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Los chinos en la Argentina, más allá del supermercado

LA NACION se sumergió en la vida íntima de una comunidad atípica
Franco Varise
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10 de octubre de 2011  

En la provincia china de Fujián prácticamente sólo hay niños y viejos. El resto vive en el exterior, y una buena parte de ellos, en la Argentina. Lejos de la superpotencia cuyo desarrollo asombra al mundo y que, según los expertos económicos, será la dueña del siglo XXI, la aventura argentina que emprendieron más de 100.000 chinos continentales –el 80%, originarios de Fujián– encierra mitos y prejuicios, una cultura milenaria, mucho sacrificio y supersticiones. Una dura vida de inmigrantes, con privaciones y sueños modestos, entre góndolas de supermercados "argenchinos" –abren a razón de 20 por mes y ya son más de 10.000– y exóticas cocinas humeantes.

LA NACION se sumergió en la vida cotidiana de esta particular colectividad que, más allá de las dificultades idiomáticas, prefiere el silencio, y, tras vencer no pocas reticencias, logró develar códigos y secretos de un grupo inmigratorio que sólo en el último año desaceleró su crecimiento.

La ciudad de Buenos Aires y el conurbano son la meca de esa inmigración. Hay un súper chino cada cuatro cuadras, en promedio. Y en ellos no se habla nada o casi nada de español ("sí" o "no", como mucho). La proeza comercial demuele, de todos modos, la enorme muralla idiomática. "Nosotros nos movemos bien en el ámbito comercial, pero cuando pasamos de ese espacio, fuimos..., nos cuesta mucho", cuenta Zheng Jicong, aquí llamado "Oscar", que aprendió el idioma luego de dos años de tomar clases. Llegó al país en 1992. Su padre y su madre lo trajeron a la Argentina, junto con sus hermanos, para probar suerte y abrir un restaurante en Once.

Zheng miraba la televisión en su nuevo hogar porteño. Justo daban la entrega de los premios Oscar. Decidió entonces llamarse Oscar, a secas. Simple y complejo a la vez. Es que lo primero que hace un inmigrante chino cuando llega al país es "bautizarse". Muchos eligen llamarse Juan (similar a Huang) o Martín (por el "tín", similar al "chin"), y entre las mujeres, Luisa (por Liu).

En la provincia de Fujián, explica, tradicionalmente las familias emigran hacia algún lugar del planeta que facilite documentación. Estados Unidos fue el horizonte por muchos años. Pero se agotó. La Argentina apareció como opción hace unos 20 años. Al principio de 2000, los chinos conseguían un documento argentino (que les permitía obtener el visado para viajar por el mundo) en tres o seis meses como máximo. Pero eso cambió: hoy demoran entre seis y dos años, lo cual provocó un desaceleración de la inmigración.

"Las grandes oleadas de inmigrantes chinos a la Argentina fueron en la década del 90. Hoy como China está dando más posibilidades a su gente podemos hablar de una desaceleración de esta inmigración desde 2009 hacia adelante. Y al crecer el mercado interno de consumo en China necesitan que el extranjero provea servicios allá que ellos no tienen. Por eso ahora latinoamericanos, europeos y hasta africanos se están radicando allá", dijo a LA NACION el director de la Cámara Argentino China de la Producción, la Industria y el Comercio, Miguel Angel Calvete.

"¿Si nos da plata el gobierno chino para venir acá? ¡Ojalá! Eso es un mito. Cualquier negocio fuera de china es considerado extranjero", explica Oscar.

Un supermercado de 200 o 300 metros cuadrados se trabaja entre varias familias. Los ciudadanos chinos que acaban de llegar son adoptados en el negocio "familiar", primero como repositores; luego, ascienden a la caja y, si juntan dinero, abren su propio emprendimiento.

Los que apenas bajaron del avión, en general, viven discretamente en el mismo lugar donde trabajan: en el piso de arriba o en el sótano de un supermercado, a veces, hacinados. "Los chinos acá nos ganamos la vida con sudor y sangre [por la inseguridad]; la jornada de trabajo es de ocho horas, pero nosotros no paramos porque siempre hay más por hacer", cuenta Oscar.

Aquí hay que explicar ciertas cosas. La comunidad china no comulga con los valores universales individuales de Occidente. La concepción de la vida es absolutamente colectiva. Trabajo y ahorro son la base cultural. El resto (diversión, vacaciones) no está en el menú de un trabajador chino medio. Sólo el casino, de a ratos, los congrega, y allí también tienen sus propios códigos. El 6, el 8 y el 9 son sus números predilectos; en cambio, jamás apostarán por el 4, cuya pronunciación en chino coincide con la palabra "muerte".

* * *

"Vos plantás una semilla, dejás que crezca el árbol para que todos tus hijos y nietos descansen cobijados y cubiertos del sol." Y estos árboles tienen que ser bien grandes porque son muchos. "La plata se ahorra para nuestros descendientes, para otros negocios... Ojo: a los chinos de acá nos gustaría que nuestros hijos fueran profesionales también, pero eso va a llegar con las próximas generaciones", dice Oscar.

Una de las incógnitas usuales es ¿a dónde van los chinos de vacaciones? En Mar del Plata u otros puntos de la costa no suele vérselos, por ejemplo. Oscar devela este asunto. "Muy pocos vamos de vacaciones dentro de la Argentina, porque ahorramos para irnos a China. Además, cuando uno va allá, tiene que llevar mucha plata porque la costumbre es mostrar lo bien que nos va afuera y hay que pagar todo", aclaró.

Oscar empieza a recordar cuando llegó a la Argentina. Como mozo del restaurante familiar, cuando tenía 18 años, conoció a Raquel, su mujer. "Era una chica linda y tímida que venía de Perú, mi padre se ponía celoso porque cuando terminábamos el servicio, yo le cocinaba a ella", recuerda hoy, ya con 35 años y dos hijos: Jack, de 12 años, y Kevin, de 7. Ambos niños estudian en un colegio de la comunidad judía. "Soy chino, me casé con una peruana y mando a los chicos a un colegio judío, ja", bromea con un tono bien porteño. Su vida familiar es como la de cualquiera. "Con mi mujer siempre tuvimos choques de cultura porque yo digo que los chicos tienen que estudiar, y ella es más permisiva; o que el hombre es el que trabaja y la mujer está en la casa. O por ejemplo, discutimos sobre si la comida peruana es china o al revés", relata.

Es curioso. Uno de los momentos más emotivos de la peor crisis económica argentina, en 2001, fue protagonizado por un inmigrante chino. Wang Zhao-He no paraba de llorar ante la cámara tras sufrir el saqueo de su comercio. Su cara desencajada por el llanto dio la vuelta al mundo aquel diciembre de hace diez años. Y los argentinos lloraron con él. "La Argentina es un país muy generoso, ustedes no se dan cuenta; hay oportunidades para todos y saber aprovecharlas es tu problema. Nosotros crecemos gracias a nuestra cultura del trabajo y del ahorro; eso lo contagiamos a los que trabajan con nosotros, como los bolivianos, que están en la verdulería, o los argentinos, de la carnicería", sostiene.

Precisamente, una de las características de los mercados "argenchinos" es la división cultural de las actividades. Subalquilan la verdulería generalmente a un boliviano o peruano y la carnicería, a un argentino. "Llamamos a los expertos en cada rubro. A esa combinación -explica Oscar- llegamos después de mucho ensayo y error. Todos la adoptamos porque es la mejor manera: si no sabés hablar el idioma, menos todavía vas a entender de un corte de carne... ¿O no?" Y sí. Oscar es puro pragmatismo. No hay doble sentido en nada de lo que dice. "El subalquiler representa buena parte de los costos del espacio y se pauta un pago diario; todos salimos ganando", agrega.

Consultado acerca de si volvería a China, Oscar medita. Luego toma un papel y escribe: "Luo Ye Gui Gen" ("Las hojas que caen al suelo regresan a la raíz"). Esa es la matriz en la que todo se mueve. Ir y volver, y partir otra vez.

EN NÚMEROS

20

supermercados por mes

Es el promedio de apertura de locales nuevos por parte de ciudadanos chinos en el país.

14.553

radicaciones permanentes

Son las registradas desde 2004 hasta el segundo cuatrimestre de 2011. Corresponden mayormente a familias nuevas y a reagrupamientos.

11.475

radicaciones temporales

Concedidas desde 2004. Con fines laborales, tanto para trabajar en comercios ya instalados como en empresas de capitales chinos recientemente radicadas en el país.

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