Suscriptor digital

Lucha en el mar para salvar a las ballenas

A 200 millas de Noruega, el motovelero de tres palos busca evitar que los cazadores furtivos ataquen a los cetáceos.
(0)
10 de junio de 1999  

MAR DEL NORTE, A BORDO DEL RAINBOW WARRIOR.- Sobre las nunca tranquilas aguas del Mar del Norte, la sirena de niebla del buque insignia de Greenpeace agrega una nota lúgubre a nuestra búsqueda de cazadores clandestinos de ballenas.

Llevamos ya casi tres días de vigilancia desde que zarpamos de Lerwick, Escocia, y hasta ahora no obtuvimos resultados.

"No hay que perder la esperanza. Este es un juego de paciencia", nos comenta, sin dejar de escudriñar el horizonte con sus gemelos, Chris William, un inglés de 37 años que es el jefe de la expedición y que se nos ocurre muy parecido al actor norteamericano Harrison Ford.

Con una tripulación de 18 hombres y cinco mujeres, el Rainbow Warrior se encontraba en la noche del martes a unas 200 millas de las costas de Noruega, después de rastrillar en zigzag un imaginario rectángulo de 800 millas cuadradas, situado entre los extremos septentrional de las islas británicas y occidental de la península de Escandinavia.

El viaje, cuyo propósito es detectar, obstaculizar y denunciar la caza ilegal de ballenas, forma parte de la campaña anual de Greenpeace y coincide, entre mayo y fines de julio, con la temporada de caza de cetáceos en los caladeros del Mar del Norte, uno de los más depredados por los arponeros noruegos.

La caza de ballenas con fines comerciales está prohibida por la Comisión Internacional Ballenera (CIB), organismo con mandato de la ONU para velar por la conservación de la especie en todo el mundo.

"Pero Noruega y Japón se niegan sistemáticamente a acatar las leyes. Los balleneros noruegos, porque hacen su negocio, y los japoneses, porque son, junto con Corea, los grandes consumidores de carne de ballena", agrega Milko Schvartman, representante de Greenpeace Argentina en el Rainbow Warrior.

Schvartman, un entrerriano de 24 años, compone, junto con el cronista Sergio Elguezábal, el camarógrafo Mario Sacchi (ambos enviados de Canal 13) y quien esto escribe, el contingente argentino que se embarcó el domingo último en Lerwick, capital de las islas Shetland.

Escudos humanos

La desazón que nos invade en el tercer día de navegación tiene sus raíces en la historia inmediata: la última vez que misiones de Greenpeace hallaron balleneros ilegales en estas aguas fue en 1996.

Las campañas posteriores no tuvieron éxito.

En el caso de que avistemos in fraganti a un arponero -nave de pequeño porte, como los pesqueros de altura que suelen verse en Mar del Plata-, el plan de Greenpeace es que la dotación de uno de sus dos gomones se interponga entre el cazador y su presa para impedir la matanza.

Desde el otro bote sus tripulantes tratarán de abordar el pesquero con carteles alusivos a su actividad ilegal y contraria a la conservación del medio ambiente.

Los militantes que se arriesgan a bordo de los botes inflables, propulsados por motores Mercury fuera de borda de 200 hp, no siempre salen bien librados: hemos visto videos de recientes acciones realizadas en el océano Indico contra los pescadores de merluza negra -otra especie en peligro de extinción- donde los hombres y mujeres de Greenpeace eran apedreados y manguereados con picos de agua helada y alta presión por los indignados trabajadores del mar.

En otros casos, como cuando consiguieron trepar en Gibraltar a un carguero panameño que supuestamente llevaba residuos radiactivos, los tres atrevidos fueron arrojados al mar sin más trámite.

Velas y motores en el mar

Pero volvamos al Rainbow Warrior, para decir que es un motovelero de tres palos, construido en Yorkshire, Gran Bretaña, en 1957.

Originalmente se lo usó como pesquero de arrastre, hasta que lo compró y reformó Greenpeace, en 1987. Desplaza 550 toneladas con dos motores Deutz. Suele propulsarse mediante vela, aunque en viajes de búsqueda y patrullaje, como éste, no es aconsejable.

En rigor, éste es el segundo Rainbow Warrior: el primero fue dinamitado y hundido en el puerto neozelandés de Auckland, en 1985, por los servicios secretos franceses.

Allí murió el fotógrafo de Greenpeace Fernando Pereira. El atentado impidió que la organización ecologista obstaculizara los ensayos nucleares ordenados por París en el atolón de Mururoa, en el Pacífico Sur.

Sin dejar ni por un minuto de cabalgar el fuerte oleaje -para los mareados argentinos las primeras 48 horas fueron fatales- recordamos que al salir de Lerwick nos acompañó durante algunas horas una manada de focas, en el equívoco de que salíamos a pescar.

El lunes, una vez que habíamos dejado atrás el arco de siete plataformas petrolíferas de la Shell que se extiende entre las islas Shetland y las Faroe, nos cruzamos con algunos delfines juguetones.

Eso fue todo. Tanto las ballenas como sus cazadores parecen jugar a las escondidas con nosotros.

El que sí se nos aproximó peligrosamente, en la niebla, fue un viejo barreminas sueco reconvertido para la pesca del bacalao. El eventual choque en alta mar hubiera significado el último viaje para esa verdadera chatarra de los mares. Y para nosotros también.

Corren las horas y seguimos oteando el horizonte.

A Britta, nuestra cocinera sueca de 29 años, no le tiembla la mano a la hora de echar picante hasta en los postres.

Para fumar hay que salir a cubierta y desafiar vientos de casi 100 kilómetros por hora.

Nuevo manto de niebla y no sabemos si vamos o venimos. Habrá que tener los ojos bien abiertos.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?