El Teatro Colón y la ópera argentina

Pola Suárez Urtubey
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18 de octubre de 2011  

Es natural que el actual Teatro Colón, que abrió sus puertas en mayo de 1908 y sobrevivió a otras salas que iban quedando en el camino de la historia, se haya convertido en un estímulo para los compositores del país. Era preciso que asumiera la responsabilidad de promover el nacimiento de títulos líricos, un género que necesita ser estimulado en la medida en que contiene exigencias de realización difíciles de abordar por sus propios autores. Ningún compositor, salvo casos excepcionales, asume semejante tarea, inmensa sin duda, que exige a veces años de trabajo, para guardar la obra en un cajón, en espera de que algún día alguien se interese por ella.

En el Teatro Colón se dieron tres situaciones básicas: algunas óperas surgieron por compromisos no escritos por parte de las autoridades, pero sí de la promesa de incluirlas en sus temporadas. Cosa que en general se cumplía. Otras nacieron de encargos del propio Teatro, o bien del gobierno de la ciudad del que aquél depende. En el fondo el destino es el mismo: ser estrenadas en esa sala. Y así ocurrió desde el año mismo de la inauguración. Aurora de Panizza surgió de un encargo oficial con destino a ser incluida en la temporada inaugural de 1908.

En su Historia de la ópera argentina (1997), Enzo Valenti Ferro, que fue director de la sala por algunos años, escribe que en la década de 1920 surgen disposiciones oficiales que obligan al Colón a realizar concursos anuales de los que debían surgir una o más óperas destinadas a ser estrenadas cada año. Cualquiera fuere el nivel de las mismas, el concurso no podía ser declarado desierto, lo que hizo decir a un crítico, quejoso por el bajo nivel de algunos títulos, que "las reglamentaciones exigen de nuestros compositores la misma regularidad con que el árbol produce sus frutos". Mientras otro preguntaba: "¿Puede la actividad nacional proveer anualmente dos o más óperas al repertorio de nuestro primer teatro lírico?" Así, en 1929 el Colón presenta tres obras locales y el mismo número en 1939. Es claro que por entonces las temporadas incluían por arriba de 20 títulos del repertorio internacional.

Si de encargos se trata, sea del propio Colón o de las autoridades de la ciudad de Buenos Aires, ellos han sido sumamente escasos a lo largo de su siglo de existencia. He aquí algunos. En 1964 el gobierno de la ciudad encomienda a Alberto Ginastera una ópera que resulta ser Don Rodrigo, estrenada en la temporada 1964. En 1973, fruto de una convocatoria oficial, se estrena Medea, de Guidi-Drei, y en 1989, de un concurso organizado por el Fondo Nacional de las Artes y el Colón, sube a escena Adonías, de Alejandro Pinto. En la década siguiente, las comisiones directas del Teatro germinan como iniciativa de Sergio Renán, en su carácter de director general y artístico. De ahí surgen La ciudad ausente, de Gerardo Gandini, y La oscuridad de la razón, de Pompeyo Camps, estrenadas ambas en la temporada de 1995.

Hubo asimismo encargos del Centro de Experimentación del Teatro Colón (CETC), como es el caso, entre varios más, de Hildegard de Marta Lambertini, de 2002. En cuanto a Fedra, de Mario Perusso, que nos motiva ahora, surge como fruto de su designación de compositor en residencia. Una modalidad que ofrece interesantes resultados en distintos países del mundo. La esperamos…

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