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No hay ciudad más kirchnerista que Atamisqui

Paz Rodríguez Niell
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18 de septiembre de 2011  

ATAMISQUI, Santiago del Estero.– No hay una calle que se llame Néstor Kirchner ni una plaza Cristina Presidenta. No se paraliza el pueblo para ver 6,7,8 y no hay ni un solo pasacalle K. Sin embargo, Atamisqui es el lugar más kirchnerista de la Argentina. Aquí, la Presidenta ganó las primarias con el 93,25% de los votos. En ningún otro lado logró un triunfo tan abrumador.

Una de las pocas pruebas de que éste es un año electoral está en la fachada de la municipalidad, pintada de un naranja brillante, donde el intendente pegó un afiche de campaña de Cristina. El sabe que no es de lo más prolijo, pero dice que por el momento nadie se quejó. Difícil que alguien lo haga. En Atamisqui no vive ningún dirigente opositor del Gobierno.

Con un clima brutalmente árido, este pueblo del corazón de Santiago del Estero tiene pocas posibilidades de prosperidad a la vista. Es difícil hacer crecer algo más que arbustos llenos de espinas y la principal fuente de ingreso de su gente es el trabajo golondrina. En Atamisqui viven 4000 personas (11.000 contando las afueras) y cuando se acerca el verano, la población masculina sufre una reducción drástica; la mayoría de los hombres se va a la "desflorada".

Las mujeres heredaron de sus madres el trabajo en los telares. Las alfombras y mantas de Atamisqui, llenas de colores, son famosas en Santiago. "Acá el primer juguete de las nenas es el telar, pero hoy estamos más valoradas y nos unimos. Nos cambió la vida", dice Josefa Melián, vicepresidenta de Teleras Atamisqueñas, una cooperativa que se creó para administrar $ 160.000 que recibieron el año pasado del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Hoy, 43 mujeres venden sus tejidos en un pequeño negocio que abrieron frente a la gran plaza de Atamisqui. Sus clientes son casi todos pescadores de dorado que están de paso. El proyecto les permitió conocer el país. Casi ninguna había salido antes de Santiago.

La bonanza de las tejedoras, a las que ahora reconocen en el pueblo como "artesanas", es una de las razones por las que arrasó el kirchnerismo. Pero también, las 2000 asignaciones por hijo, las 1200 jubilaciones nuevas y la fiebre de obras públicas. Este pueblo, uno de los más antiguos del país -tiene 468 años-, recibió en los últimos tiempos una inyección de fondos nunca vista; sobre todo, del gobierno nacional. Estrenó acceso pavimentado, acaba de inaugurar un hospital y tiene una nueva planta potabilizadora de agua.

El agua es un bien muy escaso en Atamisqui: la que hay es de mala calidad y sólo llega a las casas, en el mejor de los casos, dos horas por la mañana y otras dos por la tarde.

* * *

Son las 15 y aunque el sol pega fuerte, cinco hombres, todos con palas, trabajan frente a la iglesia en lo que será el nuevo bulevar. En la esquina opuesta de la plaza, en otro sacrilegio a la siesta santiagueña, van y vienen un tractor y una escavadora. "Los albañiles estamos trabajando todos para la municipalidad. Cero desocupación nosotros. Somos todos kirchneristas", dice divertido Alfonso Giménez, acodado sobre su pala.

Quien llega por primera vez a Atamisqui se encuentra con un pueblo calmo, donde es imposible imaginar un escenario de agitación política. El intendente, la policía, el colegio, las hermanas salesianas, la iglesia evangélica y los clubes, todos, forman parte de un Centro de Integración Comunitaria que discute cómo afrontar los problemas del pueblo. Pero no siempre el clima fue éste. En 2004, cuando la provincia fue intervenida después del largo dominio de los Juárez, Atamisqui era un caos y se dispuso también su intervención.

Roberto Brandán, el mismo intendente que está hoy (por entonces, juarista), estaba suspendido por sospechas de corrupción, habían tomado la municipalidad y dos grupos antagónicos del PJ se habían enfrentado en la plaza en una batalla que terminó con la muerte de un amigo del intendente. La intervención duró más de un año. Después, hubo nuevas elecciones y Brandán volvió a ganar. Hoy, cuesta encontrar quien hable de aquella historia. "Fue muy duro y muy humillante para mí y para toda la comunidad. Queremos cerrarlo y olvidarlo", dice el intendente.

Es un joven alto y flaco, con un andar tranquilo que evoca mucho más sus años de seminarista (ocho, con los salesianos), que aquel pasado tormentoso. Sigue teniendo opositores con intenciones de desbancarlo, pero en las primarias todos trabajaron juntos para el kirchnerismo. Los resultados son elocuentes: de los 5555 votos, 5180 fueron para la Presidenta.

El dice que la gente no vota por la ruta ni por el hospital. "Sí por el trabajo y, sobre todo, por la asignación y la jubilación." Cuenta que su mamá trabajó desde los 11 años limpiando en casas de familia y que nunca hizo aportes, pero que el año pasado se jubiló. "¿Vos sabés lo que es para ella poder ir al banco a cobrar un sueldo?"

Atamisqui tiene ahora su propio banco. Además de ser más cómodo, favorece al comercio local. Antes, la gente iba a cobrar a Loreto, a 60 kilómetros.

Brandán cuenta que es oficialista desde antes de que lo fuera el gobernador, el radical Gerardo Zamora, por quien no siente especial afecto. "Eramos kirchneristas cuando no sabíamos ni cómo se pronunciaba -dice-. La provincia nos tenía relegados." Entonces, empezó a recibir apoyo del gobierno nacional. Tuvo una ventaja: es amigo personal de Luis D'Elía. Juntos trabajaron en la parroquia Don Bosco de Isidro Casanova, y él, como subsecretario de Tierras, le consiguió fondos para la primera gran obra: 6000 metros de cordones cuneta.

Atamisqui es un caso extremo en un contexto que se le parece bastante. Santiago es el distrito más kirchnerista del país (la Presidenta superó aquí el 80%). Pero a Brandán le gusta decir que él es "un bicho raro" en la provincia porque no regala comida y sostiene que todos deben trabajar. "En 2002 me denunciaron por hacer trabajar a la gente que recibía planes sociales", dice orgulloso.

* * *

"¿Qué trabajo? Acá no hay nada. Todos viven de los planes y votan a Cristina", se indigna Eduardo García, que atiende, con su mujer, la farmacia del pueblo. Ellos sí que son bichos raros: pertenecen al 0,5% que votó a Rodríguez Saá. "Asignaciones, jubilaciones nuevas, pensiones de discapacidad a gente que a veces ni es discapacitada... Para mí, si querés algo, tenés que trabajar", dice. Verónica asiente. Comparten que el pueblo avanzó, pero se quejan de la falta de agua y del alcoholismo. "Ves changuitos chiquitos tomando todo el día", dice ella.

El agua es un problema también para Alberto Rodríguez. Tiene un horno para hacer ladrillos que, sin agua, no produce. "Acá hay mucha construcción, pero la municipalidad tiene su horno y el intendente hace trabajar sólo a su gente", protesta. Está esperando la desflorada. "Es un trabajo terrible. Mucha calor; no se aguanta, pero en un mes sacás 2000 pesos." Vive de eso, el trabajo de telera de su mujer y la pensión (tienen 13 hijos).

Para Elpidio Villavicencio, en cambio, el agua no es un problema. Todo lo contrario. Vive al lado del río Dulce y es el responsable de lo que alguien bautizó el "buquebús atamisqueño", un bote de madera con el que cruza a la gente por cinco pesos. Elpidio adora las elecciones. En las últimas, llevó como 100 personas de un lado al otro; todo pagado por la municipalidad. "Creo que muchos ni votaron, pero, como era gratis, todos querían cruzar", dice. Al intendente mucho no le importó. Con semejante triunfo, no podía pedir más.

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