina (UIA). Méndez se había ido tras el huracán que otro empresario, Javier Madanes Quintanilla, provocó al reclamar internas abiertas en la entidad. Esa tarde, en plena crisis, Mendiguren se reunía en silencio en el Ministerio de Planificación. "No es verdad -insiste todavía-. No era yo. Hagamos un careo con los que dicen que me vieron". Los testigos eran dos experimentados periodistas de Economía.

La situación parece ahora irrelevante. Pero explica el principio de un proceso que derivó en su designación al frente de una UIA que intentaba, ya en esos días, tender líneas con el Gobierno. Había fracasado la unción de otros con espaldas más anchas, como Luis Betnaza (Techint) y Adrián Kaufmann (Arcor), más díscolos a la Casa Rosada.

Ese respaldo de Julio De Vido y su histórica relación con Hugo Moyano le depararon este momento de esplendor. Que consiste en haber hallado la ruta del tesoro escondido del desierto empresarial: el diálogo con el kirchnerismo. Por qué Mendiguren juzgará tan importante aquel contacto con De Vido, al punto de negarlo y sugerir, sin decirlo, un oftalmólogo para dos cronistas, será siempre un misterio. No tanto la preferencia oficial en la UIA: eran los grandes grupos -para el Gobierno, enemigos- o el textil.

Abogado, escribano y posiblemente el lobbista más brillante de la Argentina, Mendiguren tiene además, a los 60 años, el record de recuperación de imagen en la entidad fabril, a la que decidió volver en 2004, con la presidencia de Alberto Alvarez Gaiani, tras su gestión como ministro de Eduardo Duhalde en 2002. La condición del elenco fue ofrecerle la segunda vocalía suplente. Y aceptó igual. "Me dijeron, Si querés volver, vení a servir café , y yo pregunté dónde estaban las tazas", suele recordar.

Eran momentos de perfil bajo y de reflexión. Venía golpeado por haberle puesto el cuerpo a una devaluación que, en realidad, había pedido a gritos casi todo el arco industrial y parte de la clase política. Soportó cacerolazos frente a su casa de San Isidro y les puso custodia a sus hijos. Duhalde lo había convocado cuando se aprestaba a salir de vacaciones. "Vuélvanse", les dijo a sus hijas Agustina y Milagros, que lo precedían en el viaje a Lagoinha, Brasil, donde perdió el alquiler de la casa.

¿A quién reclutar en esa Argentina en llamas? Intentó en la UIA, pero muchos que se habían ofrecido como funcionarios recularon a último momento. Buscó después apoyo en una reunión en La Torcaza, la casa de Carlos Pedro Blaquier, donde Arturo Acevedo, de Acindar, fue el primero en dárselo. Se formó así un grupo que pretendía imitar el modelo brasileño y que se reunía en las oficinas de la consultora Booz Allen. Eran los primeros pasos de la Asociación Empresaria Argentina.

Herencia vasca

Esa parábola personal terminó semanas atrás, cuando logró, tras reunirse con la Presidenta, reconciliar al Gobierno y a Techint días antes de las primarias. Son dotes que habrá heredado de Bruno, su padre, un ingeniero que fue ministro de Relaciones Exteriores del gobierno vasco, vino a la Argentina por la Guerra Civil Española y había llegado a ganarse la vida como actor en Francia.

En realidad, el textil casi no lo conoció. El 28 de diciembre de 1950, ya instalados los Mendiguren aquí, cayó el avión que traía a Bruno y a su cuñado Juan Salinas de Mar del Plata, donde construían el hotel Alfar. Elena Salinas, española de irrompible fe católica y misa diaria, quedó entonces sola en el país a los 36 años, viuda y con seis hijos. Entre ellos, el pequeño José Ignacio, de tres meses.

Así transcurrió la vida de un líder carismático que, en 1976, ya asesor legal de PriceWaterhouseCooper, dejó ese puesto bien pago para vender zapatillas en un Ami 8 sobre la ruta 205. Arrojo que supo combinar con disciplina y talento. Hace 20 años, la doctora Agnese le hizo un mapeo cerebral. El resultado dio que Mendiguren tenía desarrollado el hemisferio derecho, donde reside la creatividad y lo que los psiquiatras llaman "asociaciones inéditas". Su flanco débil era la otra mitad, abocada a ciencias duras e idiomas. Pensando en su dificultad para el inglés, pidió consejo. A esta edad, sólo explote al máximo el campo donde más se destaca , dijo la médica.

Así lo hizo. ¿De ahí surgirá la retórica con que convenció a sus pares de que es hora de apuntalar al Gobierno, táctica que lo expone a la crítica de lisonjero? Para explicarles lo que no habría que hacer, les cuenta un chiste. El del guardabarreras que, tras fracasar varias veces en advertir a dos trenes que van por la misma vía y en dirección opuesta, llama a su mujer y le dice: "Carlota, venite a ver el choque ferroviario". En la metáfora subyace desconfianza hacia la Presidenta: si no se la acompaña, podría chocar. O radicalizar el populismo, en dialecto felettiano.

No siempre actuó así. En junio de 2001 impulsó con la UIA un documento que pedía "poner fin al hambre en la Argentina". El ministro Nicolás Gallo calificó el informe "de lamentable" y lo llamó: Vasco, cómo te habrás puesto de duro que hasta Moyano coincide con vos , le dijo. Días después, en la conferencia anual fabril, Mendiguren confeccionó un panel de sorprendente diversidad ideológica que incluía a Moyano y al banquero Eduardo Escasany. ¿Por qué no insistió con esa pluralidad?, le preguntó La Nacion hace un año en el mismo foro, tras escuchar a Eduardo Curia y Aldo Ferrer. Respuesta: "Ahora no. Es tiempo de consolidar las ideas. En 2001 había que polemizar".

Son las pocas cosas que lo exasperan. La discusión sobre un modelo "no industrial" o, peor, cualquier crítica a su gestión con Duhalde, que juzga fundacional en la reactivación. "No me agarran más", jura hoy, y recuerda que llegó a tener miedo de cambiar la goma del auto. Fueron épocas de peleas con periodistas. Les mandó a dos de ellos una copia del pasaje de su hijo José Ignacio, a quien había llevado como asistente en una gira a China. Lo había pagado de su bolsillo en turista.

He ahí otra de sus fortalezas, reconocida aun por quienes lo detestan. Por ejemplo, todas sus gestiones con Cristina Kirchner versan sobre problemas del sector, no personales o de su pyme, Texlona SA, fabricante de hilados y calzado. El otro aval podría llegar del periodismo: puede enojarse con un cronista, pero nunca llevará sus reclamos a los jefes, como acostumbra gran parte del establishment .

"Soy un buscador de consensos" repite. El rótulo puede entrar en riesgo de vez en cuando. Pasó días atrás con Hugo Biolcati: la famosa reprimenda del Grupo de los Seis al ruralista en un almuerzo, que Mendiguren le contó a Boudou y a Tiempo Argentino, nunca existió. Lo asaltaba en realidad un viejo rencor por críticas de Biolcati en la UIA hacia su rol de 2002. "En mi propia casa", suele envalentonarse. Al día siguiente, después de un llamado del de la Rural, se rectificó en los medios y lo recibió en Tecnópolis. Justo a tiempo antes de arruinar otro de sus vendedores axiomas: terminar con la antinomia campo-industria.

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