El credo progresista hecho papel

En España, los conceptos centrales del progresismo serán reunidos en un libro, Work in progress, que contará entre sus redactores a celebridades políticas como Lula da Silva, Bill Clinton y Joseph Stiglitz, entre otros más de 50 participantes. En la Argentina, el encendido debate sobre la identidad del ideario oficialista ya es fenómeno editorial.
Fernanda Sández
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23 de octubre de 2011  

Todo se cae. En ondas, de a pedazos, en forma de bolsas que se vienen abajo, de decenas de miles de personas reuniéndose en Wall Street, en Tokio o en la Puerta del Sol para decir algo que aún no se sabe bien qué es, pero que se parece a un "basta". Llega entonces un viejito apellidado Bauman y nos salva del azoramiento prestándonos una palabra de lo más socorrida: líquido. El mundo y todo lo que él contiene (desde el amor hasta el empleo, pasando por los gustos y las simpatías políticas) es así: líquido. Quizá por eso hoy, más que nunca, la idea de un diccionario resulta de una inocencia conmovedora. ¿Anclar las palabras? ¿Y para qué, si todo dura cada vez menos? Quizá para eso: para que la correntada no se lleve también las pocas ideas todavía en pie. En tiempos de "paro", recesión y demás cucos propios de lo que la economista Loretta Napoleoni no ha dudado en llamar "economía canalla", las palabras se vuelven, inesperadamente, territorio seguro. Pueden todavía decirnos algo, y decirnos algo que -como las viejas canciones de fogón- no deje a nadie afuera. ¿"Una que sepamos todos"? Exactamente. Nada como treparse a un eslogan para sentir que hemos llegado a una isla -de arena, pero isla al fin- en medio de aguas turbulentas. Y que en la isla hay otros -igual de apaleados, frustrados, indignados- que buscan su lugar bajo el sol.

Perspectiva propia

Pues bien, en este contexto de palabras- madero, medio centenar de políticos reunidos en la conferencia Global Progress, en Madrid, presentaron un libro. Un libro curioso. Se llama Work in progress y -según informó el diario El País- "parte del mismo concepto que un diccionario, pero evidentemente no lo es. Primero, porque en lugar de una Real Academia de la Lengua lo escriben 55 líderes y personalidades políticas internacionales. También porque recoge definiciones exclusivamente desde la perspectiva del progresismo. Work in progress redefine 55 términos para dar comienzo, en teoría, a un corpus, un diccionario de ideas para el progreso que "debería ver la luz a lo largo de estos próximos años". Aquí, la silla de autoridad que tanto le gusta ocupar a la RAE es utilizada sucesivamente por Al Gore, Joseph Stiglitz, Paul Rassmussen, Luiz Inacio Lula da Silva y Bill Clinton, entre otros. Aunque, más que de "diccionario", debería hablarse aquí de catecismo: un repaso de aquello en lo que se cree, para no perderlo de vista en medio de un paisaje de géiseres políticos en el que todo (promesas, candidatos, confianza, votos) parece licuarse en nanosegundos.

El credo progresista hecho papel es, también, un intento de pisar algo firme en medio del tembladeral, de dotar de sentido y casuística a una práctica (la política) donde la sangría de creyentes ya es hemorragia. Ahora, definir cosas tales como educación pública, multiculturalismo, hambre, comercio justo, sustentabilidad, sirve para saber que son ideas vivas en lugar de quimeras con olor a patchouli. Especialmente porque -en las palabras de personas como el ex presidente del Brasil, durante cuya gestión se crearon 16 millones de empleos formales y 28 millones de personas entraron a la clase media- las promesas de campaña se vuelven estadística. Y de las confiables.

Curiosamente -o no - en la tierra natal del Relato (así, con mayúscula) y del progresismo (así, con minúscula) todavía no hay nada parecido. O sí. Florencia Peña -desde su columna "A Flor del piel", en el diario Tiempo Argentino - fue la que más se arrimó al escribir, en enero de este año, un Pequeño Diccionario Enciclopédico de la Oposición que vieran qué plato. ¿Alguna de sus definiciones? "Cobos, Julio. Alias, Maldita Rata Traidora. ¡Vicepresidente! Y Presidente del Congreso que, cada vez que tiene la oportunidad, desempata una votación en contra del pueblo que lo votó. Sus escasos seguidores o secuaces dentro de la UCR se dicen Cobistas. Lo llamaron para hacer el malo en Ratatouille 2. Aceptó contento, siempre y cuando lo dejen votar en contra de algo. Se posiciona lo más a la derecha que pueda". ¿Otra definición? "Medios, Ley de. Combatida ley que sustituye a una pesada herencia de la dictadura. Los legisladores clarinistas hicieron todo lo que pudieron porque no se sancione ni aplique". No, claro que no es Stiglitz. Pero tampoco nadie dijo que esto fuera progresismo, así que a no ponerse tan quisquillosos.

No es que por acá no se publiquen libros que intenten proponer definiciones. Hace poco nomás, en 2007, lo hizo Horacio Tarcus con su Diccionario biográfico de la izquierda argentina , composición colectiva que él dirigió y que provocó, además de reconocimiento a tamaña empresa intelectual, no pocas escaramuzas debido a los nombres incluidos (y a los olvidados) como hombres de izquierda. Pero por estos tiempos la búsqueda de definiciones sobre el progresismo parece enmarañada en la búsqueda de definiciones sobre el kirchnerismo. O más, exactamente, sobre la pertenencia o no pertenencia del kirchnerismo a la esfera progresista, y la posibilidad de reclamar la inclusión dentro del progresismo desde una posición antikirchnerista.

Nada como la recta final de una campaña electoral para estimular las palabras. Pero ya antes se había acumulado una biblioteca entera y aún inconclusa ("work in progress", susurrará algún cínico) sobre los avatares de lo K. ( El último peronista , de Walter Curia; Qué les pasó , de Ernesto Tenembaum; El kirchnerismo póstumo , de Jorge Asís; Ella y él , de Luis Majul, La audacia y el cálculo , de Beatriz Sarlo, entre varios otros ) y, muy especialmente, en defensa de lo K ( Kirchnerismo , de Horacio González; El flaco , de José Pablo Feinmann; El presidente militante , de Gabriel Pandolfo; El litigio por la democracia , de Ricardo Forster). También los libros sobre la presidenta entraron en la discusión sobre los alcances y los verdaderos anhelos del kirchnerismo, desde Cristina. Vida pública y privada de la mujer más poderosa de la Argentina , de Olga Wornat, pasando por el más crítico Cristina. De legisladora combativa a presidenta fashion , de Sylvina Walger, hasta el engañoso tono de serrallo de a dos en La presidenta , de Sandra Russo.

Probablemente, la fe militante del kirchnerismo en la palabra como primera -y última- fundadora de la realidad ayuda a que hoy el mercado rebalse de libros "de campaña" en donde autores de variopinto pelaje intentan convencer a los reticentes de las ventajas del modelo. Y es precisamente aquí cuando las definiciones -esencia de todo diccionario- se vuelven borrosas.

¿Cómo tomar una instantánea de un fenómeno político en permanente mutación? ¿Qué foto elegir para definir su inclusión o no en el olimpo del progresismo? ¿Qué sería "campo"? ¿Una palabra buena o una mala palabra, o una palabra que al unirse al adjetivo "popular" automáticamente pierde su carácter satánico y pasa a definir a un encantador grupo de luchadores arancelados?

Hay, en toda definición, elecciones. Descartes, preferencias, recortes bien o mal explicitados. Como señala en Democracia: ¿Gobierno del pueblo o gobierno de los políticos? José Nun -que fue kirchnerista militante y principal funcionario de la cultura con Néstor Kirchner-, ni siquiera conceptos hoy incuestionables como libertad son del todo precisos. Cita a Lincoln: "Todos estamos a favor de la libertad, sólo que no siempre pensamos lo mismo cuando la palabra sale de nuestros labios". Es una experiencia que hoy se repite en América latina con la palabra democracia. Más aún: ha pasado a ser uno de esos lugares comunes que se discuten cada vez menos y que suscita cada vez menos observaciones como la de Lincoln".

Se dirá, entonces, ¿por qué pedirle al kirchnerismo el rigor conceptual que ni palabras tanto más grandes -como democracia- tienen? ¿Habla esta "primavera editorial K" (y anti-K) de un saludable debate de ideas? Digamos más bien que de un Antón Pirulero intelectual, donde cada quien atiende su juego. Después de todo, como reza la gacetilla del libro de Forster, hoy se da "el debate entre un proyecto político que defiende una democracia formal (de "igualdad desigual") y otro que aspira a consolidar una democracia integral que incorpore el principio de redistribución de la riqueza y aliente la participación activa del pueblo. El primero favorece la restauración conservadora de los poderes reales que operan desde la concentración económica y mediática, mientras que el segundo apuesta fuerte a un proyecto democrático e inclusivo de raíz popular". Dicho de otro modo: quien cuestione el modelo, es un maldito concentrador mediático y odia al pueblo. Y en semejante contexto, cualquier pregunta o duda equivale a declararse enemigo. Resultado: mientras "los 55" piensan en España qué es el progresismo así, con todas las letras ("pensando en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones", como dijo Lula) acá ni siquiera llegamos a analizar "lo progre".

La peli, el finde, la mochi: como los chicos, abreviamos las palabras (la corpo, la opo) y encogemos, también, las ideas y las polémicas. Ellos argumentan sobre la tercera vía; aquí, nadie se anima a citar al General en aquello de "ni yanquis ni marxistas: peronistas". Mientras allá revisan "el imaginario progresista colectivo", aquí hay tanto esqueleto en el placard que ni Carta Abierta se anima a abrirlo. Allá revisan "cambio climático" y "capitalismo verde"; aquí, el primero no cuenta y al segundo se lo combate incluso desde la famosa "marchita" cuya letra más de un "progre" se jacta de desconocer. Así las cosas, en el prólogo de su libro Argentinismos -un intento informal de organizar las nuevas palabras y los nuevos sentidos que puso en juego la etapa kirchnerista-, Martín Caparrós dice: "Hemos perdido -si es que alguna vez la tuvimos- la capacidad de debatir. Se agravia, se amenaza, se putea en arameo, pero es muy difícil discutir alguna idea". Y buscando eso, el debate, empieza por lo básico: las palabras. "Voy a explorar las palabras que, estos últimos años, ocuparon buena parte de la escena para pensar qué dicen esas palabras que se nos fueron haciendo cotidianas con un sentido que no es el que solía. Son palabras que se han vuelto argentinismos: progresismo, modelo, la gente, política, campo?". Conceptos "de diseño", nuevas acepciones para cosas que han dejado de ser lo que alguna vez fueron. Sustantivos (ciudadanía, justicia) o verbos (redistribuir, crecer, participar) re significados . Acotados a la minucia una veces (hoy, "igualdad" significa hacerse de una netbook sobrevaluada), retorcidos hasta la contradicción, otras.

Quizá por eso no hay por aquí nada parecido al diccionario que escriben los popes del socialismo a 55 manos; porque aquí las palabras son mucho, mucho más líquidas que en otras partes. Obedientes naderías, blandas y huecas como los relojes de Dalí.

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