Los negros y los tanos

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9 de octubre de 2011  

Hay mucho para explicar.

Nadie sabe cómo pasaron las cosas.

Los negros dicen que fueron los tanos; los tanos dicen que fueron los negros.

Hay mucho para explicar.

Hay que decir que tanos y negros son, a grandes rasgos, las categorías que circulan a la vera del Riachuelo, a la altura de Lanús, en el codo más irremediable de la zona Sur del conurbano bonaerense.

Hay que decir que el barrio de los tanos se llama Villa Giardino. Que se trata de una colonia de inmigrantes de clase media baja que llegaron al país tras la Segunda Guerra Mundial y que lo hicieron creyendo que la periferia era una promesa de algo.

Hay que decir, también, que el barrio de los negros se llama Acuba. Que consiste en un asentamiento montado sobre un terreno de la Asociación de Curtiembreros de Buenos Aires (de ahí la sigla Acuba) donde hoy viven 2500 familias que llegaron de Bolivia, Paraguay, Perú y el interior argentino y que no tienen peor suelo donde caerse muertas.

Hay mucho para explicar.

Los tanos y los negros están separados por un muro: eso también hay que decirlo. Un paredón de trescientos metros que fue levantado por las autoridades de la Asociación Cuenca Matanza Riachuelo -Acumar, un organismo estatal creado para mejorar la calidad de vida de los habitantes de la zona- y que sirve, entre otras cosas, para mantener a raya la tensión social que suele haber entre los barrios.

Y hay que explicar, por último, que el muro terminó siendo una solución endeble destinada a romperse. Llegó el día, sí, en el que alguien rompió el muro y armó un hueco. Ese agujero, dicen los tanos, permite a los negros entrar a Giardino y robar romper roer todo aquello que tocan. Ese agujero, dicen los negros, es el conducto que tuvieron que inventarse para acceder de forma directa a las escuelas, las plazas y las salas sanitarias de la zona, tres espacios públicos donde el recelo se presenta como una condición del aire: los negros respiran la distancia de los tanos. También respiran su miedo.

Negros y tanos; tanos y negros. De mierda.

Negros de mierda y tanos de mierda es como los negros y los tanos se llaman entre sí. A metros del Riachuelo está este mundo binario: hay lo uno y hay lo otro, y todo parece triste y fácil de explicar. Pero no se explica. Tampoco se entiende.

Nadie sabe cómo pasaron las cosas.

Los vecinos de Villa Giardino lo resumen así:

-Ellos venían de un piquete con palos, nos gritaban "tanos de mierda" y rompían todo: los vidrios de las casas, los árboles, los autos, después mataron a ese pibe y ahora resulta que lo matamos nosotros.

El pibe se llamaba Héctor Daniel Contreras.

Los vecinos de Acuba lo resumen de este modo:

-Veníamos tranquilos y los tanos nos empezaron a tirar ladrillos y a gritar negros de mierda. Uno se subió a la terraza, agarró una escopeta y empezó a los cuetazos. Hirió a tres y mató al pibe.

El pibe -Héctor Daniel Contreras- era cartonero, participaba de la manifestación y tenía dieciséis años. Del día de su asesinato, el 29 de mayo de 2009, solo hay una filmación sin audio: una película muda que hace pensar en su muerte como un evento remoto. La imagen -un registro endeble que forma parte del sistema de seguridad de un negocio del barrio- muestra cien metros de asfalto en Villa Giardino y varias decenas de personas proyectando sombras largas sobre la acera.

Eso es lo único que puede verse: que la gente también muere en días de sol. [...]

Tanos y negros forman parte del 30 por ciento de población nacional que, según las consultoras privadas -entre ellas Fiel, Ecolatina y el Observatorio de la Deuda social de la Universidad Católica Argentina- está por debajo de la línea de pobreza. La diferencia es que los tanos tienen asfalto y casas de material, y que ese asfalto y esas casas son el resultado de un carácter: ellos -siempre insisten- pagaron impuestos y apostaron al Estado. A un Estado que, para el momento en que llegaron los asentamientos, había desaparecido casi por completo.

-Ellos no quieren trabajar, no les importa el estudio, sólo les importa que el Municipio les dé plata para los colchones -dirá alguien en Giardino.

-Ellos también empezaron de cero. Ahora nos toca a nosotros. ¿Por qué no podemos tener lo que tienen ellos? -dirá alguien en Acuba.

Pero por afuera de las palabras dichas, lo cierto es que tanos y negros se parecen bastante. Viven -lo que no es poco- en un mismo suelo, que es lo mismo que decir en una misma desgracia. Y desde ese suelo desahuciado, desde la profundidad de lo que ya no tiene salvación alguna, se miran con odio y con un muerto en las manos.

Este libro empieza en agosto de 2009.

Nadie sabe cómo pasaron las cosas, pero a esta altura quizás tampoco importe.

Lo que importa es por qué.

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