Presencia de José González Castillo

Ernesto Schoo
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22 de octubre de 2011  

El 22 de octubre de 1937 moría en Buenos Aires, a los 52 años, José González Castillo, dramaturgo, director de teatro, letrista de tango, guionista de cine y fundador de dos instituciones señeras, la Universidad Popular de Boedo (1928) y la Peña Pachacamac (1932). Figura destacada de la generación que desde comienzos del siglo XX otorgó rasgos muy propios a la cultura de la capital argentina, González Castillo, modelo de los anarquistas románticos de su tiempo, se vinculó a manifestaciones que hoy consideramos históricas, desde obras teatrales de indudable originalidad y audacia para la época ( Los invertidos , La zarza ardiendo ), sainetes ( El retrato del pibe , Los dientes del perro ), letras de tango ( Organito de la tarde , Griseta , Silbando ) y el guión de la película argentina muda más famosa, Nobleza gaucha (1914). Fue padre de Gema Castillo, primera bailarina del Teatro Colón, de Cátulo (que colaboró con él en muchas composiciones) y de Carlos.

No sólo se trata de conmemorar la fecha. En una derivación inesperada, una notable actriz argentina, Mónica Villa, nacida en 1954 ( Ojos traidores , premio ACE 2002; Esperando la carroza , Chicas católicas y una inolvidable Alfreda junto a Jorge Luz en TV), defenderá el martes su tesis universitaria, como aspirante al título de posgrado en Maestría en teatro argentino y latinoamericano, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, referida a José González Castillo, militante de lo popular . Será a las 12, en Puán 430, y el jurado lo componen Beatriz Trastoy, Jorge Dubatti y Roger Mirza. Si bien algunas personalidades de la farándula local han pasado por las aulas universitarias, Mónica será la primera actriz argentina con ese título de posgrado, algo que es más común por ejemplo en los Estados Unidos, donde casi todos los actores importantes han salido de la universidad, si nos atenemos a las entrevistas del excelente programa Desde el Actors Studio , que se ve en Film and Arts.

Por descontado que no es imprescindible pasar por la universidad para subir al escenario, pero puede ser un complemento importante en cuanto amplía la mirada del intérprete, lo mueve a profundizar sus conocimientos y le plantea una disciplina mental e intelectual que se suma a las exigencias propias del oficio. Sobre todo en estos tiempos en que se privilegia la expresividad corporal a expensas de la correcta emisión de la voz y la precisa articulación de las palabras. Nunca es excesivo el bagaje cultural de un actor, ya que a él, a ella, le toca abarcar el entero espectro de las sensaciones, las emociones, los infinitos matices de la percepción del mundo que componen este misterio -y lo digo también en su sentido religioso- que es el teatro.

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