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Kirchner: el culto a la personalidad

La catarata de expresiones para exaltar la figura del ex Presidente dista de fortalecer los valores republicanos
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4 de octubre de 2011  

El culto exacerbado de la personalidad es una de las improntas que caracterizan a los regímenes totalitarios. Desde Mussolini, Hitler y Stalin hasta Mao, Castro y Khadafy, se pueden trazar abismales diferenciaciones ideológicas, pero conectadas todas ellas por la obsecuencia y pleitesía a líderes en el ejercicio del poder.

La Argentina ha conocido experiencias de ese indignante tenor. El luto obligatorio al que fueron condicionados en 1952, en una ocasión de duelo oficial, los empleados públicos para poder conservar el trabajo fue una experiencia humillante, indeleble en la memoria de los argentinos de mayor edad. Fue la época en que los antiguos territorios nacionales de Chaco y La Pampa pasaron a denominarse, a raíz de su transformación en provincias, Presidente Perón y Eva Perón, respectivamente.

Incluso en las filas políticas del peronismo ha habido múltiples manifestaciones autocríticas de esa tendencia condenada por la conciencia republicana argentina, desde el reglamento de supresión de honores de 1810, debido a Mariano Moreno. Se han abierto ahora, sin embargo, grietas peligrosas en una compostura cívica que debería ser ejemplar por parte de gobernantes elegidos por el voto popular.

Nada ha sido igual, en efecto, desde mediados del siglo anterior, a la catarata de expresiones con las cuales se impulsa en estos días la consagración del ex presidente Néstor Kirchner hasta alturas que habrían sido inimaginables -digámoslo con sinceridad- para el propio homenajeado.

Lo peor es que para hacer incluso más elocuente y no menos desacertado ese fervor oficialista se han cometido actos de injusticia palmaria y agravios históricos que no tienen sentido alguno ni conducirán a afirmar el concepto de nación, o sea el de un pueblo con un pasado de sufrimientos y glorias en común.

La avenida Roca, de gran tradición en Río Gallegos, ha sido rebautizada Néstor Kirchner por el Concejo Deliberante local en una acción relámpago, en la que se sancionaron tres excepciones a la reglamentación vigente en la ciudad. En otro acto cuestionable, la avenida costanera de la ciudad también santacruceña de Caleta Olivia, que hasta ahora se conocía como "Mártires del Crucero General Belgrano", pasó a llamarse "Néstor Kirchner".

Todo parece formar parte de la tan mentada batalla cultural de la que hablan dirigentes kirchneristas, en la que se trata de beatificar a su líder en detrimento de figuras de un pasado más lejano que cimentaron las bases de la Nación.

Frente a actos de esa naturaleza se comprende mejor la sabiduría con la cual la ciudad autónoma de Buenos Aires, como intendencias y gobiernos provinciales, ha encontrado remedio para esas explosiones de populismo, que tienen mucho de irreflexión e inmadurez cívica. Aquélla tiene dispuesto que para modificar el nombre de calles, avenidas o plazas por el de una personalidad pública deben haber transcurrido diez años desde su fallecimiento.

Está bien que así sea. La historia, que ajusta tarde o temprano el diapasón de las pasiones políticas, termina por encontrar el punto justo de equilibrio entre el papel que cumplieron hombres y mujeres públicos y la jerarquía incuestionable que les corresponde en el agradecimiento eterno de una nación. Hay siempre momentos de desvío del curso natural de la historia, como los de un ferrocarril que es sacado de quicio por alguna razón inesperada, pero la marcha de una nación supera al final hasta las contingencias de más grave zozobra.

Así como llegó a Juan Manuel de Rosas el tiempo de ocupar con su nombre un lugar en espacios públicos del país y por el simple e indiscutible hecho de su gravitación en un tiempo del país, también les llegó a Juan Domingo Perón y Eva Perón el momento en que nadie discutiera su legítima presencia en esos mismos espacios. Fueron actores sustanciales de una época que, para ser recordada, merece que se los evoque.

Otro asunto es la exaltación desmedida de personajes de un pasado tan reciente que no admite distinción con los días que corren y con la dirigencia política con responsabilidades en el actual ejercicio de gobierno. En esos casos cabe un grado de circunspección en el otorgamiento de homenajes que sea más compatible con el fortalecimiento institucional y menos con la exageración del culto de la personalidad, que es una provocación a los que piensan y sienten distinto. El caudal de calles, plazas y establecimientos hospitalarios que van cambiando de nombre por el del ex presidente -sin olvidar el del campeonato de primera división de fútbol, que por igual lo evoca- se enlaza con propagandas personalistas que hacen añorar los tiempos iniciales de la restauración democrática de 1983.

Esa nueva tendencia está calificada por el artículo 42 de la ley de ética pública, que prohíbe, por ejemplo, en los carteles con anuncios de obras públicas, la inscripción de nombres, símbolos o imágenes que supongan promoción personal de las autoridades o funcionarios públicos. ¿O alguien puede creer hoy que la reproducción en su tiempo hasta el hartazgo de las consignas, difundidas a costa del erario, de que "Perón cumple" y "Evita dignifica" condujo a fortalecer la sociedad y afirmar sus valores republicanos?

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