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Príncipes...

El tema de la diversidad sexual, pensado para chicos
Juan Garff
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23 de septiembre de 2011  

Autora: Eleonora Castel (basado en el cuento Rey y Rey de Linda De Haan y Stern Nijaland) / Dirección: Adriana Sobrero / Intérpretes: Eleonora Castel y Antonio Quispe / Escenografía: Bana Fernández / Vestuario: Alicia Martínez / Sala: La Huella, Guardia Vieja 3802 / Funciones: Sábados, a las 16.

Nuestra opinión: buena

El príncipe debe casarse para poder llegar a ser rey. Ese es el mandato encarnado por la madre reina, quien desea dejar el trono, agobiada por las tareas de gobierno. El joven se resiste. Prefiere jugar carreras con su trono rodante. Pero el amor por su madre lo lleva a aceptar: comienza el desfile de princesas candidatas. Todas resultan tan poco atractivas como las hermanas mayores de Cenicienta (y esta última no aparecerá). Una es caprichosa; la otra, insoportablemente engreída, y la tercera, un tanto lela. Al príncipe sólo le gustan sus correrías y quien se presenta como compañero de juegos es el hermano de una de las princesas. En el momento de elegir consorte, se le cruza una y otra vez la imagen de este amigo. La consecuencia: le dice a la madre que se casará con él.

Queda así planteada la cuestión de la diversidad de la elección sexual, por primera vez explicitada en Buenos Aires en una obra dirigida al público infantil, en una versión de Eleonora Castel, de un cuento de las autoras holandesas Linda de Haan y Stern Nijaland. Hace ya unos años, Perla Szuchmacher había estrenado en México otra transcripción teatral del mismo relato. La versión local lleva la historia al retablo titiritero, lo que le otorga características más etéreas. Los muñecos, de bella factura, son manipulados a la vista por una pareja de titiriteros. Si bien al comienzo cuesta un poco centrar la atención en los muñecos, a medida que avanza, la historia adopta un desarrollo fluido, con buena administración de recursos titiritescos por parte de la puesta en escena de Adriana Sobrero.

Tal vez resulte dramatúrgicamente un tanto repentina la aceptación de la elección marital del príncipe por parte de la madre, que sólo opone, tras una primera expresión de descreimiento, el problema que significa tener que cambiar las tarjetas de invitación a la boda. Pero sigue una lógica estricta, en cierto sentido infantil. Los niños entre el público exclaman también que se trata de un error, pero en el tono de las típicas intervenciones del público frente a las peripecias de los títeres. Y luego toman la boda entre los príncipes varones como parte del cuento. Con la misma lógica infantil.

Corrección política

Desde el punto de vista de la corrección política de la propuesta, podría plantearse que se descarta muy tajantemente el interés por las princesas mujeres al ser todas ellas un tanto indeseables, aunque la última de ellas, en un giro inteligente, sí termina despertando el interés del presentador de la corte, con lo que la obra culmina con una doble boda. Sólo molesta una broma verbal del texto, que no hace al desarrollo de la pieza y despierta algunas risas cómplices entre los adultos, dejando los chicos fuera (algo que ellos, sin embargo, siempre captan). Sería un pasaje fácilmente subsanable.

Para quienes estén dispuestos a hacerlo, se abre a partir de la obra para los padres un espacio para hablar de la diversidad de opciones de pareja con los chicos, quienes muchas veces se ven expuestos a una confrontación más caricaturesca del tema en los programas televisivos de moda.

Por: Juan Garff

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