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Sergio Neglia: danza con memoria

El hijo de uno de los bailarines que murió en la tragedia aérea de 1971 actúa en una gala conmemorativa
Constanza Bertolini
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7 de octubre de 2011  

Es el 10 de octubre de 1971, por la tarde. Sergio tiene siete años y está esperando frente al televisor que empiece un nuevo capítulo de El Hombre Araña, cuando ve pasar en la pantalla la imagen de su padre, con la malla blanca. Enseguida, las noticias anuncian la catástrofe. La avioneta en la que viajaban José Neglia, Norma Fontenla y otros siete bailarines del Teatro Colón cayó al Río de la Plata. Su abuela se apura y apaga la TV. El recuerdo ya no se lo quita nadie.

"Ese domingo por la mañana, en la última función de papá, en el Coliseo, lo pasamos muy bien. Al final, él me sacó del brazo entre el público (de ahí que yo haga lo mismo con mis hijos) y me subió al escenario para que saludáramos juntos. Luego fuimos a casa, preparamos las cosas. Pero él no quería ir a Trelew, quería quedarse con nosotros", rememora, cuarenta años más tarde, el hombre que devino del niño aquél.

Sergio Neglia vive y trabaja en los Estados Unidos desde hace 25 años. Está casado con Heidi Halt, una ex bailarina americana, alta y atractiva, que primero lo enamoró a simple vista y después lo ayudó a hacer foco en las cosas de la vida para aprender a mirarlas... con más claridad. Para él no había sido fácil atravesar los convulsionados años 80, superar los "mambos" varios de esa etapa. La década comenzaba, y mientras perfeccionaba sus estudios en el exterior (¡hasta fue alumno de Nureyev!) tuvo que regresar a la Argentina para hacer el servicio militar. "Tiraba las cartas de enrolamiento que me mandaban. Hasta que un día interrumpieron la clase de ballet para avisarme que me habían venido a buscar de la embajada. Si no volvía, era desertor." Después de Malvinas (aunque no fue al frente, la referencia a la guerra en varias oportunidades le sirve para ordenar los tiempos de su discurso), se presentó a una audición para ingresar en el Ballet del Colón, pero no fue admitido. "Venía de bailar para Balanchine; si para esa gente, para Alexander Godunov, para Mikhail Baryshnikov, yo valgo, y acá me dicen que esperaban más de mí... Fue fuerte." La negativa tuvo un efecto determinante: Sergio volvió a Nueva York, donde Baryshnikov lo esperaba con un contrato para sumarse a las filas del ABT, pero a la hora de la firma lo dejó plantado. "No fui. Me escondí. Estaba rayado", admite.

Ahora, con una carrera ordenada, al frente del ballet y el conservatorio que llevan su nombre (subvencionados por el gobierno de Buffalo), junto con su esposa y dos hijos sobre los que no tiene más que palabras de amor y admiración -Nicolás, en adelante, "el bombón" (14) y Elisabetta (6), tercera generación de bailarines-, entonces sí puede hablar de quién fue su padre y quién es él y, sobre todo, puede también bailar en su país.

Curiosamente, en el transcurso de un mes Sergio Neglia habrá pisado más veces los escenarios argentinos que en toda su carrera: excepto por una función suelta, en el Cervantes, no había hecho ninguna actuación profesional. Pero septiembre lo tuvo de gira por el interior como invitado del Ballet Metropolitano en un programa tributo a su padre con motivo del 40° aniversario de su desaparición. Y octubre lo trae de vuelta para una nueva gala conmemorativa, mañana, en el Colón: debutará, entonces, en el teatro en el que creció y comenzó a formarse. Una y otra vez, la obra es la misma, una de las que mejor identificaban a José, esa cuya música misteriosa hasta hace poco hacía llorar a Sergio: El niño brujo , de Jack Carter. Quienes no lo hayan hecho podrán confirmar en la mirada del hijo cuando la baila, en esos ojos abiertos a más no poder, expresivos hasta lo imposible, el legado del padre.

"Esto es un sueño", dice Sergio, y estalla en adjetivos que, aunque se siente "más argentino que el gaucho", le salen primero en inglés. "Ver a mi país, conectarme con la gente, no tenía ni idea de lo que era el interior", se sorprende a la vuelta del tour con el que hizo escala en Rosario, Córdoba, Catamarca, Tucumán, Jujuy, Santiago del Estero y Buenos Aires. "Yo no me quise ir de la Argentina. Imaginate que nací en el Colón, salí de la panza de mi mamá [la bailarina María del Carmen Pérez] y me criaron en el teatro. ¿Sabés lo que es eso? Pero cuando me presenté para entrar en el Ballet y me dijeron que no, fue un flash. ¡Me agarró un trauma! No podía pasar ni a 400 metros del teatro." Consuelo de tontos o signo de esos tiempos, tampoco el genial Luis Ortigoza -hoy bailarín estrella en Chile- fue admitido en aquel concurso.

Principios y legados

La charla con Sergio Neglia no se queda quieta ni en el tiempo ni en el espacio. Al cabo de un rato, uno habrá oído anécdotas de lo más diversas, de las cuales subyacen valores esenciales en su personalidad. Dirá, por ejemplo, que cuando ve a un bailarín en escena puede saber si es o no un ser inmenso. Refutará a sus 47 aquello de que la carrera del bailarín es corta. Confesará que le encantan el tiro al blanco y el combate cuerpo a cuerpo. Contará que de joven vivió en Japón, adonde bailaba de día y, de noche, practicaba artes marciales en el dojo de una familia de samuráis. En verdad, iba a casarse con la chica de la casa, pero no pudo mentirle: estaba más enamorado de la cultura que de ella. Se lo dijo. "Esa forma marcial me hizo bien. En el laburo soy de tener reglas. Con mis hijos también. Ellos tienen que limpiar y pasar la aspiradora, así como yo preparo la cena todas las noches. No es estricta disciplina, es que un día mi bombón se va a tener que ir y va a saber qué hacer." Y esto que a primera instancia puede resultar una viñeta de la vida cotidiana se resignifica cuando más tarde Sergio vuelve a evocar su infancia. No es sólo en el harapiento niño brujo de la ficción adonde aparece la influencia de José.

"Yo dependía mucho de mi papá. Ustedes lo ven como una estrella, pero en casa no era así. Mi viejo era genial. Con todo lo que hacía, tenía tiempo para ir a pescar, para cocinar. A la noche, él pintaba y yo le hacía sándwiches, y por ahí me quedaba hasta las 3 de la mañana. La gente no sabe cómo era. Cuando él falleció, para mí fue dramático, no por el avión, sino porque perdí eso tan importante. Por muchos años me faltaba ese pedazo de algo en mi vida. Olvidate del ballet: él se iba a Perú y se internaba en la jungla con los cigarrillos y el café, y volvía con el arco y la flecha... Mi viejo era así, un tipo diferente, increíble, me contaba esas historias, y para mí era Tarzán."

El tributo de mañana, en el Teatro Colón

En conmemoración de los 40 años del trágico accidente aéreo en el que murieron nueve bailarines del Teatro Colón (José Neglia, Norma Fontenla, Margarita Fernández, Rubén Estanga, Carlos Santamarina, Carlos Schiaffino, Sara Bochkovsky, Martha Raspanti y Antonio Zambrana), el Ballet Estable que dirige Lidia Segni ofrecerá mañana, a las 20.30, en el máximo coliseo, una gala con artistas invitados.

Además de José Neglia (Neglia Ballet Artist), que interpretará con Silvina Vacarelli y Ricardo Ale (ambos, artistas de la casa), El niño brujo , de la primera parte del espectáculo sobresale la programación del dúo Diana y Acteón, que por primera vez pondrá sobre el escenario del Teatro Colón a los hermanos Herman Cornejo (primera figura del ABT) y Erica Cornejo (bailarina principal del Boston Ballet). También actuarán Sol Rourich y Leonardo Otárola, del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín ( Chopin N 1 , de Mauricio Wainrot); Lara Delfino y Sebastián Arias, del Ballet Nacional de Sodre (harán Adagietto, de Oscar Araiz); Maia Makhateli (Het Nationale Ballet de Amsterdam) y Marijn Rademaker (Stuttgart Ballet) en el pas de deux de El cascanueces , y Vladimir Malakhov, que hará el solo Voyage .

La segunda parte quedará a cargo del Ballet Estable, que ofrecerá el tercer acto de La bella durmiente , clásico de Tchaicovski-Petipa, en versión coreográfica de Karl Burnett.

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