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Medianeras: la soledad, el amor, la ciudad

Gustavo Taretto estrena hoy su ópera prima, en la que la pareja perfecta pugna por encontrarse en el laberintode una gran metrópoli
Claudio Minghetti
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6 de octubre de 2011  

Martín diseña páginas web. Mariana es arquitecta, pero trabaja como decoradora de vidrieras. Además de desilusiones recientes, los dos tienen muchas cosas en común. Viven en una zona céntrica, en el corazón de una ciudad donde no hay ni un edificio ni una vereda igual a la otra, abrumada por contradicciones "éticas y estéticas" y dentro de monoambientes que ellos mismos definen como "cajas de zapatos". El vive a través de la Web, incluso intenta conocer gente en sitios ad hoc o en el chat. Es obsesivo, fóbico y se emociona, en soledad, con Woody Allen. Ella busca al hombre de su vida como el paisaje urbano, pero por el momento sólo pudo dar con un maniquí con el que intercambia ideas y hombres de los que huye o terminan desapareciendo. A ella también le gusta Allen. Los dos viven en la misma calle, uno o dos números de por medio, y como siempre suele ocurrir sólo podrían conocerse de suceder una en un millón de casualidades. Hay gente que se pasa la vida entera buscando algo que puede estar allí nomás, pero el complejo paisaje urbano de una ciudad como Buenos Aires no ayuda.

Esa es la idea original que siguió en 2005 Gustavo Taretto (que tiene ahora 45 años) al dirigir su corto Medianeras , premiado en todo lugar en que se proyectó y que finalmente, en 2010, convertiría en largometraje, conservando la impronta de aquel trabajo memorable y su protagonista masculino, Javier Drolas. La coproducción -con España y Alemania- se completó con el aporte de la ganadora del Goya Pilar López de Ayala y de un elenco de figuras locales notables, como Inés Efrón, Carla Peterson, Adrián Navarro y Rafael Ferro.

Taretto se sienta a la mesa de café para conversar con La Nacion con una vieja cámara Leica sobre la mesa y confiesa que desde muy chico le gusta sacar fotografías de la gente que no conoce por las calles de Buenos Aires, y también encuadrar la ciudad. Explica que lo hizo por necesidad de conectarse con ellas y que lo que realmente le gustaría es hacerlo sin interposición de artefacto alguno, pero no es fácil.

En su película, Martín sigue una rutina parecida. Igual que Mariana y como el cineasta, es uno de los pocos porteños que levantan la mirada para ver la ciudad sobre la altura de los ojos.

-¿Cómo viene funcionando la película en el exterior?

-Es curioso: ayer cumplimos cuatro meses en cartel en Francia. Se estrenó en junio y sigue en cuatro salas. Y hace un mes y medio que le está yendo muy bien en Brasil. Hace un mes se estrenó en Noruega. Ayer recibí un mail de alguien muy entusiasmado que la vio allí. Creo que porque la idea es universal en un ciento por ciento. Bueno, fue la segunda película más vendida en el mercado del Festival de Berlín, a más de 30 países. Dentro de poco a llegará a Holanda y a Italia, donde hacía rato no compraban una película argentina; así como a Corea, Vietnam, Australia y, a fin de mes, a los Estados Unidos. No pensaba que se iba a repetir la suerte del corto, que dejé de mandarlo a festivales porque me daba vergüenza que había ganado más de cuarenta premios.

-¿Cómo fue que devino largometraje?

-Antes de ser corto. Es decir, pensaba que merecía ser un largo pero yo no estaba del todo convencido de pasar de un formato al otro, y me puse como meta filmar hora y media de cortos en forma independiente, con amigos, sin embarcarlos a todos en un largo, absolutamente gratis, y de esa forma probar diferentes cosas en cada uno. Me ayudó mucho, porque cuando los vi todos juntos me di cuenta de cuál era mi temática. Lo más interesante del corto fue su redondez. Con el corto, y ahora con la película, me di cuenta de que la gente conecta mucho con su propuesta. Me resulta gráfico comparar mi trabajo con el de un pintor, que hace un cuadro y lo vuelve a pintar, o lo reinterpreta. La película es muy arquitectónica, y su estructura es muy importante. Relacioné arquitectura con dramaturgia y establecí cuáles eran los pilares, y sobre esas columnas volví a construir dramáticamente la historia. Me divirtió mucho hacerlo. La simetría me permitió una reflexión visual sobre Buenos Aires, un costado documental, y hasta me permití una suerte de ensayo social sobre la vida moderna en un contexto de comedia romántica, un género que me interesa y que suele ser castigado por la fórmula del éxito.

-¿Y cómo podrías definirla?

-Creo que es mi intento de explicar Buenos Aires y que por ahí en la no respuesta está lo interesante. Es una ciudad totalmente ambigua, que empecé a fotografiar por error, porque a mí, en verdad, me gustaba la gente que no conozco. Sería feliz siendo un ángel de Las alas del deseo , con todo su voyeurismo filosófico. Era muy chico, y torpe por mi timidez, para hacerlo, un día simulando que no estaba sacando una foto a alguien me encontré con una pared y descubrí que la pared tenía textura, sombras, dibujos y geometrías, y empecé a fotografiar la ciudad. Cuando tuve un panorama más grande empecé a pensar en cuánto Buenos Aires se nos parece y nosotros nos parecemos a ella, un ida y vuelta que no sabés dónde empieza o termina.

POR EL MUNDO

En el mercado del Festival de Berlín, la película fue vendida a más de 30 países

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